LENIN EN AMÉRICA LATINA: UNA TEORÍA POLÍTICA SIN GARANTÍAS

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Jaime Ortega [1]

Escribía en la década de 1960 Arnoldo Martínez Verdugo, promotor de la lectura de Lenin y Gramsci al interior del Partido Comunista Mexicano, que en política: “no hay soluciones providencialistas”. Este intento de arrojar por la borda las consecuencias más funestas del marxismo entendido como “filosofía de la historia” vinieron de distintos esfuerzos a lo largo de distintas generaciones. Esto sucedió antes de que el “Mariátegui italiano” se volviera una referencia cotidiana entre los núcleos militantes.

El 150 aniversario del nacimiento de Lenin no generará –menos aún en las condiciones de crisis civilizatoria en las que nos situamos– encuentros, coloquios o aparición de libros. Lenin no tiene buena prensa y ello es entendible, desde que Rockefeller demolió el muro que tenía su imagen en el icónico edificio del centro de Nueva York, se clausuró la posibilidad de una integración edulcorada de su figura y su obra en los cánones de la ideología dominante.

Es necesario hacer un esfuerzo de lo que Bosteels ha denominado como la “contra-memoria”, para realizar deslinde con respecto a la codificación oficialista del “leninismo”. Esta fue una construcción ideológica que comenzó en las plumas de León Trotsky, Nicolás Bujarin, Gyorgy Zinoviev y, por supuesto, José Stalin. El “leninismo” se convirtió en una ideología legitimadora alrededor de la pugna por el poder: todos ellos, a pesar de sus diferencias, asumen que Lenin era el representante del “marxismo de nuestra época”. Lo que había sido un pensamiento que se devolvió en coyuntura devino un cliché, un mecanismo legitimador y un sustituto de la vieja filosofía de la historia.

Contra esta situación, en América Latina se desataron apropiaciones y usos de Lenin muy diversos. Prueba de la incorregible imaginación de los movimientos políticos y sociales de nuestra región. Así, el nacionalismo popular a partir de personajes como Haya de la Torre, Fausto Reinaga, Lázaro Cárdenas, José Consuegra, Rómulo Betancourt, dialogó con la potencia movilizadora y pedagógica de Lenin, así como con su anti imperialismo. Lenin era antes que un comunista o un marxista, un gran político que condujo a un pueblo periférico al nivel de sus expoliadores, un instructor y educador de las masas, un férreo organizador y, sobre todo, el adalid de la lucha contra el imperialismo. No era casual que los distintos formatos del nacionalismo encontraran en él a una inspiración.

En el campo marxista la cuestión se fue aplazando, la loza pesada de la figura de Stalin y la nada despreciable, en términos tanto simbólicos como materiales, victoria soviética sobre el fascismo parecía haber alejado a Lenin de la primera línea. Sin embargo, este volvió como motivo de renovación, esta vez para los latinoamericanos que adoptaban el socialismo como eje central de su acción. Cuando en 1959 Fidel Castro y los guerrilleros cubanos iniciaron un nuevo ciclo de la revolución latinoamericana, atinado, el francés Regi Debray lo calificó como un “leninismo impaciente”. Después de la revolución cubana vinieron los esfuerzos de aventurar a un Lenin que funcionara para la nueva coyuntura que se abría. De la mano de autores como el filósofo venezolano J. R Núñez Tenorio en su Lenin y la revolución, el venezolano-alemán Heinz Rudolf Sontag en su Marx y Lenin acerca de la sociología de la revolución, del uruguayo Rodney Arizmend en su Lenin y la revolución en América Latina, Alonso Aguilar en su Teoría leninista del imperialismo, Carlos Cerda que en su El leninismo y la victoria popular analiza el triunfo de Salvador Allende desde las categorías del ruso o el economista venezolano Vladimir Acosta en su La teoría del desarrollo del capitalismo en Lenin. Todos ellos, además, acompañados de sugerentes lecturas realizadas en Cuba realizadas por Carlos Rafael Rodríguez, Roberto Fernández Retamar, Thalía Fung, el equipo de Pensamiento crítico destacando Fernando Martínez Heredia y Jesús Díaz. Este ciclo de la década de 1970 cerró con Adolfo Sánchez Vázquez cuando lo incluyó en su obra más importante como un “teórico de la praxis”.

La década de 1980 ve un decrecer del interés de su obra y esto se puede asociar, en parte, a la separación que hicieron gran parte de los lectores de Gramsci, en donde el italiano era más que una corrección, un teórico que sustituía a Lenin. Más allá de eso, algunas producciones significativas se dieron de la mano de Tomás Moulian en Chile. En plena dictadura de Pinochet, escribió su Cuestiones de teoría política marxista: una crítica de Lenin. En tanto que Marta Harnecker, en diálogo con las guerrillas centroamericanas produjo Lenin y la revolución social en América Latina. El ciclo se cierra con el texto clandestino Condiciones de la revolución socialista en Bolivia: (a proposito obreros, Aymaras y Lenin) firmado por Qnanchiri, el hoy vicepresidente Álvaro García Linera.

Este cúmulo de lecturas eran escritas por marxistas de distinto tipo, desde comunistas de partido, pasando por marxistas que habían abandonado el DIA-MAT[2], los que eran parte de la izquierda “ortodoxa”, personas que venían del cristianismo de izquierda o que sostenían la apertura con el mundo indígena. A pesar de sus múltiples divergencias, todas coincidían en que Lenin era el revulsivo que permitiría al marxismo latinoamericano poder enfrentar las situaciones novedosas. En mayor o menor medida en todos estos textos Lenin no es ya un cúmulo de citas, sino un ejemplo de como pensar ante situaciones concretas. En todos se respiraba el aire de la relación entre totalidad y política, en todos aparecía la relación de fuerzas/debilidades como eje de la construcción política; en todos se hacia hincapié en la renuncia a las certezas, los a-priori o la confianza en las “necesidades” de la historia.

De manera instintiva, como respuesta a una necesidad apremiante, la de la nueva coyuntura de la revolución latinoamericana, se abría la urgencia de encontrar el cerebro de la pasión: una teoría política que pudiera servir como instrumento y brújula para las y los revolucionarios de la región. Las lecciones que Lenin aportaba servían, no porque América Latina se pareciera a Rusia, no porque Lenin fuese infalible, sino porque a lo largo de sus intervenciones políticas mostraba la potencia de pensar la política sin garantías.

Si no había garantía, última instancia ni providencialismo, era necesario tomarse enserio a Lenin en su emplazamiento metodológico: “análisis concreto de la situación concreta”. ¿Cómo podemos evaluar hoy, tan lejos de aquellos intentos, los aportes que Lenin brindó al marxismo latinoamericano? Parecerían ser dos, los más importantes. El primero, que la política es ante todo una cuestión de temporalidad y que la táctica y los métodos de lucha se encuentran subordinados a esa temporalidad de la política. Antes que principios abstractos, el “análisis concreto” demanda evaluar el tiempo de la política, sus ritmos, sus pausas, sus momentos de aceleración. El segundo, es que esas temporalidades demandaban que la política se pensara como una aritmética de fuerzas y debilidades y que en ella los números no siempre contaban igual. Es decir, que no se trataba de acumulación numérica sin más. La pura aglomeración, sin dirección ni organización era inútil, o la acumulación sin un momento para la intervención podría ser un desperdicio.

Antes de que la lectura del “Mariátegui italiano” fuera adoptado como el común, antes de que dualidades como “guerra de posiciones/guerra de movimientos”, “sociedad civil/sociedad política”, “fuerza/consenso” aparecieran en la gramática de la izquierda, Lenin había brindado elementos sustanciales para abandonar el providencialismo de la secta. Su teoría política era, por principio, de mayorías participantes y, por tanto, sumaba al caudal que fortalecía la relación entre democracia y socialismo. El Lenin leído en América Latina es único y responde a las necesidades de un tiempo del que aún podemos aprender algunas cuestiones.


[1] Revista Memoria

[2] Abreviación de “Materialismo Diálectico”.


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