REFLEXIONES SOBRE LA CRISIS DESDE LA FILOSOFÍA

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Antonio Pérez Valerga
Universidad Antonio Ruiz de Montoya

Quisiera centrar mis reflexiones en cinco puntos principales.

En primer lugar, la actual pandemia nos debe hacer pensar en nuestra común vulnerabilidad y, en el extremo, en el miedo a la muerte.

De hecho, el modelo político de Hobbes empieza por ahí, aunque yo quisiera conseguir conclusiones distintas a las que él llega. Hobbes, en efecto, parte de un estado de naturaleza en el que todos somos iguales en cuanto al poder (astucia y fuerza) y a la vulnerabilidad (el ya citado temor a la muerte violenta), de donde se sigue un invivible estado de guerra de todos contra todos y del que solo la razón  (también común a todos los seres humanos) nos indica la salida: el pacto social, por el que todos juntos nos despojamos de nuestra fuerza y astucia, lo único que tenemos para hacer valer nuestros derechos en ese estado inicial, y se lo cedemos a un soberano que introduce el derecho y la legalidad por primera vez.

Pero la pandemia, si bien ha desatado esta lógica de la supervivencia personal -lo que era previsible y hasta deseable, por supuesto-, también ha dejado ver la preocupación por los demás; en nuestro país, muchos hemos pensado también en los otros, es decir, los pobres, los vendedores ambulantes, los viajeros varados prácticamente en la calle y nos hemos preocupado por los más vulnerables que nosotros. Todos aprobamos las políticas de ayuda del Gobierno, la habilitación de espacios públicos para dar albergue y comida a los “sin techo”, especialmente a los más ancianos y muchos hemos contribuido también con colectas de solidaridad con personas cercanas (los porteros de nuestros edificios, las señoras de limpieza y cocina en nuestras casas) y con desconocidos a través de organizaciones civiles y religiosas.

En este segundo caso, la vulnerabilidad se manifiesta como una preocupación por el otro, una sensibilidad extrema no por nuestro bienestar sino por el de alguien que tal vez no conocemos ni conoceremos personalmente nunca; pero nos afecta su vulnerabilidad, no como una culpa o un remordimiento, sino activamente, como una responsabilidad nuestra y de ningún otro. Eso es justamente lo que Levinas llama el rostro del otro, esta exposición extrema a su mirada que nos ruega/ordena (el rostro es ambiguo) que nos hagamos cargo de él: responsabilidad, asimetría, proximidad, solidaridad -rostro, la misma subjetividad del sujeto, dice Levinas-.

Esta solidaridad me permite pasar al segundo punto de mi reflexión, la economía. Porque a diferencia de la pobreza cotidiana de los otros (el extranjero, el migrante quechua-hablante, los niños-mendigos y todos los que nos abordan y cuestionan cada día), esta situación excepcional en la que vivimos ahora puede hacernos pensar también en las causas de esa extrema vulnerabilidad de algunos de nuestros compatriotas: la (absurda, me parece) economía de mercado que rige nuestra vida contemporánea y que no respeta ningún vínculo social tradicional y, así, multiplica nuestra natural fragilidad corporal y psíquica, lo que recrudece sobre todo en las grandes ciudades y se expresa de múltiples maneras: desempleo, migración forzada, alcoholismo, prostitución y trata de personas y, en general, marginación de todos los derechos sociales, económicos y políticos.

Frente a esto, y en tercer lugar, es difícil pensar que solo los buenos sentimientos ante el peligro común puedan lograr un cambio; la mercantilización neoliberal o el predominio del mercado es ya un proceso que no depende de ninguna persona ni de ninguna ideología, sino del “crecimiento” del producto bruto interno y de la expansión económica que no respeta fronteras y rompe todas las barreras culturales, sociales, morales. Parece que el mercado ha cumplido su cometido y ha hecho de nosotros un conjunto de consumidores anónimos, adictos a los objetos y buscando la satisfacción inmediata y sin límites. Como dice el título de un reciente libro de Anselm Jappe, vivimos en una sociedad autófaga, que está devorándose a sí misma y todos los recursos naturales sin ningún pudor.

No parece que podamos esperar algo mejor de la política, en la que derechas e izquierdas son espectadoras impotentes de la lógica del mercado y donde no queda ya imaginación capaz de encontrar alternativas. A lo que se añade el peligro hoy más que nunca presente de la transformación de la democracia en un bio-poder: ya no un orden social participativo y orientado hacia el bien común, como lo era en su origen, sino una simple administración de las personas y de las cosas, indistintamente. Es como si la política hubiera degenerado, nos dice Giorgio Agamben, desde la participación en el espacio -público, donde los seres humanos cuentan como seres racionales, con una vida cualificada (bíos)-, hasta la administración de la vida desnuda (zoe), que en el mundo antiguo estaba cobijada bajo la autoridad del padre, una simple economía (literalmente oiko nomos, ley de la casa), donde se decide sobre la vida y la muerte, no sobre la vida humana con sentido.

El nihilismo, por último, el inquietante diagnóstico de Nietzsche sobre la cultura occidental, que hoy domina el mundo entero, nos permite, tal vez, comprender esta crisis desde una perspectiva más amplia. Según este autor, en efecto, la crisis ecológica no habría empezado en este siglo, ni siquiera en los últimos quinientos años de “dominio” humano sobre la naturaleza, sino al principio, hace dos milenios y medio con Sócrates y Platón, con la sobrevaloración del mundo puramente espiritual de las ideas eternas y el consiguiente desprecio de este mundo puramente físico.

¿No es la presente pandemia (y las anteriores, y las por venir) producto de la misma destrucción del medio ambiente en la que estamos empeñados? La misma imprudencia que está destruyendo la selva amazónica es también el origen de todas ellas: nuestro contacto abusivo con los animales -las aves, los puercos, los murciélagos, las vacas locas- y con el planeta entero.

¿Cómo detenernos, qué hacer? Sería bueno que saquemos algunas lecciones de esta emergencia, que reactivemos nuestra humanidad y solidaridad, pero para ello es necesario encontrar una expresión política que nos ponga en acción -y nada es más difícil-.


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