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Antonio Gramsci, el filósofo

Por STEFANO G. AZZARÀ1Es profesor de filosofía política en la Università di Urbino y publica la revista Materialismo Storico. Autor, entre otros libros, de Comunisti, fascisti e questione nazionale – Fronte rossobruno o guerra d’egemonia?
Epílogo del libro editado por Gianni Fresu, Antonio Gramsci, o homem filósofo. Uma biografia intelectual. São Paulo, Boitempo, 2020, 424 págs.

Traducción: Guillermo Rochabrún.

Antonio Gramsci: el marxismo frente a la modernidad

En una Italia todavía fuertemente hegemonizada por el conservadurismo católico y las posiciones reaccionarias del Syllabus2El Syllabus Errorum , (del latín Syllabus: lista; listado de los errores), cuya denominación completa es Syllabus complectens praecipuos nostrae aetatis errores (Listado recopilatorio de los principales errores de nuestro tiempo) siendo conocido simplemente como Syllabus, fue un documento de ochenta puntos, publicado por la Santa Sede durante el papado de Pío IX, en 1864, al mismo tiempo que la encíclicaQuanta cura. Fue muy polémico en su tiempo, y aún hoy en día, porque condenó conceptos modernos, como por ejemplo la libertad de pensamiento, y la separación entre la Iglesia y el Estado y la ciencia.” Tomado de https://esacademic.com/dic.nsf/eswiki/1118672(N. del T.) -y en la que permanecía incólume el dominio, no menos reaccionario, del bloque formado por las viejas clases dominantes aristocráticas, la burguesía del norte y los agraristas del sur, ejercía sobre el aparato estatal-, el encuentro con las ideas de Hegel, reelaboradas por Benedetto Croce y Giovanni Gentile, y también bajo la influencia de los hermanos [Bertrando y Silvio] Spaventa, había constituido para el joven Gramsci una verdadera entrada en la modernidad.

Se puede decir que este fue un primer acercamiento al tema de la libertad moderna y a su práctica totalmente mundana: la toma de conciencia de la capacidad humana de hacer historia, así como la posibilidad de superación del antiguo régimen en el ámbito político y social. La confrontación con dos autores, que si bien eran de orientación liberal, estaban a la vanguardia de la cultura europea, se mostró muy fecundo, sobre todo frente a los pesados ​​lastres positivistas, que muchas veces socavaban los cimientos de la elaboración política del Partido Socialista, impidiendo su acción entre las masas (pensamos sobre todo en los estereotipos naturalistas con los que se abordaba la cuestión meridional).

En aquellos años, solamente la astucia política derivada de la lección hegeliana, además de una concepción universalista de la cultura ligada a la idea de Espíritu Absoluto, había permitido a Croce evitar las tentaciones de la interpretación metafísica de la Primera Guerra Mundial, aquella “inútil masacre”-en esta cuestión ¡hasta los católicos mismos estaban más avanzados que muchos otros sectores políticos!- que por entonces venía transfigurada, por una gran parte de los intelectuales europeos en términos del choque de civilizaciones, o de religiones (pensamos en el compromiso con la agitación y la propaganda que fuera asumido incluso por personalidades eminentes como Weber y Husserl en Alemania, o Bergson y Boutroux en Francia).

Sin embargo, este realismo no impidió al gran filósofo asociarse a la causa del imperialismo italiano, y saludar en la catástrofe europea una oportunidad beneficiosa que, habiendo contribuido a superar las divisiones nacionales derivadas del socialismo y la lucha de clases, y proyectado al exterior el conflicto social, habría favorecido la regeneración del país, llevando el Risorgimento a su conclusión.

Tampoco le habría impedido reafirmar, aún en esta circunstancia, el papel perennemente subordinado de las clases trabajadoras, configuradas como carne de cañón a ser sacrificadas en nombre del nuevo poder de la nación y su derecho a obtener un “lugar en el sol”, a la par de los otros países europeos más importantes. Del mismo modo, la inspiración hegeliana -drásticamente redimensionada además, a partir de la teoría de la distinción en el ámbito de la dinámica del espíritu3En Croce la “distinción” es una categoría dialéctica referida a distinguir y unificar afirmación y negación. Se trata de la unidad de los contrarios. (N. del T.) – no le impedirá, en el momento de la crisis del liberalismo italiano y el advenimiento del fascismo, de distanciarse del liberalismo «democrático» -marcado, en su opinión, por las influencias deletéreas de las ideas abstractas de 1789 y sus ingenuos principios universalistas-, y al menos por un tiempo simpatizar con la dictadura, entendida como garante de la estabilidad social y del derecho de propiedad (una vez más) como barrera para hacer frente al socialismo.

En este momento, la ruptura de Gramsci con el neoidealismo italiano será clara. Si el activismo de Gentile fue rechazado como una forma de fichtismo que va más allá de la categoría hegeliana de contradicción objetiva -un ultra subjetivismo vacío, y dispuesto a subsumir e idealizar toda forma de praxis (comenzando por movilización total y guerra) bajo el concepto de acto puro-, tampoco el liberalismo de Croce había asimilado plenamente ese concepto universal de hombre, sin el cual no era posible pensar en la dignidad humana general de las clases subalternas, ni tampoco de los pueblos coloniales.

En esta perspectiva, en cierto modo el liberalismo había traicionado esa misma cultura de la que pretendía ser heredero. Y en todo caso, para Gramsci (y también para Togliatti), el marxismo se presentaba como el guardián de lo mejor de la tradición occidental -en primer lugar, la Revolución Francesa; pero todavía incluso la modernidad como tal, en su naturaleza sustancial de progreso-, a cuya altura los liberales fueron incapaces de mantenerse. Es en este momento cuando, para Gramsci, la idea de comunismo comienza a identificarse con la idea de universalidad. Y es a partir de la rendición de cuentas con el núcleo más profundo del liberalismo que, para Gramsci, el marxismo comienza a entrelazarse con esta idea, con el objetivo de poner fin a esos múltiples procesos de emancipación inaugurados por la burguesía, pero que el liberalismo había dejado a medio camino.

¿Pero, qué marxismo? Es sabido que la Segunda Internacional había juzgado la Revolución de Octubre desde el punto de vista de un marxismo dogmático y presuntamente «ortodoxo», y la había condenado como un despropósito voluntarista ocurrido en un país aun mayormente feudal y atrasado. En Rusia las condiciones maduras para la transición al socialismo parecían faltar por completo: un orden social que presupusiera el pleno florecimiento de la sociedad burguesa capitalista y un inmenso desarrollo de las fuerzas productivas. Al definir 1917 como una “revolución contra El Capital” y reconocer su plena legitimidad política, Gramsci se distanciará de todas las lecturas evolucionistas y mecanicistas del proceso revolucionario, denunciando el economismo y el materialismo vulgar de los dirigentes socialistas, pero haciendo valer, en parte, la experiencia de Lenin inclusive contra el propio Marx.

De hecho, incluso en el legado marxiano a menudo está presente una teoría simplificada de la revolución, que considera exclusiva o principalmente la acumulación de las contradicciones en el campo económico de los países industrializados europeos. En otras ocasiones, sin embargo, Marx estuvo mucho más atento a la naturaleza compleja del proceso revolucionario, y lo ha presentado como un entrelazamiento de larga duración entre la economía y componentes de tipo político, como la guerra o la opresión nacional.

Es así que no siempre ni necesariamente hay una sincronía absoluta entre las condiciones económicas objetivas y las condiciones subjetivas y políticas de la revolución. Y el componente político puede, por tanto, hacer realista el desencadenamiento de un proceso revolucionario de larga duración, incluso en países más atrasados ​​como Alemania, o en colonias como Irlanda, a partir de peculiaridades nacionales específicas, que incluyen incluso las tradiciones históricas y culturales de un determinado pueblo. Esto es lo que ocurre, por ejemplo -aunque pueda parecer paradójico-, con la persistencia de un fuerte sentimiento religioso que se identifica con la causa de la autodeterminación.

Llegamos al segundo encuentro decisivo en la formación de Gramsci. En este sentido, es precisamente esta visión más compleja del marxismo la que ofrece la actualidad del leninismo, cuando descubre la centralidad de la situación concreta y, en consecuencia, el carácter peculiar del proceso revolucionario. Un proceso que se presenta siempre como una negación determinada; es decir, ligada a las condiciones históricas particulares de un país y a las correlaciones de fuerza allí vigentes, y que sólo puede vincularse a la naturaleza específica de cada cuestión nacional (razón por la cual el trotskismo, con su teoría de la revolución permanente y la necesidad de exportar el socialismo para garantizar la salvación de la Revolución de Octubre, terminaba deslizándose hacia posiciones economicistas, mencheviques e incluso eurocéntricas).

Para Gramsci, si a los líderes revolucionarios en Rusia se imponía una comprensión rigurosa de las condiciones objetivas, tanto más se imponía a los comunistas de los países occidentales, donde la revolución, si bien podía contar con una madurez económica más marcada y con el consecuente desarrollo de un proletariado industrial, debería enfrentarse necesariamente a una sociedad civil mucho más articulada y a un bloque dominante mucho más fuerte e ideológicamente atractivo.

Así, en la Europa industrialmente avanzada, la revolución no se configuraba como una guerra de movimientos destinada a atacar frontalmente las fortalezas del poder, sino como una larga y fatigosa guerra de posiciones que, de trinchera en trinchera, de casamata en casamata, debería envolver poco a poco a la sociedad, en una densa red de contrapoderes. Sobre todo a través del trabajo de los propios intelectuales orgánicos, la revolución debería asaltar el orden burgués desde adentro, mediante de una sutil operación hegemónica y cultural, elevando gradualmente la conciencia de las clases trabajadoras, pero también conquistando poco a poco el consenso de la misma burguesía nacional. Por eso, en Occidente aún más que en Rusia, además de tener una organización ubicua y eficaz, el partido obrero debería presentarse como una clase dirigente nacional, y adecuar su praxis a la situación específica de cada país, sin contar con un modelo de revolución passe-partout4Expresión que se refiere a algo que, como una llave maestra, abre todas las puertas; es decir, que sirve para todo. (N. del T.). Como en efecto sucedería durante la guerra de liberación del nazi-fascismo; es decir, tendría que asumir para sí el interés general de la nación y de su autodeterminación en el mismo momento en que asumía el objetivo de transformar el orden político-social: en este punto, la cuestión social coincidía con la cuestión nacional, en la misma medida que la cuestión nacional coincidía con la cuestión social.

Sin embargo, muy pronto el marxismo de Gramsci se distinguiría del de sus contemporáneos también por otros aspectos esenciales. Marx y Engels, por ejemplo, habían adelantado en algunos momentos la idea de una crisis inminente e inevitable del capitalismo y de la consiguiente decadencia de la burguesía, ya sea en el plano político o ideológico. Según esta tesis, terminada su fase revolucionaria, después de 1848 la burguesía europea se había vuelto completamente incapaz, no solo de continuar el proceso de democratización y de mantenerse a la cabeza del progreso histórico, sino también de actuar eficazmente en el campo político, porque para oponer resistencia al ahora maduro sujeto antagonista proletario, se había encaramado en posiciones inequívocamente conservadoras, perdiendo todo poder creativo.

También en este caso, nos encontramos claramente en presencia de una concepción mecanicista y economista de la historia, y de una versión muy limitada de la teoría de la revolución. En el marxismo de la Segunda Internacional esta visión estará ligada a una lectura exasperada de la tesis marxiana de la caída de la tasa de ganancia, y producirá de manera casi automática el anuncio mesiánico de la inevitable superación del sistema capitalista, y de la inminente revolución socialista, frente a una burguesía ya sustancialmente muerta y desprovista de soluciones políticas innovadoras.

Si esta visión del conflicto entre la burguesía y el proletariado estaba todavía muy presente en el optimismo revolucionario de los primeros años de la Tercera Internacional, nada de esto sin embargo podríamos leer en Gramsci. Como hemos visto, no solo se formó en un cuerpo a cuerpo constante con el pensamiento filosófico más refinado de la época, sino que también se vio obligado, por circunstancias históricas, a afrontar las derrotas de los intentos revolucionarios en Occidente, y tuvo que experimentar en su propia piel la contraofensiva de las clases dominantes a través del fascismo, y la victoria de esa etapa del capitalismo.

De este modo, había aprendido muy bien lo viva y activa, además de peligrosa, que podía ser la burguesía y lo complicada y lejana que era la perspectiva de la transición social. Es precisamente en este contexto donde reposa la famosa teoría de la revolución pasiva, a través de la cual Gramsci reconoció la fuerza aún intacta, y la persistente vitalidad de la burguesía europea. Una clase que debe ser combatida, pero de la cual -pensemos en las tesis de Americanismo y fordismo– las clases trabajadoras necesitan seguir aprendiendo, pues no solo es todavía capaz de reafirmarse como clase dominante, a través de una influencia hegemónica capilar, sino que también consigue modernizar la sociedad capitalista.

Podemos medir aquí toda la originalidad y la genialidad de Gramsci. En la Europa de esos años, la trágica experiencia de la guerra mundial había puesto de relieve todo el horror que está inevitablemente vinculado a la sociedad burguesa en su fase imperialista. Y el advenimiento del fascismo y el nazismo, y en seguida el desastre aún más grave de la Segunda Guerra Mundial, reforzaban aún más esta convicción.

He aquí que entonces, en el marxismo del siglo XX viene repentinamente a desmoronar el delicado equilibrio marxiano entre la crítica y el reconocimiento de la modernidad. Y la historia del mundo moderno, descrita por Marx y Engels en el Manifiesto, con notas de admiración por las propensiones progresistas de la burguesía, empieza a verse cada vez más como la preparación directa para esta sucesión de tragedias. Y esas posiciones ambiguas y antimodernas ya criticadas por Marx en Bakunin y en la tradición anarquista, encontrarán cada vez más espacio en el movimiento socialista.

Según este enfoque, todo el pasado de la civilización es ahora una negatividad muerta, una acumulación única de horrores y opresiones de la que nada hay para salvar ni heredar. La propia historia cultural de Europa es vista “como un delirio y una locura”, como algo “irracional” y “monstruoso”, configurándose -estas son palabras famosas- como un “tratado histórico de teratología”. Como vemos, se trata de una negación abstracta e indeterminada de la modernidad, de la que ahora se busca una superación total y palingenésica. De ahí deriva la difusión de posiciones que han distorsionado cada vez más el marxismo en clave mesiánica, interpretando la revolución socialista como una verdadera anulación de la historia, destinada a liberar a la humanidad de esta catástrofe.

En lugar de ser entendido críticamente, el mundo moderno debe ser primero condenado en su totalidad, y luego redimido mediante la violencia revolucionaria purificadora, y la construcción de un mundo radicalmente nuevo y diferente, que mágicamente establezca en la Tierra un reino comunista de felicidad y abundancia. Es propio de esta lectura populista de la historia, y de esta concepción religiosa y utópica del marxismo, la pretensión hegemónica sobre todo en el llamado marxismo occidental, de entender el comunismo mismo como un Nuevo Comienzo, como la plenitudo temporum que transfigura por completo la apariencia de lo real: es la pretensión de una subversión total de la sociedad burguesa, que propone eliminar, en una sociedad sin clases, el Estado y el mercado, las fronteras y las tradiciones nacionales, las religiones y toda formas jurídica.

Muy el contrario, Gramsci cuestiona esta visión caricaturesca de la historia y del papel de la burguesía, al tiempo que permanece firme en su enfoque el reconocimiento, aunque crítico, de la modernidad como época de emancipación y libertad individual. Plantear el problema de la herencia de los puntos altos de esta historia significa, por tanto, renunciar a priori a todo utopismo infantil, y recuperar la concreción de la perspectiva filosófica e histórico-política hegeliana, entendiendo al comunismo no como aniquilación, sino como la real consumación de la modernidad.

Significa entonces, en primer lugar, reconocer el papel del Estado como forma de universalidad: una forma que todavía no es sustancia, pero que tampoco es la nada, y que por tanto introduce en la sociedad burguesa los elementos de regulación que el propio proletariado ha tenido y ha podido utilizar en el curso de su lucha (desde las leyes que reducen la jornada laboral hasta las que garantizan la ampliación progresiva del sufragio). Ciertamente, ahora es necesario develar sin piedad el papel del aparato represivo estatal, que en situaciones de crisis es capaz de regimentar a la sociedad civil en forma omnipresente, arrastrándola hacia la movilización total, hasta desembocar en la dictadura y en la guerra.

Sin embargo, no podemos olvidar que, junto con la función de controlar a las clases subalternas en nombre de la dominación burguesa, el Estado -a diferencia de quienes en el movimiento marxista contraponen libertas major y libertas minor, derechos económicos y sociales y derechos formales-, no es sólo una máquina de dominación social, pues también cumple una función esencial de garantía recíproca para quienes han sido admitidos a la ciudadanía. Y esto sucede precisamente por ese principio de limitar el poder estatal, que es el mejor fruto del pensamiento liberal, y que el socialismo debe saber hacer suyo.

Así, lejos de presentarse como la utopía armónica de un mundo desprovisto de conflictos y contradicciones, el socialismo se revela a Gramsci como un complejo proceso de transición que se desarrolla durante mucho tiempo y que -como muchas veces lo ha recordado Domenico Losurdo- se dirige hacia la “sociedad regulada”: una sociedad construida sobre bases racionales, en la que los lazos de solidaridad entre los seres humanos están garantizados por una serie de normas y procedimientos, que no niegan sino universalizan las conquistas de la modernidad, de su cultura y filosofía.

Una sociedad que no pretende superar de un solo golpe el dinero, el valor de cambio y todas las formas de división del trabajo, sino que a través de la experimentación pragmática de formas económico-sociales, inevitablemente híbridas e “impuras” (como la NEP de Lenin), llega a la construcción de un mercado socialista equitativo y eficiente. En definitiva, una sociedad que no pretende anular fronteras, las identidades nacionales, las tradiciones incluso religiosas de los pueblos, en nombre de la república mundial de los soviets y el ateísmo de Estado, sino que sabe tener en cuenta las particularidades y valorarlas desde el punto de vista de la visión en clave cooperativa. Impidiendo al mismo tiempo todo hegemonismo y toda forma de chovinismo social, a través de ese universal concreto que es el internacionalismo, correctamente entendido.

Fuente: https://aterraeredonda.com.br/antonio-gramsci-o-homem-filosofo/ 19/02/2021. Para esta traducción se ha tomado en cuenta el texto original en italiano.

COVID-19

Entrevista a Guillermo Nugent

Entrevista realizada por Rosi Rojas Navarro

Solitaria espina que muerde en el peñasco enraizada,
en helada y en granizada, nadie por ella siente pena.
Y, así pues, espina como soy
florezco también y alegro también a la vida en la tierra
.
Andrés Alencastre.

En “estas épocas volteadas” como dice Salango en el espía del Inca, conversaremos con Guillermo Nugent sociólogo, psicoanalista en formación, pensador de los temores, los deseos y heridas que se abren en las tragedias menores o mayores como las de ahora, donde no hay aire para todos. En esta entrevista queremos hablar de nuestra vida como peruanos que siguen incidiéndose, pero que también quieren seguir suturándose, pero también de la soledad y la posibilidad.

Rosi: Guillermo, al parecer seguimos encaminados al “sálvese quien tenga sanitario” en un contexto claro de elites y vacunagate, nos comentas que en la vida cotidiana se normalizan las diversas formas de desigualdad, retumban las palabras -del médico sin juramento- Germán Málaga diciendo “No son privilegios, así son las cosas”

Guillermo: El acceso a las vacunas en muchos lugares ha sido el símbolo por excelencia del privilegio. Cuando se han dado a conocer estos hechos ha producido indignación y en varios casos, lamentablemente no en todos, ha llevado a renuncias de funcionarios. En este caso, las vacunas se han manejado con los criterios de balneario de Asia en temporada de verano. Esas vacunas en primer lugar dan el placer del privilegio. Luego viene lo demás.

Rosi: ¿Estas son sólo “muestras médicas” de las jerarquías de siempre o lo podemos reducir sólo a una “Banalidad del mal”? Porque es interesante que en tu texto sobre discriminación pasiva relacionas claramente estas jerarquías con relaciones de servidumbre asociadas a las condiciones de trabajo.

Guillermo: La discriminación pasiva quiere decir que la desigualdad en el reconocimiento de derechos es lo normal. Donde poner el cartelito ‘se reserva el derecho de admisión es una redundancia’. La figura de la ‘banalidad del mal’ no estoy seguro que se pueda aplicar en este caso. Recordemos que la afortunada frase de Hannah Arendt se refiere al juicio de Eichmann en Jerusalén por los crímenes de Auschwitz. La línea de defensa del nazi fue decir que él se limitaba a cumplir órdenes, a cumplir su deber como cualquier otro funcionario, es decir una obligación carente de cualquier conciencia moral autónoma. Pero en este caso no está en juego ninguna concepción del deber, sino el “así son las cosas” y su consecuencia práctica: ‘no se quejen pues’.

En varias ocasiones he señalado que la crítica a la cultura del gamonalismo está muy lejos de haberse consumado. Las ciencias sociales han preferido asumir que estamos en Johannesburg o Mississippi antes que preocuparse por el creciente proceso de privatización de la educación escolar y universitaria, que es el real campo de cultivo de las desigualdades, junto con las condiciones laborales, claro está.

Rosi: A propósito de la discriminación pasiva, quisiera saber tu opinión acerca de las palabras en pleno corona crack de la ex ministra Mazzetti, cuando dice: “Hemos comprendido la necesidad de fortalecer la atención primaria de salud (APS), dado el súbito aumento de casos en zonas rurales”; cuando la información es que la (APS) es un acuerdo internacional desde 1978; medidas que no solo prevendría las muertes por la Covid 19, sino que disminuirían la incidencia de esas enfermedades que “matan menos” como TBC, abortos infantiles, malaria o desnutrición.

Guillermo: La Atención Primaria de Salud entra en la categoría ‘así NO son las cosas’. Es la contraparte exacta del ‘así son las cosas’. El horizonte vital continúa marcado por la precariedad material y emocional para la mayoría de quienes habitamos el territorio peruano. A mí me parece que hay asuntos que no se han discutido con una franqueza elemental en la cultura de izquierda. Uno de ellos el paso del llamado a la revolución a la universalización de derechos.  Es un tránsito que se ha querido hacer ‘disimuladamente’, como quien no quiere la cosa.

Es como si el fantasma de Ravines estuviera merodeando y no quedaran más opciones que el estalinismo o el anticomunismo. Ante ese dilema entonces mejor dejar de pensar y nos ocupamos de ‘las cosas concretas’ como la salud y la educación. Como si la ciudadanía no se fuera a dar cuenta. Las movilizaciones más impresionantes de los últimos veinte años han sido por la democracia y la universalización de los derechos, empezando por los más básicos como los de la representación política y el derecho a la vida: las marchas de los cuatro suyos contra la reelección fraudulenta de Fujimori y contra el ensayo de golpe facho de Merino de Lama, por una parte y la movilización organizada por los colectivos feministas ‘Ni una menos’. Esas movilizaciones marcaron límites muy claros a la cultura del abuso en que vivimos.

Rosi: Mencionas en el Laberinto de la choledad, años después… que la palabra “chacra” hace alusión a la denuncia del espacio de poder y que lo característico del gamonalismo no es la exclusión, sino evitar formas generales de inclusión, como asocias esto a la situación del vacunagate, y su implicancia en la confianza de la gente.

Guillermo: La chacra en efecto es un símbolo de autoridad que se transformó en metáfora del ejercicio abusivo de la autoridad. el caso de las vacunas el daño ha sido doble: por una parte, esta atmósfera de privilegio respecto de las personas vacunadas. Pero de similar o mayor gravedad es el daño a la credibilidad para llevar a cabo experimentos científicos en universidades. Para efectos prácticos es como si el Perú hubiera declarado una moratoria en ciencias experimentales. Si ya las universidades peruanas están muy rezagadas respecto de sus pares en la región, este escándalo profundiza esa crisis.

Rosi: Expones también Guillermo que la reforma agraria de 1969 es todavía un discurso que generalmente sólo se determina como un fracaso absoluto, dices que no es comprendida como una reforma emancipacipatoria, que es una “ideología sospechosa”; porque fueron varias las diferencias que vimos en las protestas por la institucionalidad y las que respondieron al paro agrario.

Guillermo: La intensidad de la propaganda no marca necesariamente el ritmo de los afectos, menos en el largo plazo. La reforma agraria de 1969 machaconamente es presentada como un fracaso en los medios de comunicación. Pero ‘La revolución y la tierra’ (2019) fue el documental más visto en la historia del cine peruano. Probablemente si se discutiera con normalidad la Reforma Agraria, con todos sus claroscuros, el documental no habría tenido la acogida que efectivamente tuvo. El documental en buena cuenta estaba tocando el mundo de la chacra que se ha transferido al terreno de las relaciones cotidianas. El documental ponía imágenes a varios sentimientos que están presentes en las acciones diarias.

El paro agrario puso de manifiesto la necesidad de organizaciones sindicales. Una confluencia de políticas económicas neoliberales y revolución tecnológica ha creado nuevos escenarios que en un primer momento debilitaron considerablemente a las organizaciones sindicales. Es Importante poner en agenda la sindicalización especialmente en los medios de comunicación. Hay toda una cultura desarrollada en torno al ‘emprendedurismo’ que tiende a borrar la figura básica de los trabajadores.

Rosi: Quisiera acercarme a tu análisis de Bob López, si bien su proceso de transformación y alienación “era esencial” no sólo porque tenía el desprecio de todas las Quecas de Lima, sino por su necesidad de blanquear la mancha y progresar; pero vemos ahora como dice Callirgos un choque de discursos, por un lado, el hogar, los materiales educativos y al mismo tiempo la confrontación con los chistes y refranes.

Guillermo: A mí Bob López del cuento Alienación, siempre me cayó bien. Ese cuento de Ribeyro anticipa varios aspectos: en primer lugar, los tres personajes despreciados en la narración: Bob, Cabanillas y Queca (además víctima de la misoginia) hoy representan a la mayoría del país y con más fuerza a los tres millones y algo que viven fuera del país. No aceptan el lugar que les tiene reservado el orden jerárquico desde que nacen. Ese es un mérito, seguramente involuntario, del relato. El otro aspecto que anticipa es el clima intelectual representado por el ‘punto de vista del narrador’, esa mirada que junta condescendencia con asco moral que ciertamente está muy extendida en los cultural studies. Se expresa de múltiples maneras, desde el rollo de ‘los ciudadanos de a pie (pero fíjense que yo tengo auto)’ al de ‘las tradiciones autoritarias de nuestro pueblo (pero yo soy demócrata) y las variantes, más frecuentes en la derecha, para deplorar ‘el bajo nivel educativo de la población (a diferencia del mío). Las cosas nunca son ‘en sí o para nosotros’. Siempre es mejor hablar de ‘ellos’ y sus limitaciones para afirmar la propia superioridad. No hay un tono ni de respeto ni de admiración, como se puede encontrar en los trabajos de Arguedas o Encinas. Me acuerdo también de uno de los mejores libros que ha publicado el IEP post-Matos Mar: Testimonio de un fracaso: Huando. Habla el sindicalista Zósimo Torres de Charlotte Burenius.

Todos y todas somos rostros en la multitud, pero eso todavía parece ser algo difícil de reconocer.

Rosi: Permíteme regresar a los tiempos del Covid, hace algunos meses estuve revisando el trabajo de Norbert Elias sobre la soledad de los moribundos, su gran conclusión sociológica es que la muerte no tiene tanto que ver con el proceso físico por el que atraviesan los cuerpos, sino por el temor que en esta época constituye la muerte; Desde tu labor como psicoanalista, ¿Qué nos puedes decir sobre el anonimato de la muerte y la ausencia del rito de despedida, en esta pandemia la desvinculación ya no es sólo con el otro?

Guillermo: Lo que a mi entender ha puesto manifiesto la pandemia del COVID es el profundo olvido que han tenido las epidemias en la mayor parte del siglo XX. Creímos que los únicos períodos de muertes colectivas eran los que correspondían a la guerra. Es algo todavía por ser elaborado ¿cómo ha sido posible que la llamada gripe española, de 1918-1920 que produjo más muertes que la inmediatamente precedente Primera Guerra Mundial haya quedado relegada a las curiosidades del periodismo científico? Incluso, algunos cálculos llegan a decir que se produjeron tantas muertes como en las dos guerras mundiales juntas.

Basta consultar cualquier texto de historia de cualquier otra época para reparar que las epidemias y las guerras han estado siempre presentes. En el siglo XX, las ciencias de la salud avanzaron más que los políticos y creímos que las epidemias eran algo que ya no iba a suceder.  Así como Kant imaginaba propuestas para la paz perpetua, llegamos a creer que estábamos muy cerca de la salud perpetua y que los virus eran sobre todo un problema de las computadoras antes que de los humanos.

La pérdida de un ser querido debido a la pandemia es también parte de un dolor colectivo y también ha puesto en el primer plano la importancia de la salud mental, la necesidad de protegernos y cuidarnos. Para las personas que ya estaban en psicoterapia o psicoanálisis, la pandemia a diferencia de las muertes por guerras o terrorismo no genera algún de tipo de proyecciones o identificaciones con el agresor del tipo ¿En qué momento se había jodido el Perú?  ¡Hay que matar a todos los rojos!, o ‘Gracias al COVID he aprendido a apreciar la vida y ahora voy a pasar más momentos con mi familia’. Más bien ha sido una ocasión para poder diferenciar los conflictos psíquicos de los peligros medioambientales. La salud mental se ha expresado en un mayor sentido del cuidado. Las disposiciones autodestructivas se han traducido más bien en el descuido. Freud señalaba que el yo es corporal. Una afirmación más vigente que nunca.

Como la pandemia no se presta a proyecciones persecutorias, (como era el caso de Edipo donde había una epidemia en Tebas y alguien debía ser el culpable,) por el olvido cultural al que he hecho mención, la reacción más regresiva ha sido la negación. Sí es una novedad que los movimientos conservadores más típicamente persecutorios en este caso se hayan concentrado en la negación del problema. Trump y Bolsonaro son los casos más extremos. Tras un momento inicial de asociar la pandemia con China, el recurso más peligroso que se impuso fue el de la negación, a tono con los precedentes de los movimientos antivacunas o terraplanistas.

Rosi: Una pregunta dada nuestra situación electoral, Tú comentas que la memoria es reconocer los sentimientos encontrados y lo que siempre nos queda por hacer; además dices que la constitución del 93 apunta de manera muy clara a la formación de lealtades subordinadas. ¿Crees que un nuevo pacto político pueda ser el comienzo de una peruanidad con un parto menos trágico, más sano?

Guillermo: La memoria puede servir para recordar pérdidas, lo que tuvimos en un momento y luego ya no. Pero también puede servir reconocer lo que todavía no tenemos y que nuestro crecimiento como colectividad lo hace cada vez más necesario. Resulta que ahora nos urge algo de lo cual carecemos: una cultura del entendimiento político. Las fuerzas políticas están muy fragmentadas. Siempre es posible refugiarse en la cantaleta de ‘no tenemos un sistema de partidos’. ¿Por qué en vez de lamentar un imaginado desorden no entendemos que hay una demanda colectiva por integrar esos fragmentos? Yo no veo vocación por inventar nuevas costumbres políticas compartidas, más bien hay la voluntad de aplastar al otro como sea. Ciertamente esas nuevas costumbres tienen que venir de políticos y con reglas muy distintas a las actuales para la competencia electoral. Nuevamente, si no lo asumimos en primera persona del plural vamos a seguir repitiendo errores. Entendimiento político no quiere decir todos pensemos lo mismo, es simplemente dejar de usar la política como un arma, extraída de un arsenal de sables y crucifijos, y descubrirla como lenguaje que nos puede permitir pensar y vivir mejor.

Rosi: Ahora te dejo tres preguntas que espero te diviertan.

1.Dime dos filósofos con los que te quedes, uno por placer y otro por convicción política.

2. Dos poetas, uno que te emocione el corazón y otro que convenza a tu mente

3.Y por último dos películas, una que te recuerde llorar y otra que te resulte bella desde el lente….

Guillermo:  

1. Los Filósofos: Lucrecio y Spinoza (pero me siento mal por dejar fuera a Montaigne).

Lucrecio con su poema ‘De la naturaleza de las cosas’ enseña que la filosofía sirve para perder el miedo y a reconocer a la realidad con todas sus irregularidades y ‘desviaciones’, el famoso clinamen. Por esas cosas curiosas, Lucrecio, tan ateo él, fue traducido y editado en Lima hace pocos años por la Universidad Católica Sedes Sapientae. Ese logro cultural pasó completamente desapercibido.

Spinoza tiene varias cosas simpáticas, en su casa hablaba sefardí y se dice que su defensa de la acusación de hereje ante la sinagoga de Amsterdam la escribió en castellano, pero se ha perdido. Además, vivió en un tiempo a unas pocas cuadras de Rembrandt. No la pasó bien, el Tratado Teológico-Político, la primera defensa moderna de la democracia, lo tuvo que publicar con seudónimo y pie de imprenta falso. Algunos de sus amigos fueron encarcelados y su Ética, terminada cinco años de su muerte, sólo se publicó póstumamente. La claridad de sus razonamientos y la sutileza para describir los sentimientos son de una extraña belleza poética. Audaz y cauto en similar medida.

2. En poesía Peruana, uno puede ser etnocéntrico con total impunidad. Hay tanta poesía excelente que prefiero quedarme con dos buenas amigas cuya obra disfruto y admiro: Magdalena Chocano y Teresa Cabrera

(había pensado en poner a los epigramas de Marcial y al Primero Sueño de Sor Juana, pero lo que se me ocurrió espontáneamente creo que tiene más valor)

3. Dos películas

El Ángel Exterminador, de Buñuel. Cómo la reconstrucción sirve para salir de las repeticiones.

Fantasía, de Disney. Un recuerdo infantil de cuando mi madre me llevó al cine.

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El Opus Dei en campaña

Diego Lazo

El arzobispo de Lima Augusto Vargas Alzamora, aterrado frente a la posibilidad de que los evangélicos llegaran al poder con Fujimori en 1990, decidió sacar al Señor de los Milagros en una procesión extraordinaria en pleno mayo para conjurar la amenaza protestante. Como sabemos, su candidato sería derrotado, pero eso no alejó al clero del poder. Aquella no ha sido ni la primera, ni mucho menos la última elección presidencial en la cual la Iglesia ha sido protagonista. La contienda del 2021 no es la excepción.

Rafael López Aliaga ha resucitado Solidaridad Nacional, agrupación sumida en escándalos de corrupción y con su líder histórico procesado y detenido. Ha rebrandeado el partido y tomado control absoluto del mismo bautizándolo como un “partido cristiano”, imprimiéndole un carácter personal, porque el candidato celeste es miembro del Opus Dei, convirtiéndose así en el primer candidato presidencial peruano que es miembro de la Obra, una prelatura personal, la única en realidad, de la Iglesia Católica, que ha sido tan polémica como el mismo López Aliaga y de la que siempre se ha sospechado por su ambición de poder, tanto al interior de la Iglesia como en la política.

Nacida poco antes de la guerra civil española, fue fundada por Josemaría Escrivá de Balaguer y floreció en los cincuenta y sesenta, en pleno apogeo de la dictadura franquista. Consiguió convertirse en una “fuerza política, financiera y mediática potentísima” según el historiador Jordi García. Escrivá se convirtió en confesor del dictador Franco y los miembros de su organización llegaron a ocupar un tercio de los ministerios españoles, haciendo posible la inserción de España en el bloque de las potencias occidentales, que antes sospechaban de Franco por sus orígenes fascistas. Se acuñó el término “tecnocracia del Opus Dei” para explicar el “milagro económico español”, gracias a figuras como Mariano Navarro Rubio o Alberto Ullastres.

Pero los miembros de la Obra no solo han colaborado con la dictadura española. En el Chile de Pinochet, muchos de sus miembros formaron parte de las juventudes que apoyaron la permanencia del dictador en el poder. El mismo Escrivá visitaría el país sureño poco después del golpe que derrocó a Allende. El supernumerario Joaquín Lavín casi se convierte en el primer jefe de Estado miembro del Opus Dei, cuando en 1999 postuló por la UDI, la colectividad política que agrupó a los pinochetistas tras la transición.

La jefatura del Opus Dei siempre ha desestimado estos juicios, diciendo que sus críticos provienen de sectores anticlericales o de religiosos recelosos de su meteórico ascenso. Arguyen que sus miembros gozan de libertad política y son ellos quienes deciden si forman parte de algún gobierno. En esto consiste el primer éxito del movimiento. Mientras que los clérigos católicos tienen prohibido intervenir en política, los numerarios del Opus Dei, aunque hacen votos y viven en comunidad, son formalmente laicos y, por lo tanto, están exentos de dicha prohibición. En el libro Cipriani como actor político, Carlos Manuel Indacochea explica que el Opus Dei, aunque declara públicamente la independencia de sus miembros, como organización se asegura de movilizar su apoyo coordinado contra lo que considera amenazas a la moral católica (el aborto, el humanismo secular, el liberalismo político, pero no el económico, el socialismo o el comunismo). Es decir que, en los hechos, el movimiento está asociado a posturas ultraconservadoras y sus miembros suelen pertenecer a partidos de derecha. Por eso no es nada raro, que sus miembros hayan conseguido ocupar los ministerios de Defensa o del Interior en Portugal, Chile, Uruguay, Argentina, España y el Perú.

Su segundo éxito es la introducción en la doctrina católica del concepto “santificación a través del trabajo”. Escrivá logró introducir una idea propia de la teología calvinista en el catolicismo, ajeno a la ética weberiana del trabajo. En el cristianismo protestante la salvación no se gana con obras de caridad, ya que Dios ha predestinado quien se salva y quien se condena. Por el contrario, la acumulación de riquezas es un síntoma de estar bendecido, mientras que, en la visión católica, es el pobre quien goza del amor divino. No por nada muchos de los miembros del Opus son empresarios ricos. Tanto éxito ha tenido Escrivá que la idea ha inspirado a otros movimientos católicos ultraconservadores como el inefable Sodalicio o el movimiento Schoensttat que también colaboró con el pinochetismo.

En el Perú el Opus Dei cuenta entre sus filas con políticos como los supernumerarios Martha Chávez, Luis Solari o empresarios millonarios como Dionisio Romero, pero las figuras más resaltantes han sido los numerarios Rafael Rey y el cardenal Cipriani, ambos hijos de los fundadores de la Obra en el Perú. La férrea defensa que ambos han hecho de la figura y la obra de Alberto Fujimori los hizo personajes polémicos por sus constantes excesos verbales. Cipriani no dudó en usar el púlpito para lanzar proclamas políticas, mientras que Rey Rey llegó a irse a los puños en un par de ocasiones tras ocasionar riñas políticas en sets de televisión.

Rafael López Aliaga recoge toda esta tradición del Opus Dei. Millonario, rabiosamente anticomunista, de extrema derecha y ultraconservador, se ha lanzado en esta campaña como un cruzado defendiendo el santo sepulcro. No es exagerado señalar que sus más fanáticos seguidores y candidatos al Congreso se ven a sí mismos como la sección peruana de una milicia universal dispuesta a derrotar al demonio comunista y homosexualizador. Al líder de Renovación, se le ha tildado de fascista, en el análisis de algunos es una exageración, sin embargo, él se ubica claramente en la línea de caudillos neofascistas como Trump o Bolsonaro. Es más, reúne todas las características del fascismo que nació bajo el auspicio de la gran burguesía europea que cobijó esta ideología como una respuesta frente al ascenso del socialismo y los partidos obreros, bajo la lógica de “combatir las masas con las masas”. Las propuestas del candidato celeste coinciden con las campañas del fascismo clásico, él propone expulsión de venezolanos (xenofobia), convertir al Perú en potencia mundial (populismo y nacionalismo), promete poner en prisión a los funcionarios de Odebrecht a pesar de que eso implicaría violar la separación de poderes y condenarlos por crímenes ya sentenciados en Brasil (demagogia) y crear brigadas de voluntarios que sustituyan los programas estatales de asistencia social con apoyo de grandes empresarios (corporativismo), además de inventar un enemigo responsable de todos los males como la crisis y la corrupción (anticomunismo o anticaviarismo). También ha convocado a las fuerzas de choque de la ultraderecha, como al sentenciado líder de La Resistencia, Juan José Muñico, alias Jota Maelo, y el fujitroll Frank Krklec, alias Catársis y Harakiri.

No están dadas las condiciones para que López Aliaga se convierta en un Bolsonaro, pero lo más probable es que busque crearlas. ¿Qué lo detendría? En sus negocios ha demostrado audacia para vulnerar límites sin miramientos. Cuando el Ministerio de Transportes eliminó el monopolio de su empresa en la ruta hacia Machu Picchu, denunció penalmente a los funcionarios responsables. “O sea, al final yo invierto para que vengan dos señores y así de fácil empiecen a operar”, declaró para Perú 21 en referencia a su competencia. Irónicamente, una de sus banderas es la abolición de los monopolios. Otro de sus negocios más conocidos es el emporio comercial Compu Palace; para su construcción fue necesario demoler la histórica casona Marsano, lo que se hizo sin la licencia debida, evitando así la oposición que generaría la solicitud de demolición de la monumental casona. Fue mucho más práctico derruirla sin autorización y después pagar la multa impuesta por la Municipalidad de Miraflores.

Esta temeridad para la consecución de sus metas en lo empresarial se refleja en su campaña electoral, difundiendo encuestas falsas y bulos como que el MINEDU habría obligado a niños a besarse o demostrando una incontinencia verbal digna de Bolsonaro, como cuando dijo que una adolescente violada “ya no es niña, es una mujercita” o cuando le recomendó a Ana Estrada en su lucha por la eutanasia que si quería morir mejor “se lanzara de un edificio”.

Se equivocan quienes piensan que lo de López Aliaga son calculados excesos para conquistar el voto ultraconservador del fujimorismo más recalcitrante o de las comunidades neopentecostales. Está siguiendo el sendero trazado por Trump y Bolsonaro, es decir, aprovechar el caos en una democracia disminuida y golpeada por la crisis económica o la corrupción y presentarse como el caudillo salvador que eliminará a los responsables, que como siempre son el comunismo y sus variantes. El candidato celeste está convencido de su cruzada divina y lleva curso de colisión siguiendo el consejo de Escrivá de Balaguer en su libro Camino: “no hagas caso, siempre los prudentes han llamado locuras a las obras de Dios. ¡Adelante, audacia!”