¡EL GRITO DE MI PUEBLO!

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Compartimos el siguiente texto de Bikut Sanchium, estudiante de Economía y Gestión Ambiental de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Asimismo, instamos a apoyar la campaña de solidaridad con Santiago Manuin, quien se encuentra delicado de salud. Adjuntamos los detalles en la imagen final.

No son uno, no son dos, no son tres ni son cien, ni mil, sino un pueblo entero que grita auxilio. Un grito sin respuesta. Un grito que para los que sentimos el dolor del otro no hay tiempo para dormir.

En cada mañana suena el celular. Es un mensaje. Reviso el mensaje y siento dolor. «Hay uno menos del pueblo» me digo con la garganta seca. Llega otro mensaje «murió» es la palabra que leo. Me acuesto mirando el techo de mi cuarto. Suena otra vez el celular. Los abro. Son videos de distintas comunidades de Amazonas. En los videos veo a mis viejos, a mis hermanos, a mi pueblo. Oigo voces: son llantos. «Es el dolor de mi pueblo clamando una mano» digo en silencio sentado sobre el piso, mirando una nada ya.

Me acuesto en el piso. Pienso en las lágrimas, en la voz accidentanda de dolor y en el clamor de la señora del video. Me paro y me apoyo contra la pared. Pienso en las cuatro enfermeras de Mesones Muro que se ingenian para atender a los 2 mil pobladores; en los 60 enfermeros de Chiriaco que se alistan a recibir a los 16 mil de su zona. «La realidad en el resto de mi pueblo es igual». Pienso en el tiempo de cada enfermero/a; en el dolor de su corazón al ver morir a sus pancientes. En mi imaginacion recorro el pueblo de Nieva, Santiago, El Cenepa. En mi caminata veo a tantos hermanos corriendo por las farmacias, buscando a algún enfemero, pidiendo dinerito para comprarse alguna pastilla y ampolla. Me siento en la silla y pienso en los del poder. Los imagino que se rien con las copas de vino entre sus manos, vacilándose con sus amigos mientras comen una deliciosa comida.

Tiembla el celular. Es una llamada de la frontera de El Cenepa. Allá también el COVID-19 llegó. Pero aún no llegan los medicamentos. No hay equipos de protección. No hay enfermeros. Hay enfermos. Hay muertos. Hay lluvia de lágrimas. La gente no sabe qué hacer. Vuelvo a sentarme en la silla. Sigo pensando. Mi gato se acerca. Me mira con ojos inundados de lágrimas. No sé qué le pasa. Vuelve a timbrar el celular. Ahora lo alzó con miedo. Es una llamada de Santiago, el pueblo de mis hermanos Wampis. «Aquí no hay medicinas. Los enfermeros también se han contagiado. La gente se muere» es la voz que escucho. Una voz que de sollozo se convierte en llanto. Siento un frío electrizante de cabeza a pies. Llora el hombre del otro lado del celular. Lloro yo también en silencio.

En mi cuarto camino de un lugar a otro. ¿Qué puedo hacer? ¿Dónde están las autoridades? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Cómo ayudarles? me pregunto mientras agito mis manos. Mis ojos se abren más. Es una luz de esperanza. Me siento frente a la pantalla de la laptop. Les escribo a mis amigos (as) y hermanos (as) de otras regiones del Perú y del resto del mundo. Les cuento la realidad de mi pueblo que lo sufro con mi corazón.

-Qué puedo hacer. No tengo tiempo ni para comer. A nosotros no nos pagan por todo lo que hacemos. Ni tengo tiempo para responder la llamada-me dice una enfermera de Imaza.

¡Qué valiente la mujer! quiero decir. Pero no. Es un abuso. Violentación de su derecho. ¿Cómo recompensarles? pienso entre lágrimas. Suspiro lleno de energía.

Me llega una lista de personas fallecidas; me llegan más mensajes, videos, testimonios de la guerra contra la pandemia; un combate sin ningún arma de los enfermeros y médicos de Imaza, Nieva, Santiago, El Cenepa. Mi pueblo que los hipócritas del mundo alababan como el pulmón del mundo muere asfixiado ante la mirada atenta de los poderosos.

Suspiro impotentemente. Mi corazón llueve dolor. En mis ojos brotan lágrimas. Mis manos siguen dando pasitos veloces en las teclas. Les escribo a todos los que les conozco: Ayúdenme por favor. Mi pueblo está muriendo-digo. Unas líneas de lágrimas pasan a los costados de mi nariz. Ya es madrugada. No tengo sueño. No duermo, y si duermo, no descanso. No me da hambre, pero me sirvo la comida y como sin sentir su sabor. En mi memoria viene un recuerdo. Es un recuerdo de mi primer amor. El efecto de aquel amor es lo que siento ahora por mi pueblo: ¡Amo a mi pueblo!

¡Ayúdenme! -grito en los mensajes que no sé cuándo terminaré de escribir; mensajes que no sé si me ayudarán a recibir apoyo. Son letras que viajan como soldados sueltos a buscar refuerzos.

La imagen de la portada fue extraída de aquí: https://forbescentroamerica.com/2020/05/11/los-indigenas-de-la-amazonia-se-enfrentan-al-covid-19-desprotegidos-y-vulnerables/

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