LA HISTÓRICA RESISTENCIA DE LA (RE) ORGANIZACIÓN SOCIAL, AHORA…

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Omayra Chauca Gonzales
omayra205@gmail.com

La actual pandemia no afecta a todos por igual. Así escuchemos o cantemos la nueva versión de “resistiré” del Dúo Dinámico, influidos por los medios de comunicación a nivel nacional qué buscan “motivarnos” o “esperanzarnos” por un desenlace feliz, y dentro de todo esta desigualdad, la dureza de la realidad es otra, y basta con tan sólo levantar la mirada, para observar quiénes la están pasando peor en estos momentos.

En el Perú, con un porcentaje mayor a 45 mil muertos por Covid-19, siendo Lima Metropolitana una de las principales ciudades con mayor número de casos infectados, el Presidente de la República nos “invitó” a volver a la “nueva normalidad”, priorizando la economía sobre las vidas, a una ciudad con hambre y precariedad laboral; nos invitó a “sobrevivir como puedan”, sobre todo a quienes se encuentran en la precariedad diaria de la existencia, en la larga espera de la utopía del bono, sumado a lo habituados que estamos ya a la desigualdad y a la discriminación que el liberalismo nos enseñó como forma de vida.

Como peruanos con herencia histórica y social, la organización siempre ha sido nuestra arma colectiva de sobrevivencia ante las crisis de nuestro país. Tan solo recordar los años 60s y 70s, las y los migrantes se organizaron en la búsqueda y/o construcción de viviendas, bordeando el Centro de Lima, creando los barrios más populares y con mayor población e impulso económico hasta la actualidad. Esta pandemia no iba ser la excepción en nuestra histórica realidad, pues no tardaron en (re) aparecer las ollas populares u ollas comunes: organizaciones barriales que accionan ante la necesidad de mitigar el hambre de la comunidad, organizadas en su mayoría por mujeres o personas que asistían a los comedores populares zonales antes del coronavirus.

A inicios de este año los comedores populares no eran el apogeo urbano de los años 70s o 80s; estaban perdiendo esa innata centralidad de organización urbana o barrial que sostenían los barrios de Lima Metropolitana y su cotidianidad. Los comedores populares, pasaban por una crisis orgánica e histórica, producto de las disputas de poder y la corrupción de quienes las supervisaban o dirigían; estaban perdiendo la admiración o el reconocimiento en sus territorios y ni eran incentivo para las nuevas generaciones de mantener el continuo legado. El fujineoliberalismo estaba dando frutos, las personas se espantaban por las responsabilidades, escapaban de la organización colectiva por la vida llena de individualidades, eran espacios que iban agonizando en el avance del tiempo. Eso no quita que sobrevivían o existían a base del esfuerzo constante y prolongado de muchas mujeres, las primeras en su generación que rompieron los estereotipos, saliendo de sus casas a la organización de su barrio, asumiendo dirigencias, o simplemente rompiendo los patrones familiares y extendiendo el vínculo comunitario para crear nuevas identidades de pertenencia, con la finalidad de aportar al cambio, al ver a su pueblo o vecinos envueltos en la agonizante necesidad.

Incluso hoy en día frente a la prioridad de la reactivación económica sobre la esperanza de vida, y con normas sanitarias de cuidado frente al Covid–19. A los comedores que estuvieron en una inminente agonía e indiferencia, el Estado les ha puesto la mirada: se generó la propuesta de reactivación de los 16 mil comedores populares a nivel nacional con la finalidad de atender las necesidades de alimentación a bajo costo. Sin afán de machacar en su totalidad esa propuesta, ¿se ha realmente considerado? Es decir, el hecho que estas prácticas institucionales perpetúen y romanticen el trabajo de cuidado que llevamos las mujeres. Ahora no sólo cargamos con la responsabilidad familiar marcada por los estereotipos de género, sino también nos hacemos responsables de la comunidad o barrio, generando acciones de salvaguarda para la disminución del hambre y reactivando los comedores. Porque somos el centro de la mira para salvar el hambre y la indiferencia cuando pedimos se nos reconozca y se generen acciones frente al aumento de violencia y desapariciones de mujeres, adolescentes y niñas, en época de pandemia. Estas preposiciones que parecen polarizarse, solo perpetúan que las mujeres sean vistas como fuerza útil y envueltas en el romanticismo de ser “las heroínas salvadoras” instruyendo el “dar como mejor virtud femenina”, de donde la masculinidad hegemónica se acoge para seguir evadiendo responsabilidades. Es decir, las mujeres a la cocina y los hombres al trabajo, ¿pero ahora no que hay trabajo?

Recordemos que esta práctica de organización barrial se fue apaciguando gracias al boom de la comida rápida, producto de la nula soberanía alimentaria en un país con mayor producción e importación de alimentos, considerando el (inexistente) enfoque territorial del mismo, las periferias han armado sus pequeños centros basados en el consumo de los grandes centros comerciales y del neoliberalismo que reforzaba la individualidad – ganancia sobre la organización social-, ya no todas las mujeres de las zonas más populares estaban relacionadas en su totalidad con los comedores populares, se habían tergiversado la idea de “autogestión” con “negocio”, y se evitaba apoyar la organización como mujeres, como se hacía en los años 70s o 80s. La importancia de mantener espacios comunales era nula desde lo cotidiano hasta en el lenguaje. Hoy por ello, los medios de comunicación han hecho negocio de la dramatización, o del dolor de la crisis. Se han generado programas de hora familiar para hacer un reality show de competencias sobre “qué tan pobre eres” para que “merezcas ser salvado”, por un artista, empresario o por quién más privilegios tiene. Nuevamente proyectando la idea que la única forma de salir de la pobreza es a través del sacrificio de las mujeres en ollas comunes, o de la salvación de alguien con mayor suerte, o mejor dicho mayores privilegios.

A la par se han dado distintas alternativas populares o barriales, frente a la precariedad de la salud. Se han organizado comités de salud barrial, espacios impulsados por movimientos políticos, donde la organización consta en canalizar ayuda a través de mínimas donaciones económicas o de brindar información sobre distribuidoras de oxígenos o centros de salud, de la mano de la virtualidad en la que actualmente nos hemos visto obligados a sumergirnos. También se han organizado espacios impulsados desde la religión u ONGs, que trabajaban previamente en los barrios, que sin negar la buena voluntad de apoyar, mantienen la verticalidad de donde el asistencialismo se alimenta. Sin olvidar que los fundamentalismos religiosos, se alimentan de la necesidad y desconocimiento, generan condiciones de ayuda en base a credos y favoritismos.

Algo que también se mueve más allá de los agentes externos al barrio son las actividades de apoyo colectivo que han transcendido en reformular formas de apoyo entre su propio entorno, las polladas, chuletadas o venta de algún tipo de comida, han sido la forma más cercana de apoyar a las familias que están padeciendo económicamente en estos tiempos de pandemia. La identidad del “emprendedor” ha surgido con mayor latencia, no hay marca de ropa o postres que ha surgido en la ausencia de trabajos, obligando a quien mantiene una estabilidad laboral, apoyar constantemente desde la culpabilidad y el altruismo, cuando en realidad sabemos qué el verdadero culpable es el sostén de esta estructura económica y social desigual.

Por ello, mucho antes de la pandemia, nos encontrábamos en la desidia constante del salir a trabajar o el no salir, morirnos de hambre o de deudas; sabíamos que el dinero era la única forma de subsistencia cuando todo es compra y venta; teníamos a la muerte más presente gracias a la delincuencia, sumado al mal sistema de salud, transporte y vivienda.  Pero hoy, donde esto “ya no es vida”, nos dicen “que todo pasará” y nos motivan románticamente a organizarnos. Claro que necesitamos organizarnos porque “¼ de arroz no es lo mismo que 2 kilos”, de donde pueden alcanzar más de tres platos; la comida rápida no es opción económica ni de salud, sabemos que los bono y las canastas solo les llegaron a algunos, los que nos buscaron por votos. Hoy no existimos en su radar de apoyo y sobre todo porque el Estado jamás alertó a quien sostenemos realmente la economía de este país. El dinero, o el sobrevivir lidiando con el encierro, la frustración y el miedo a ser solo una cifra o muerto, deja una gran deuda sin consuelo.

Estos “nuevos” tiempos nos traen grandes cuestionamientos, ni que pensar del 2021 ni después de todo esto. Por ello me pregunto: ¿las mujeres seguiremos parando la olla?  ¿seremos las invisibles salvadoras?, ¿los hombres estarán dispuestos a cambiar los roles de género? y los partidos que desean votos o la iglesia que busca adeptos, ¿qué tanto han habrán logrado aprovechar de nuestros miedos?, ¿saldremos mejores de todo esto?. Son tiempos donde las alternativas barriales no deben ser simple actos televisivos o de redes sociales de salvación o resguardo, dejar de romantizarnos e invitar a la reorganización y conciencia colectiva, tenemos que dejar de mirar a los barrios como los “necesitados”, “emprendedores” y “sobrevivientes”, su tiempo ha llegado y son ellos quienes saben desde los cotidiano y vivencia, tienen las herramientas de generar cambio. Es tiempo de devolverle la herencia que les pertenece, el protagonismo de la historia y desmantelar a quienes gozan de sus esfuerzos, como los grandes bancos y ricos, que no hacen más que sacrificarnos y dejarnos morir, porque nos prefieren en la sobrevivencia que reconocernos la vida.


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