En torno al libro “Disparen contra Marx”

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Santiago M. Roggerone y Ariel Pennisi1Editores del libro Disparen contra Marx.Prólogo al libro Disparen contra Marx. Buenos Aires: Red Editorial. Ojo Zurdo agradece a la editorial por el permiso para reproducir el extracto de la publicación.

A doscientos años del nacimiento de Marx, un interrogante acosa las cabezas y los cuerpos de los vivos a la manera de un fantasma que recorre ya no solamente Europa: ¿qué queda de Marx?

¿Pero cómo es que algo así puede siquiera llegar a ser planteado? ¿No era que de una vez por todas y para siempre Marx había sido descartado? ¿No era acaso que había muerto, que su nombre había sido borrado de la faz de la tierra? ¿Cómo es que luego de tanta tinta y sangre derramadas algo de su pensamiento habría conseguido sobrevivir y, por consiguiente, permanecer entre nosotros?

Y si, al menos algo de Marx queda, es que algo sucedió con su nombre, su pensamiento. ¿Qué pasó con aquello que nos empecinamos en continuar nombrando a partir de su nombre? ¿Qué es esa insistente promesa de redención y justicia que acompaña a la humanidad desde tiempos inmemoriales, de ese “sueño de algo” tan tempranamente identificado por el pensador oriundo de Tréveris?2Marx, K., “Carta a A. Ruge (septiembre de 1843)”, en Escritos de Juventud, México, Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 460.

Este enjambre de preguntas, sin embargo, no debe confundirnos. Karl Marx no es simplemente un fantasma al que haya que exorcizar u oponer alguna clase de conjuro. Lo espectral, en todo caso, es el legado que dejó tras de sí. Un legado, claro está, que aún hoy estamos obligados a heredar como si fuéramos los vástagos de Marx, los hermanos de todos y cada uno de sus hijos –es decir, de los reconocidos pero también de los bastardos. De lo que se trata, en consecuencia, es de hacer algo con eso que queda. Pues hasta que no lo heredemos, hasta que no hagamos algo a partir de eso que queday se yergue ante nosotros, imperturbable, entonces solo trataremos con fantasmas, tormentos y sueños devenidos pesadillas…

Asistimos en el siglo precedente a operaciones y declaraciones que lograron construir su fidelidad a Marx alejándose progresivamente del marxismo histórico. Conocimos usos y apropiaciones diversas, algunos muy productivos y otros demasiado circunscriptos a una ocasión específica. En nuestras condiciones, con el diario del lunes que cruel señala los fracasos, las implosiones y las rupturas de las experiencias socialistas, volvemos sobre el nombre de Marx como podríamos hacerlo en relación a un Maquiavelo o a un Aristóteles. Peor no se trata simplemente de la obra “consagrada”, sino de una potencia filosófica y antropológica de primer orden para pensar el capitalismo contemporáneo. En ese sentido, es urgente volver a conectar con el pensamiento vivo de Marx, ya no en términos de una suerte de esperanzador humanismo resucitado –de hecho, no hay nada que resucitar–, sino en tanto máquina de lectura de la dinámica del capital como parte de una transformación antropológica que convierte la vida entera en sustrato para la producción de valor. Dentro y fuera de la fábrica, en la ciudad, mucho más allá del par trabajo/reposo, más allá incluso de la literalidad de los cuerpos físicos. El capital conquista lo que cada quien puede, es decir, su potencialidad, tiempo aun no vivido, eso que Marx llamaba “disposición”. El conjunto de las capacidades, la inteligencia y sensibilidad como integralidad en cada quien, como materialidad de la especie actuando en cada individuo, es la fuente de valor capturada, orientada y reconfigurada por el capital en nuestras condiciones, gracias a nuevos modos de intervención sobre lo vivo por parte de las tecnociencias, la medicina y la farmacología, las nuevas terapéuticas y formas de producción de sentido que tienden a conformar a cada quien como agregado de recursos y competencias para ser autogestionado, casi empresarialmente, como “capital humano”.  

La selección de textos agrupadas bajo el título Disparen contra Marx constituye una amplia serie de aproximaciones que, precisamente, emprenden la ardua tarea de la herencia, pagan el precio que paga todo deudo y nos proponen hacer algo con (y a partir de) Marx. Una dispar constelación de intervenciones, locales y angloeuropeas, que disputan el nombre de Marx a los fétidos aparatos ideológicos de partidarios y adversarios. Un conjunto divergente de disparos, si se quiere, gracias al cual, en el encuentro con la lucha y el acontecimiento, la crítica del estado de cosas existente bajo el régimen del capital se renueva, gana autonomía y adquiere inusitada actualidad.

La advertencia está hecha. Si en las páginas de este libro se pretende encontrar algo así como un homenaje, es el momento de olvidar el libro, entregarlo a la crítica roedora de los ratones o, directamente, destruirlo festivamente. Se encontrarán en estas páginas algunas fidelidades e incluso traiciones movilizadas por un verdadero grito de guerra: ¡Disparen contra Marx!


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