El COVID-19: papel higiénico y poder

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Gabriel Moreno* y Alonso Marañon**

Desde hace varios días vivimos en un clima complejo nacional e internacionalmente con la aparición del COVID-19 y su amenaza real. En el Perú hemos enfocado muy poco la dimensión de poder que ha circulado y estructurado las respuestas frente a la real presencia del virus. A pesar de que podría poner en jaque diversos sentidos comunes (el mercado lo resuelve todo, el Estado es esencialmente ineficiente), se ha configurado un discurso con una cierta matriz “moral” que termina por despolitizar la sociedad. La presencia social del COVID-19 no supone la necesaria emergencia de una propuesta a contrapelo de las recetas neoliberales, ya que como estamos viendo se podría neutralizar la capacidad de politización desde abajo a partir del dispositivo de la “responsabilidad”.

Uno de los discursos que ha ganado terreno estos días intensos ha sido el de la “responsabilidad”. Este dispositivo demanda la paciencia y la mesura, interpela a un individuo a actuar acorde a lo racional, que en este caso supone hacer lo posible, sin exigir nada fuera de lo esperado (ya sabemos que lo esperado significa seguir dentro de los parámetros de esta economía política que viene desde los 90 con inflexiones diversas). Frente a la situación de emergencia nacional por el riesgo de contagio masivo del coronavirus nos dice que debemos apoyar a un Estado que está haciendo todo lo posible en esta crisis, por eso debemos ser mesurados en nuestras interpelaciones y sumarnos responsablemente a sus directrices, debemos esperar con paciencia los lineamientos del gobierno y ejecutarlos. En conclusión, este discurso requiere un individuo responsable capaz de alinearse con los comunicados del gobierno.

Otro de los discursos que ha circulado con alguna fuerza en las redes sociales y medios de comunicación tiene que ver con una caracterización general de los peruanos: todos somos unos idiotas, ya que consumimos irresponsablemente en una situación que amerita un individuo racional. Frente a la posible crisis corremos a los supermercados todos idiotizados, terminando por encarecer los productos de primera necesidad (o aquellos percibidos como tal). El papel higiénico es el signo ejemplar de una racionalidad quebrada y una acción colectiva de instintos primarios. Frente a este discurso nos quedan únicamente dos cosas: o educar al individuo idiotizado, si se puede, o adoptar una postura “nihilista dandi”, es decir señalar que todo está perdido y que no hay alternativa. Este discurso no repara en quiénes pueden ser los sujetos capaces de acaparar estos recursos y qué sectores empresariales se benefician con esto.

Hay todavía un discurso que no ha entrado en escena pero que se encuentra latente: el punitivo. En Cuarto Poder, Sol Carreño interpelaba al Ministro del Interior, haciendo énfasis en garantizar la seguridad de las empresas en esta situación de incertidumbre. Mano dura al que no cumpla con lo estipulado, no interesa reparar en las condiciones sociales en las que se dan las normas, lo que importa es cumplirlas. Algo de esto también hay en el cierre de las “fronteras” del distrito de La Molina o en la forma en que los medios de comunicación han abordado las noticias de gente en la calle durante la cuarentena.

En estas posturas hay diversos problemas, ya que ambas suponen metodologías abstractas de comprensión social, tenemos únicamente individuos responsables-racionales o individuos irracionales-irresponsables. No hay estructuras de desigualdad social, ni tampoco espacio para divisiones políticas, para interpelar al poder y demandar mayores derechos sociales, más aún configurar a la salud y el trabajo digno como derechos humanos. Lo que hace este dispositivo de la responsabilidad al final de cuentas es neutralizar la capacidad de acción política, así como dejar de poner la vista en las grietas sociales. Sin embargo, no se trata de abandonar el tema “moral”, sino en cambio de intervenir en él, de politizarlo.

Politizar la moral significa en primer lugar dar cuenta de la fractura social en la que vivimos: trabajo precario, infraestructuras públicas insuficientes, deficiente sistema de salud, un sector importante de personas sin acceso a servicios básicos, etc. Y en segundo lugar trasladar la responsabilidad del individuo hacia los agentes que nos pusieron en esta situación: las grandes corporaciones nacionales e internacionales, un sector de políticos y medios de comunicación articulados a estos intereses particulares. Intervenir en este dispositivo para hacerlo decir algo que no quiere: que los peruanos vivimos en condiciones de precariedad social. Ello amplia el campo de lo político al mostrar que hay estructuras de desigualdad social y capacidades colectivas para tramitar la crisis. En estos tiempos de “responsabilidad” se necesita mucha política y mucha más solidaridad colectiva. No se trata de movilizarnos en las calles, lo cual es ilógico en un momento como este, de lo que se trata es de ir tramando por otras vías las respuestas a los candados morales que nos impiden pensar la histórica desigualdad social.

Las posiciones de izquierda y progresistas pueden, entonces, afirmar otro discurso: el virus se llama precariedad. En la economía al existir millones de personas que dependan de su ingreso diario para sobrevivir. En la salud al no existir un sistema de salud gratuito, universal y de calidad. Las vías para lograrlo no podrán ser posibles de construirse si es que antes no se coloca como un problema público que interpele al país. Es un primer paso ineludible para crear un proyecto distinto al neoliberal, teniendo en cuenta que las elecciones generales están muy cerca. Sería una derrota que para entonces no exista un fuerte debate crítico del poder y sus consecuencias sociales en el Perú, desde lo que inicio en el gobierno de Fujimori y sus raíces históricas. El neoliberalismo como orden mundial muestra todas sus contradicciones en tiempos de crisis, lo que resulta en un momento oportuno para hablar de lo prohibido: la intervención del Estado, las libertades económicas, la nueva constitución, etc. Por lo tanto, los sectores de izquierda y progresista tienen que resistir los llamados morales a sumarse a la responsabilidad, deben dejar de felicitar al gobierno y concentrarse en posicionar otro discurso. Este, por supuesto, deberá adoptar las mejores formas en conexión con el sentido común. Evitando también formulas abstractas como “Es el capitalismo”, “Es el neoliberalismo”, “Es Estados Unidos” (a pesar de que lo sean, pero de lo que se trata es ver sus operaciones de poder y las formas de abrir horizontes políticos). El conflicto abrirá los caminos del nuevo discurso, ya que permite dar cuenta de que las cosas pueden ser diferentes, pueden estar a favor de las mayorías.

Los autores no estamos en contra de la cuarentena, pero sí ponemos el acento en la forma de intervenir en esta cuarentena. Podemos decir que las precauciones que dicta el gobierno son necesarias: evitar aglomeraciones, conductas que eviten los contagios, etcétera, pero los actores políticos no se instituyen con medidas técnicas, ni tampoco con llamados a la unidad nacional por encima de las problemáticas sociales de la nación, sino abriendo un amplio debate público en torno a las mejores maneras de asumir esta cuarentena de tal forma que no sea una carga más para los de abajo.

*Estudios de maestría en Filosofía en la Universidad de los Andes- Colombia

**Politologo por la FLACSO-Ecuador


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