LA COYUNTURA LATINOAMERICANA Y EL ÚLTIMO LENIN

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Jaime Ortega
Revista Memoria (México)

La búsqueda de ejercitar una teoría política al margen del determinismo y el providencialismo fue lo que motivó una relectura de Lenin después de la revolución cubana1“Lenin en América Latina” [https://revistaojozurdo.pe/2020/04/22/aniversariolenin/]. Ya hemos mencionado algunos de los principales trabajos de quienes aventuraron esta hipótesis, algunas ocasiones mejor logradas que otras. Es cierto que cada uno de ellos se mantiene en tradiciones distintas, algunos no logran romper el esquematismo e incluso propusieron revivir el “leninismo”. Sin embargo, en una evaluación global, podemos considerar que desde 1959 en adelante y hasta el fin década de 1970, Lenin era un motivo teórico importante en la región, que movilizaba los intentos de teorización por fuera de las estructuras osificadas, los clichés y los lugares comunes.

¿Qué significación tenía su inclusión dentro del caudal de experiencias de la nueva coyuntura teórica? Sobre todo, la de que en política era una necesaria una ciencia política de la coyuntura. Se trataba de producir un Maquiavelo para la práctica política marxistas: la confluencia que debían tener los revolucionarios entre fortuna (condiciones objetivas, elementos fuera de su control) y virtud (su capacidad de movilización y de intervención). Cuando se releen aquellos materiales, lo que queda claro es que Lenin les sirve como teórico de la temporalidad de la política. Además, claro, de otorgar elementos para pensar la revolución menos como un golpe certero y más como un proceso de acumulación de fuerzas. El máximo exponente de esta trayectoria plural fue René Zavaleta Mercado. Sin embargo, el decaimiento de la “revolución latinoamericana” trajo aparejado un cambio, una nueva coyuntura teórica.

Recordemos que el impulso de la revolución cubana, sostenido enérgicamente durante toda la década de 1960 y coronada, de alguna manera, en el triunfo de Salvador Allende en Chile, decayó en 1973. Punto de quiebre, las izquierdas sufrieron intensos periodos de represión y persecución. Desde el golpe de Estado en Brasil y sus equivalentes en Uruguay, Chile y Argentina o de situaciones de impasse de la izquierda frente a fenómenos nacionalistas, la situación cambió. Hacia finales de la década, sólo en Centroamérica se respiraba aún el ambiente de revolución, pero incluso en esa región del continente, el problema era más combatir las dictaduras e instalar formas democráticas. Era la correlación de fuerzas lo que así demandaba esta actitud, derrotada en Guatemala, en situación de empate en El Salvador y victorioso en Nicaragua.

A este contexto regional hay que sumar la discusión iniciada en Europa: la llamada “crisis del marxismo”. Esta polémica amparó varios motivos. Para algunos era el fracaso de la teoría política y la teoría de la transición, es decir, de el cómo el marxismo nunca dejó claro el lugar del Estado y la democracia en su andamiaje. Para otros era el evidente dato de pérdida de potencia movilizadora –ya no digamos revolucionaria– por parte de la clase obrera, cuyo núcleo más “desarrollado”, el europeo, se encontraba comprometida plenamente con los sindicatos y el pacto social del Estado benefactor, parafraseando a Lenin mismo, podríamos decir que la clase obrera europea seguía comprando sus boletos ordenadamente en la fila del tren cuando se disponía a paralizarlos. Para otros, el problema era que el socialismo realmente existente, replicaba formas de modernización que atinaban a apuntalar a la técnica como un espacio neutral, sin medir sus consecuencias a largo plazo, como lo era el deterioro ambiental. A ello hay que sumar el lento, pero decidido cambio en el patrón de acumulación de capital, que abandonaba los registros más conocidos de las brújulas de los militantes.

En este contexto no sorprenden las iniciativas “anti-Lenin” que se han extendido hasta tiempos recientes. En general, podría decirse que un segmento de la izquierda capitulaba ante la idea liberal de Lenin, mostrándolo como un pre-cursor del “totalitarismo”. Otros, enfatizaban el daño que hacía la fetichización de una forma contingente –el partido de cuadros– que era trasladada, en un espejo productivista, a una especie de orden fabril, con sus jefes, sus directivos, sus recompensas y sus castigos. Otros más a la izquierda, sólo señalaban que la teoría del capital monopolista era equivocada, producto más de la intervención de los “nietos” teóricos de Lenin como E. Varga. No sorprende así las intervenciones de Carlos Maya, Oscar del Barco, Jorge Veraza y en tiempos más recientes de John Holloway.

Fue, sin embargo, la emergencia de nuevas lecturas sobre otros referentes, lo que terminó de sellar el proceso de desmovilización de la presencia de Lenin, situación que se extendió hasta la emergencia del segmento más reciente de la obra de Álvaro García Linera como teórico-político. Fue, efectivamente, una forma de leer a Antonio Gramsci la que desmovilizó, dentro del marxismo, la presencia de Lenin. En la década anterior Lenin y Gramsci habían sido leídos de la mano, en gran medida por la influencia persistente de Palmiro Togliatti, autor del famoso ensayo “El leninismo de Gramsci”. Luciano Gruppi había aportado, reactualizando esta lectura en esta clave. La operación de ruptura de ambas perspectivas, sin embargo, es más compleja.         

Contra la hipótesis de un “gramscianismo de derecha” o un “gramscianismo socialdemócrata”, hay que decir que lo que detonó la separación del binomio Lenin-Gramsci no fue una malévola instancia de decisión. Se trataba de una situación cambiante: el agotamiento de la “revolución latinoamericana”, es decir, el agotamiento de la coyuntura política y teórica en la que se enmarcaba la efímera vuelta a Lenin. Y en ese quiebre, Gramsci ganaba relevancia, pues conectaba el sentido más universal de la situación latinoamericana –la guerra de trincheras en la sociedad civil– en detrimento de los aspectos que conectaban la situación con Lenin, que era la acumulación de fuerzas para la victoria revolucionaria.

Gramsci era/es sin duda el autor más útil desde la década de 1980 para pensar a la región latinoamericana. Ello porque finalmente los impulsos modernizadores del capital dejaron una fisonomía más parecida a la descrita por el italiano: sociedades civiles en busca de autonomía frente a la sociedad política e incluso con cierta capacidad de determinar a esta última. La guerra de trincheras finalmente aparecía como una posibilidad de ser desarrollada. Sin duda, se trataba de un lenguaje más apto para tiempos de tímida conquista democrática y, además, de una correspondencia con el cambio en la función del Estado. Las sociedades latinoamericanas, de manera desigual, habían construido más mediaciones societales.

El cerco se cerró con la derrota de los socialismos históricos y las decepcionantes rutas de revoluciones como la nicaragüense. Ahí, definitivamente Gramsci se instaló como el principal motivo marxista, quizá, el único defendible y reivindicable. La avalancha neoliberal terminó de sepultar a Lenin, el cual se convirtió en motivo nostálgico o melancólico. Es por ello válido preguntarse qué fue lo que se perdió con el desplazamiento de Lenin del teatro de operación de la cada vez más escasa teoría política marxista.

La respuesta a esta pregunta la otorgó la propia realidad latinoamericana. Álvaro García Linera, sin finiquitar el asunto, lo apuntaló bien. La importancia de Lenin en esta nueva coyuntura es la de brindar una brújula para pensar la construcción de la estatalidad al servicio de las clases subalternas. Eso implica una operación en contra del propio Lenin: ni la centralidad militante de ¿Qué hacer? Ni el ímpetu mesiánico de abolir el Estado (tendencia dominante en el marxismo occidental, como bien ha criticado Domenico Losurdo)2Domenico Losurdo, El marxismo occidental, Madrid, Trotta, 2019.. Todo lo contrario, el último Lenin es el que permite pensar una experiencia práctica en términos teóricos, de la construcción estatal. Regresar a estos textos localizados a partir del año 1921 (Tomos XXIV-XXV y XXVI de las Obras completas en la edición AKAL/ECP). Lenin piensa y defiende en ese periodo lo estratégico que resulta, en el marco de la reconstrucción estatal, el papel de las concesiones al capital. Es decir, La tensión entre el esfuerzo de conquista de la soberanía con el de convivencia con el mercado mundial. Aborda de una manera doble el problema de las fuerzas productivas, en tanto elemento técnico, pero también en tanto principio político. La crítica de la consigna de “soviets + electrificación” debe ir acompañada de sus reflexiones sobre cómo las principales fuerzas productivas son los obreros y campesinos, agotados por la guerra civil.  Piensa, también, el tema de la burocracia, al que denuncia repetidamente y ante el que encuentra tensiones en su resolución. Ello porque en un principio considera que incitando a los obreros y campesinos a la participación en el entramado institucional se encuentra la llave mágica para eliminar al elemento burocrático, después, cuestiona el propio nivel cultural de estos agentes, colocándose entonces en otro punto de enunciación: no basta la participación popular sino va acompañada de un proceso educativo.

El último Lenin no se parece al aguerrido agitador de El Estado y la revolución y en gran medida –o parcialmente, si se quiere– es una negación de él. Quizá no en el horizonte regulador de su acción, pero si en la manera en que afronta la coyuntura de reconstrucción del Estado. La pinza entre el mercado mundial y la urgente construcción de soberanía es clave, como lo es también el proceso de desfetichización de la clase obrera y el reconocimiento del entramado civilizatorio que rodea al Estado moderno. Tal como Althusser advertía con el trabajo teórico respecto a Marx, no habría que temer en atentar contra la supuesta unidad e integridad de quienes habían contribuido al marxismo.

Gramsci es, así, un buen compañero de Lenin. Porque si el primero entrega las afinadas herramientas para pensar la coyuntura de acumulación de fuerzas de sociedades más diversificadas, mediatizadas y complejas, el segundo aporta la experiencia inigualable de enfrentar la titánica tarea de construir el Estado al servicio de las clases subalternas.


[1] “Lenin en América Latina” [https://revistaojozurdo.pe/2020/04/22/aniversariolenin/]

[2] Domenico Losurdo, El marxismo occidental, Madrid, Trotta, 2019.


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