APRENDÍ A QUERER A PIURA

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Víctor Caballero

Aprendí a querer a Piura cuando conocí a sus dirigentes campesinos en los inicios de la década de 1970. Eran ellos de movilización campesina por la tierra, y en ella se venían labrando su propio destino una generación de dirigentes a través de las luchas campesinas: tomando las tierras de los hacendados, peleando tercamente por su independencia política frente a los intentos del gobierno militar de imponerles un modelo asociativo, distante de su tradición histórica de la comunidad campesina.

Los vi por primera vez en la Asamblea Nacional de Mazo (Huaura – 1973) donde junto a dirigentes campesinas de varios departamentos, iniciaban el trabajo de reconstrucción de la Confederación Campesina del Perú, concretada al año siguiente en el IV Congreso Nacional en la localidad de Torreblanca, Huaral. Los volví a ver en 1975  en la convulsionada comunidad de Querecotillo – Sullana en el II Congreso Extraordinario de la CCP, para entonces, las comunidades habían desplegado todas sus fuerzas en tomas de haciendas, y en la terca apuesta por la defensa de las comunidades campesinas, como sujetos históricos de la transformación social del campo peruano.

En ese proceso conocí a Andrés Luna Vargas (comunidad de Vichayal, preso en 1974, y estando en la cárcel fue elegido Secretario General de la CCP); a los hermanos Víctor y Gregorio Alama Camacho, de la comunidad de Querecotillo – Sullana, que en 1975 (meses después del II Congreso Extraordinario) fuera tomada por los militares con un despliegue de tanques y de soldados ordenadas por el Gobierno Militar; a Marcial Quintana Litano, de la comunidad San Juan de Catacaos, que en esa época luchaba por la recuperación de las tierras de la comunidad y se resistían a la imposición de un modelo ajeno a la tradición comunera; y junto a él, a Víctor Mechato de verbo radical en las feroces polémicas que se daban dentro del movimiento campesino. Posteriormente fueron surgiendo extraordinarios dirigentes campesinos como Luis Montalván y los hermanos César Zapata y  Armando Zapata; a Carlos López Jiménez quien fuera luego uno de los mejores alcaldes de Santo Domingo en la provincia de Morropón .

César Zapata

Repasando los hechos a la distancia del tiempo, me permiten comprender cómo del corazón del campo piurano, surgieron estos dirigentes que marcaron un rumbo en la historia del movimiento campesino. Los recuerdo generosos en la camaradería, solidarios con los campesinos de otras regiones a donde acudían a prestar su contribución a la lucha, apoyarlos en la organización sindical, a defenderlos aún a costa de sus vidas y familias, sin pedir nada a cambio.

Cuando estaba junto a ellos, en las reuniones, en las asambleas, congresos, y en sus comunidades, era una fiesta por la alegría y el dulce hablar de los campesinos de los arenales de Piura, tan encantador y tan risueño. Escuchar sus historias, convivir en sus experiencias, ha sido, sin duda, unos de las mejores experiencias políticas que he tenido.

Tuve la suerte de acompañar a Marcial Quintana en la CCP (apoyaba al CEN – CCP), estar en su comunidad y en Piura, percibí y entendí su profunda fe católica; era  apoyado por los jesuitas del CIPCA que le dieron una formidable formación política, fortaleciendo en él sus raíces culturales de la cultura Tallán. Alegre siempre, narrador de historias como buen piurano, un hombre libre, que la lucha por su comunidad había fortalecido sus convicciones democráticas. Fue designado para hablar a nombre de los campesinos al papa Juan Pablo II que venía de visita a Piura. Todavía lo recuerdo a Marcial, con su sombrero de paja, su camisa blanca, de pie y luego de rodillas, hablándole a Juan Pablo II, ante un inmenso y multitudinario evento,  sobre el sufrimiento de los pobres, de la esperanza de los campesinos en la justicia social, en la acción liberadora de las luchas campesinas, del cual él era uno de sus mejores representantes. Era una relación desigual, por cierto, Juan Pablo II venía a combatir la Teología de la Liberación, que precisamente había formado a líderes tan honestos y abnegados como Marcial Quintana. No importa. Marcial es ahora el símbolo de una generación de campesinos que ha construido el Perú y vivirá en el recuerdo de todo su pueblo.

Marcial Quintana

Conocí a César Zapata en las asambleas campesinas de la FRADEPT del cual llegó a ser dirigente. Ya para entonces, la comunidad de Catacaos había logrado defender con éxito su comunidad y su modelo de cooperativa comunal; y como tal, como dirigente muy joven, destacaba en la polémica y en las negociaciones con el Estado y con los acopiadores por mejores precios para el algodón, principalmente. Flaco, alto, con voz firme y con una inteligencia aguda y rápida lo vi discutir contra los acopiadores de algodón y los funcionarios del Estado, quienes imponían precios y empobrecían a los agricultores algodoneros. Ahí destacó, hábil en la negociación, firme en la defensa de su gremio algodonero, hasta ser elegido luego como dirigente nacional de los productores algodoneros, y directivo de las cooperativas comunales productores de algodón. Nunca abandonó su comunidad, siempre defendió a los productores algodoneros ya sea de Piura como de otras regiones. 

La muerte de los dos queridos amigos y camaradas ciertamente nos duele; peor aún, las circunstancias de su muerte por el corona virus. No tengo palabras para calificar ese terrible hecho. Solo traigo a mi memoria la frase de consuelo que siempre se daba ante la muerte de un camarada: ¡Qué el dolor se convierta en fuerza! El camino es largo, y se requiere energías para ello.

Quedan las grandes enseñanzas que nos dejan estos dirigentes: ¿Cómo entender ese despliegue generosos? ¿Qué enseñanzas nos dejan? Ellos eran la continuidad de una tradición comunal de larga data en Piura; herederos de una historia de lucha y rebeldía que formó a numerosos dirigentes que hicieron posible que las comunidades campesinas en Piura perduren y resistan los embates de quienes quisieron desaparecerla. 

Algunos han dicho  – desde la ignorancia y la escasez de investigaciones – que las comunidades campesinas al impedir la propiedad privada, cortan la libertad y condenan al campesino a la pobreza. Nada más falso: las luchas de las comunidades fueron luchas liberadoras, emancipadoras, y en ese proceso se forjaron líderes de gran valía como los líderes campesinos de Piura; las luchas de las comunidades forjaron nuevos ciudadanos, hombres libres que le han dado a la democracia nueva vitalidad surgida desde la base popular; y respecto de la pobreza, la causa no la encontramos en la comunidad sino en el sistema de precios que asfixió a los campesinos, la falta de apoyo del Estado en inversiones en infraestructura agraria y de riego que abandonó el campo, y contra el cual se levantaron en numerosas ocasiones los campesinos piuranos.

La alegría de vivir; la alegría de luchar, ha sido la característica central de los dirigentes campesinos de Piura cuyos exponentes fundamentales han sido Marcial Quintana y César Zapata. A ellos mi homenaje y mi reconocimiento eterno. 

Descansen en paz amigos queridos.


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