La fotografía y el cine en Huancayo Acerca de…

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[*]1El presente artículo fue publicado por primera vez en “Aportes” Nº 4 de febrero-abril 1995. Ojo Zurdo agradece a la familia por autorizar la reproducción del texto y a Servais Thissen por la autorización para el uso de las fotografías.

Manuel J. Baquerizo
Th. con JMA. Centro musical andino. 1954 re

I

Teófilo Hinostroza Irazábal (Colcabamba, Huancavelica, 1914-1991), vino a residir en Huancayo, el año 1930. En su lejana aldea había cultivado la música nativa y ejecutado la quena (el instrumento de su preferencia). En Huancayo empieza a trabajar como asistente del fotógrafo Fortunato Pecho, con quien aprendería los secretos del oficio. El año 1937 abre su propio estudio, y , desde el inicio, se inclina por la fotografía pictórica: solía captar las fiestas y costumbres pueblerinas y los paisajes de la Sierra, en imágenes a todo color y en blanco y negro, donde siempre se veía resaltar el juego virtuoso de las luces y sombras. Estas producciones eran exhibidas en la feria anual de Cuasimodo, siendo el autor invariablemente galardonado con premios y reconocimientos. El primer gran admirador que tuvo Hinostroza fue el fotógrafo nacional Rómulo Sessarego.

Además, del arte del Deguerre y Talbot, Hinostroza seguía practicando la música. Aguijoneado por Inocencio Mamani – el dramaturgo quechua puneño que radicó un tiempo en Huancayo – organiza el Centro Musical Andino. Sus presentaciones las hacía en el Casino Obrero, dinámica entidad social que por entonces promovía la vida artística en la ciudad.  En 1970, a nuestro llamado, organiza y dirige el Conjunto de Danzas de la Universidad Nacional del Centro, mientras difundíamos sus fotografías en la revista Proceso.

Fiesta del Corpus Christi. Colcabamba 1958 re

II

La historia de la fotografía en Huancayo, como en otras ciudades del país, es prácticamente desconocida. El primer hombre que retrataba a máquina y pincel, se instala en la localidad el año  1863 (según cuenta el periódico La Esperanza).

Por aquel tiempo, el francés Eugenio Courret también desembarcaba en el puerto del Callao. Y hacía 1862 se establecía en el Cusco, Emilio Colpaert de la misma nacionalidad. Era pues la época en que se iniciaba el uso de la fotografía en toda la América Latina, como señala Erika Billeter, en Canto a la realidad. Fotografía latinoamericana, 1860-1993. (Lunwers editores, Madrid, 1993, 398 pp.). De Courret ha quedado un inmenso repertorio visual sobre Lima y los limeños (según se pudo apreciar en una reciente exposición efectuada en el Museo de la Nación), pero no así del anónimo residente huancaíno. Será necesario hurgar en los archivos familiares para dar con su obra. Se sabe, por otra parte, que Luis S. Ugarte (1876-1948) fue el primero que inauguró en este siglo un estudio fotográfico. A él le debemos una excelente guía fotográfica de la ciudad de Hauncayo. (Cf. Fiestas patronales de Huancayo, 1910, San Martín y Cía, Lima 1910). Uno de sus discípulos más famosos sería Sebastián Rodríguez. Los fotógrafos más conocidos en Huancayo, hasta ahora, son aquellos que comenzaron a trabajar, a partir de los años veinte de este siglo: Mariño y Dávila, Julio Acevedo, Manuel Villavicencio, N. Villanueva, Juan García, Augusto rojas, Fortunato Pecho y Teófilo Hinostroza entre otros más. En la región central debe anotarse, además, la presencia de Carlos Meyer (1867-1930) radicado en La Merced, Chanchamayo, desde donde efectuó la más acuciosa crónica de la vida cotidiana de los colonos en la selva central; y la de Sebastián Rodríguez (Huancayo, 1896-1968), quién hizo un amplio registro de la existencia obrera en las minas de Morococha. A Sebastián Rodríguez le dedica Fran Antmann una notable tesis (1983). En los últimos años empezó a descollar también Miguel Vargas  Rodríguez (Chupaca, 1932) fotógrafo que se inició en La voz de Huancayo, en 1956, y continuó en La Crónica de Lima, Vargas Rodríguez ha incursionado igualmente en el cine.

Aporque de papa. Marcavalle. 1972 re

III

Para tener una adecuada perspectiva histórica y cultural, nos tomaremos la libertad de  establecer un parangón entre Teófilo Hinostroza y el famosísimo Martín Chambi (Puno, 1891-1973), por ser una referencia casi obligada. Chambi llegó al Cusco en 1920 desde su aldea de Coaza (cf. al respecto, Fernando Castro, De Coaza a  Moma, Lima, 1989; y José Carlos Huayhuaca, Martin Chambi, fotógrafo, Lima, 1991); Hinostroza arriba, a su vez, a Huancayo, de un distrito huancavelicano. Chambi ofrece una visión histórico-social minuciosa y global de la ciudad cusqueña; Hinostroza se limita a mostrar -a partir de una óptica preferentemente folklórica- las festividades campesinas y aldeanas de la sierra central. Curiosamente Hinostroza  no revela ningún interés por el retrato de la naciente burguesía huancaína. Chambi en cambio efectúa la más completa radiografía crítica del universo urbano y rural del Cusco; Hinostroza sería, más bien, el cantor lírico y sentimental de la vida indígena. Sin embargo, los dos artistas, a pesar de sus diferencias se vinculaban por el novedoso enfoque  que proporcionan del mundo andino, inédito y desconocido hasta entonces.

Teófilo Hinostroza tenía, ciertamente, preferencia por el paisaje y los escenarios naturales. Era un artista de campo antes que de gabinete. En sus fotografías recogía las imágenes prodigiosas de Laraos (Yauyos), Colcabamba y Salcabamba. (Huancavelica) y del Valle del Mantaro; sus ojos eran seducidos par las cumbres nevadas, las andenerías, los valles floridos, los ríos profundos, las lagunas espejeantes, los manantiales de aguas purísimas y los cielos de azul intenso. Se deleitaba retratando los crepúsculos, en los instantes en que aparecen lee celajes y las reverberaciones y estallan las luces de los destellos.

La mirada del fotógrafo se dirigía igualmente a las fiestas, ceremonias y costumbres. En estas tomas, predominan -como esta dicho- la preocupación folklórica y el afán regionalista, con particular énfasis en lo típico y pintoresco. La suya era una labor parecida a la que realizaban, por la misma época, los pintores indigenistas Wenceslao Hinostroza, Miguel Núñez y Guillermo Guzmán Manzaneda, con quienes el autor compartía postulados estéticos y sociales. AI igual que los artistas plásticos, Hinostroza quería mostrar y hacer conocer el mundo marginal de la sierra peruana. Y lo consiguió, desde luego admirablemente. Siguiendo su registro fotográfico, se pueden estudiar los notables cambios que han venido ocurriendo en la cultura andina de la sierra central. El archivo de Teófilo Hinostroza tendría así -además de su valor estético- un interés etnográfico e histórico de primera mano, como gran parte de la fotografía latinoamericana.

Poco sabemos de las exposiciones que el autor habría realizado en Lima y provincias y de los comentarios que debió recibir su obra. Sera pues necesario que alguien estudie este aspecto.

Colcabamba. 1958 re

IV

En los últimos años se ha hecho muy visible el interés par escribir la historia del cine en el Perú. De ello dan cuenta los recientes trabajos de Violeta. Núñez Gorriti (Pitas y alambre. La época de oro del cine peruano, 1936-1960, Lima, 1990), y Ricardo Bedoya (100 anos de cine en el Perú: una historia crítica, Lima, 1992) sin duda la  más completa información sobre el tema que, hasta la fecha, existe. Lo sensible es que todos estos trabajos se ocupan casi exclusivamente de la producción fílmica, realizada en la Capital. No mencionan, par lo tanto, los ensayos cinematográficos -modestos, es cierto- de los aficionados de provincias, a parte de la valiosa contribución de la Escuela Cuzqueña. Solamente. Bedoya se detiene en la interesante experiencia de Iquitos (pp. 118-119) y alude, de pasada, a los huancaínos Atilio Samaniego y Teófilo Hinostroza (a este, por su documental «Tinyacuy, p. 229, n.3).

Huancayo tuvo desde los años ’50 cineastas, aficionados y autodidactas, que -desprovistos de todo respaldo económico e institucional, y carentes del dominio técnico y de la exigencia crítica- hicieron un cine bastante rudimentario y artesanal, pero significativo, por su carácter precursor. Como antecedentes de la cinematografía local habría que mencionar  la llegada a Huancayo, en 1911, del primer aparato proyector de cine, de marca Pathe; el comienzo de la era de las exhibiciones cinematográficas, en el mismo ano, con la película muda “Jerusalén Libertada”; y probable visita de los exhibidores ambulantes que, con sus Biógrafos, solían recorrer las ciudades del interior, de quienes nada sabemos. La primera sala de cine y teatro se inaugura en 1928.

Los precursores de la cinematografía local fueron Augusto Rojas Jurado, César Villanueva (1932-1974), Teófilo Rojas Jurado, Cesar Villanueva (1932-1974), Teófilo Hinostroza y Atilio Samaniego. El primero solamente llegó a producir noticieros de las ceremonias cívicas de las fiestas sociales y de los eventos cotidianos de la ciudad. Estos documentales tenían un carácter crónico-informativo, siguiendo la línea de los Noticieros nacionales de la época de Odría.  El verdadero realizador vendría a ser César  Villanueva, autor de los cortos “Raza de bronce” (1962) y “Feria de Huancayo” (1963) y codirector (junto con los cusqueños Luis Figueroa y Eulogio Nishiyama) de los famosos largometrajes «Kukuli» (1961) y “Jarawi” (1966). Con ambas películas dice Alfonsina Barrionuevo-Villanueva se ganó el derecho de estar entre los pioneros del gran cine peruano. César Villanueva fue, en efecto, un artista bastante dotado, que tenía un amplio dominio del oficio y una pasión entrañable por el séptimo arte. Desgraciadamente, murió muy joven, sin haber podido completar su obra promisoria. Atilio Samaniego –huancaíno, como los anteriores- dirigió, a su vez, “Montoneras” (1970), un largometraje, ambientado en la región central, de muy escaso valor.

V

En la década del 50, Teófilo Hinostroza  pasó de la fotografía fija al arte de la imagen en  movimiento. En la  misma época, los hermanos Chambi, Eulogio Nishiyama. Luis Figueroa y Cesar Villanueva fundan también  el Cine Club del Cusco. En tanto que estos trabajaban en equipo, Hinustroza lo hacía  en forma totalmente solitaria. Tal vez, por eso su obra cinematográfica no tuvo la contextura ni la  resonancia de !a de los cusqueños; no obstante, haber colaborado también en  «Kukuli» , con algunas tomas a contraluz . Su primer corto duró 15 minutos y lleva por título «El sueno del cazador» (1957); es una cinta de ficci6n que, si bien aprovecha un escenario natural (la cumbre nevada del Huaytapallana), se resiente por el guion bastante ingenuo, la artificiosa composición y el equívoco afán turístico.

En los anos siguientes, Hinostroza se dedica a filmar -con mayor naturalidad- !a vida social y cultural de los pueblos villorrios, nunca abordados antes por el cine peruano. Recorría las aldeas y campiñas, con su cámara Bólex, para enfocar las fiestas patronales, las faenas agrícolas, las procesiones, las danzas y otras estampas costumbristas de Huancavelica y Junín. Estos documentales, junto con los de Víctor  y Manual Chambi, constituyen a no dudar la primera y más importante expresión cinematográfica del pueblo quechua y del mundo andino. Como dice Ricardo Bedoya: «El hombre andino no solo se convirtió en el centro de un encuadre; también fue un objeto plástico ofrecido a fruición estética» (Cf. Ricardo Bedoya, «El indígena en el cine peruano » Márgenes, núms  10-11, Oct., 1993, p. 174).

De todos los documentos que Hinostroza filmó, los mas notables son los dedicados al Corpus Christi en Paucará y Colcabamba, ala Bajada de Reyes de Huancavelica, al «Tinyacuy » o Santiago en Pampas, a la fiesta de San Isidro en Aco, a la fiesta de San Lucas de Chongos Baja y a la Semana Santa de Ayacucho. Esta última se desarrolla íntegramente en un escenario urbano. En «La fiesta de San Lucas» puede apreciarse la siembra de la cebada, la competencia de las bandas y orquestas, las  ritualidades religiosas y, sobre todo, el trabajo colectivo; en «Pastores de Paratía» se exhibe la espléndida coreografía y la  música de la capitanía – de notable influencia hispánica –; en «Corpus Christi»  se documenta las faenas agrícolas, el vigahuantuy. Las danzas  (La morenada y la Huancadanza) y las competencias ecuestres de las mujeres. Por la abundante información folklórica que contiene esta última película podría – desde el punto de vista etnográfico – más rica que el «Corpus Christi» (1955) de Manuel Chambi. Todas las películas mencionadas están inconclusas. Filmadas hace más de treinta años, requieren todavía un procedimiento técnico (el montaje, la sonoración, la narración, etc), para su normal exhibición. Hinoztroza quiso terminarla, con el apoyo de una identidad privada o pública; pero, desafortunadamente,  la muerte lo sorprendió cuando estaba en dicho afán. Sería recomendable que alguna persona o institución lo pudiera hacer, como homenaje póstumo al artista colcabambino. Entre tanto, las matrices de las películas seguirán archivadas, con el grave peligro de deteriorarse y sin la posibilidad de ser conocidas y difundidas como se merecen.


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