EL CORONAVIRUS Y OTRAS PLAGAS

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Maritza Ortiz [1]

La pandemia por el coronavirus ha llegado a la región con más inequidades y menos justicia social. Ha llegado a países como el nuestro con un sistema de salud precario, secuestrado por el capitalismo y la corrupción, por el machismo, la indiferencia y las diferencias de clase. Ha llegado a un país con un sistema de salud fragmentado y un débil liderazgo de las autoridades sanitarias. Ha llegado a un país en donde el neoliberalismo nos convenció que lo mejor que podíamos hacer es invertir en la salud privada y la alta especialización de las y los profesionales de la salud, dejando en el olvido al sistema público y a la atención primaria.

Esta pandemia se presenta en un país que tiene profesionales de la salud contratados bajo regímenes de explotación laboral, sin derechos ni seguro de salud, que centraliza las atenciones en las ciudades y los hospitales, mientras que desatiende las zonas rurales, marginales y periféricas. Esta pandemia se presenta en un país cuyos equipos médicos son obsoletos y se prefiere contratar empresas privadas antes que invertir en equipar debidamente a los hospitales públicos. El coronavirus se presenta en un sistema acostumbrado a ser dirigido por personas que no están preparadas ni tienen competencias para el cargo que ocupan, pero que reciben la gran encomienda de tomar importantes decisiones solo por una cadena de favores, puertas giratorias y una serie de actos que hacen que este sistema sea tal vez uno de los más ineficientes y corruptos del país.

Esta pandemia no es un problema de difícil solución solo porque seamos un país pobre, sino veamos las alarmantes cifras de morbilidad y mortalidad que tiene Estados Unidos. Resulta ser más complicada de atender cuando la perspectiva capitalista genera que se prefiera el crecimiento económico por sobre la vida de las personas, más aún cuando estas personas vulnerables no forman parte de la fuerza de trabajo que mueve las industrias. Tal vez para el presidente Trump dejar morir a los adultos mayores y personas con comorbilidades es más costo efectivo que seguir manteniendo los altos costos que significan el cuidado en las casas de reposo y el tratamiento de enfermedades crónicas que generan alta tasa de discapacidades temporales y permanentes.

Esta pandemia no es un problema de difícil solución solo porque seamos un país pobre… Resulta ser más complicada de atender cuando la perspectiva capitalista genera que se prefiera el crecimiento económico por sobre la vida de las personas, más aún cuando estas personas vulnerables no forman parte de la fuerza de trabajo que mueve las industrias.

El presidente de la república del Perú ha tomado el protagonismo de la escena y se presenta todos los días para informarnos directamente sobre cada suceso importante en torno a esta crisis sanitaria. Tomó además de manera oportuna la decisión de iniciar la cuarentena y una semana antes la suspensión de clases, pero dentro de esta medida surgen muchas situaciones y sobre todo contradicciones, pues mientras se difunde el lavado de manos y la higiene como las medidas más importantes para prevenir el contagio y la infección, más de 7 millones de peruanas y peruanos no cuentan con el servicio de agua potable ni saneamiento básico. Por otro lado, se indicó que los estudiantes harían clases virtuales, pero tenemos poco más de 1 millón de hogares sin ningún tipo de acceso a tecnologías de información y de comunicación, lo cual en porcentaje resulta ser bajo, algo de 13%, pero ¿acaso esas niñas y niños no importan lo mismo? Incluso, de esa gran mayoría de personas que sí tiene acceso, están aquellas que lo tiene solo a través de un teléfono celular que no necesariamente tiene un plan de pago que permita este sistema.

Otro punto muy importante es que se nos pide quedarnos en casa y es ahí en donde la situación se complica más. ¿Cómo se le pide no salir de casa a un país que tiene casi el 70% de su población trabajando desde la informalidad? Y los pocos que son formales trabajan bajo condiciones de explotación. Estas medidas de hecho no fueron pensadas desde la mirada igualitaria y comunitaria, porque si bien es cierto que la cuarentena es una medida fundamental, para las personas que trabajan para el día a día poco va a importar el contagio. El hambre apremia más que el temor a ser infectado. En medio de esa situación el gobierno decide encargar a las fuerzas armadas la tarea de obligar a las personas a mantenerse en sus casas, generando así el clima perfecto para el abuso de poder y la violencia. Desconozco si es más peligroso que una persona se contagie con el virus o que reciba una contusión severa que le produzca secuelas y posteriormente, una incapacidad, o de pronto hasta la muerte. Eso sin contar con las formas en cómo estas intervenciones se realizan, las cuales representan riesgos mayores de contagio porque rompen la distancia social y producen hacinamiento.

Y en medio de toda esta crisis está el personal de salud que le toca enfrentar la dura tarea de recibir pacientes que sobrepasan la capacidad de sus servicios, no solo por la cantidad incrementada, sino por la poca capacidad resolutiva que estos poseen. Además, no cuentan con la indumentaria requerida que evitaría el contagio. Están expuestos a situaciones difíciles de afrontar porque es ahí donde se evidencia más la falta de gestores, salubristas y epidemiólogos. De pronto toda la cantidad de jefes improvisados se ven rebasados cuando son incapaces de gestionar compras de equipos adecuados, alimentos y transporte seguro, mientras tampoco hacen una evaluación del escenario de manera integral. Todo se centra en la mirada hospitalocéntrica, que hace que se genere la necesidad de super especialistas en unidades críticas y de emergencia; así como la de equipos sofisticados como los ventiladores mecánicos, entre otras discusiones como si la hidroxicloroquina es o no efectiva, o si la vacuna llegará pronto. Y en medio de esa crisis se desplazan médicos aún en formación para dar la cara en las unidades críticas de los hospitales, se contrata personal sin vínculo laboral, tanto para los hospitales como las centrales telefónicas, que lamentablemente solo pueden contestar para pedir datos e indicar que esperen en sus casas por una prueba que tal vez nunca llegue.

De pronto toda la cantidad de jefes improvisados se ven rebasados cuando son incapaces de gestionar compras de equipos adecuados, alimentos y transporte seguro, mientras tampoco hacen una evaluación del escenario de manera integral. Todo se centra en la mirada hospitalocéntrica, que hace que se genere la necesidad de super especialistas en unidades críticas y de emergencia…

Lo que se debería hacer, además de reforzar las unidades críticas, vitales ante la posibilidad de que las personas masivamente llegarán a presentar complicaciones graves, es reforzar el primer nivel de atención, ya que la gran cantidad de pacientes infectados podrían permanecer tranquilamente en sus casas y en aislamiento si el sistema pensara más allá que solo el equipamiento de hospitales. Para ello es fundamental potenciar este primer nivel y reforzar las líneas telefónicas con esos mismos profesionales que tengan las competencias para poder encargarse de seguimientos a través de todas las vías de comunicación posibles. Ello posibilitaría hacer triajes adecuados que permitan que tanto el servicio de atención móvil prehospitalario y el de emergencias no se saturen, minimizando las posibilidades de contagio y logrando que estos servicios estén disponibles para las reales emergencias, tanto por la enfermedad respiratoria, como las otras emergencias que se continuarán presentando.

El primer nivel de atención debiera estar en una situación más protagónica. Lamentablemente la mirada que se tiene de la salud, como consecuencia de tener una política económica capitalista, genera que no se piense en una salida más efectiva y sobre todo más humana, que respete a las personas y asegure que la salud sea un derecho y no una mercancía negociable. Esta crisis nos ha evidenciado que la sanidad pública es una necesidad incluso para los ricos y que la fragmentación de nuestro sistema es una barrera muy grande para poder gestionar toda la avalancha de situaciones no previstas que se nos vienen. Esperemos que los cambios en el ministerio reorienten los focos reflectores hacia las necesidades vitales y que las personas que hoy tomarán las medidas que nos salvarán la vida tengan la perspectiva que este tipo de situaciones de salud ameritan. Y es que no solo estamos hablando de una crisis sanitaria que se soluciona con la compra de pruebas y equipos de ventilación mecánica, pues se trata de una crisis de salud en un contexto político y social muy adverso. Vivimos en un país invadido por la corrupción, en un país machista en donde todos los días una mujer muere en manos de su pareja y ante esta cuarentena se ha encerrado a las mujeres al lado de su potencial asesino y a las niñas junto a su violador.

Es necesario seguir manteniendo las estrategias de atención de pacientes con enfermedades crónicas que son justamente la población que podría requerir servicios de unidades críticas, pues estos han sido abandonados al no existir un sistema que mantenga su operatividad, respetando la cuarentena y el distanciamiento social. Asimismo, es necesario mantener los servicios de control de natalidad, como también la atención a los adultos mayores y pacientes postrados que ya de por sí están abandonados por el sistema, pues no hay un servicio que asegure la atención en sus domicilios, salvo el de la seguridad social que por lo menos en teoría existe como una buena posibilidad.

El sistema de salud debe ser público o no servirá.


[1] Médica con estudios en salud pública y epidemiologia

Fuente de la imagen: https://peru.as.com/peru/2020/03/17/tikitakas/1584478293_353438.html


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1 COMENTARIO
  • Percy Ramos
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    El análisis y algunas propuestas siguen siendo válidas a los 55 días de la cuarentena. Mis respetos a la médica Maritza Ortiz

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