¿CONTINUIDAD O RUPTURA? Crisis política, neoliberalismo y protagonismo popular

Anahí Durand Guevara

Va terminando un año intenso en el cual la crisis política tuvo un hecho culminante en el cierre constitucional del Congreso. El golpe sufrido por la clase político empresarial fue duro y ha resquebrajando su unidad al punto que la CONFIEP dudó entre apoyar a los suyos, liderados por Olaechea y Araoz (con los fujimoristas como parientes pobres) o al empoderado y escurridizo Martín Vizcarra. El régimen neoliberal impuesto en 1992 y legitimado por la Constitución de 1993, está en crisis, pero es aventurado pronosticar su fin. Este régimen, que reduce el Estado a promotor de la inversión privada, recorta derechos y se sostiene en la explotación y endeudamiento de las mayorías, ha sido y es demasiado ventajoso para la élite y no se resignará a dejarlo morir. Por ahora, los juicios por corrupción a la clase política, así como el cierre del Congreso y las elecciones del 2020 son una vía de escape al malestar acumulado.  Pero el contexto de disputa está abierto y se agudizan los esfuerzos de los grupos de poder defensores del modelo- en su versión lobista, mafiosa o liberal- por asegurar su continuidad. En ese marco restaurador, urge plantear una respuesta desde los sectores populares, que concreten la ruptura con el actual régimen en decadencia y abran paso a propuestas de transformación.


Crisis política en Perú; asegurar la continuidad del neoliberalismo
Es importante pensar la actual crisis política que vive el Perú inserta en el momento que atraviesan los gobiernos neoliberales en la región, tensionados por masivas protestas en Ecuador y Chile, y la derrota electoral en Argentina. Con distintos énfasis y matices en las plataformas, la población ha dejado en claro su profundo descontento con el modelo neoliberal como proyecto económico, institucional y societal, sustentado en una brutal desigualdad que beneficia a una pequeña elite mientras excluye a las mayorías, condenándolas a sobrevivir sin expectativas.  La cruenta represión desatada ante las protestas, y el posterior viraje para plantear tímidas reformas, revelan la fuerza de las movilizaciones y la urgencia de las elites gobernantes para reacomodar sus políticas y asegurar la continuidad del sistema.

En Perú la crisis política ha revelado también el deterioro del neoliberalismo como modelo económico basado en la primacía del mercado que permite el enriquecimiento de grupos de poder vinculados a las AFPS, la construcción o la minería generando gran desigualdad. Ha evidenciado también un deterioro institucional, donde el Estado capturado por la elite empresarial para sus negocios y corruptelas ha colapsado con el cierre Congreso como centro de esa debacle. No obstante, todo esto ocurre en medio de una profunda fragmentación de la sociedad peruana, duramente golpeada por décadas de conflicto armado, cooptación fujimorista y crisis de los partidos políticos, que no expresa todavía su rechazo en rotundas movilizaciones, pero cuyo malestar es latente. El hastío frente a la clase política prácticamente ha sacado de juego a los partidos con opción de disputar la presidencia hace cinco años como el fujimorismo y el APRA pero también Alianza por el Progreso y Acción Popular. Hoy el gobierno de Vizcarra debe hacer malabares para gestionar una difusa transición, sin logros propios que exhibir y conciliando medidas neoliberales como el régimen de competitividad con un emplazamiento superficial a la política tradicional encarnada en personajes como los ex congresistas fujimoristas.

Las elecciones parlamentarias complementarias de enero del 2020 son un giro inesperado, pero abren la posibilidad de politizar el escenario y consolidar un bloque de representación favorable a los intereses de las mayorías. En una sociedad con altos niveles de desafección como la peruana, las elecciones son momentos de discusión y participación política, donde se instalan ejes de debate, más aún en medio de la debacle del fujimorismo como aglutinador de votos de sectores populares. Se genera así un marco positivo para las opciones críticas con el actual orden de cosas, potenciando sus posibilidades de aglutinar una confluencia amplia. No es un escenario sencillo, los grupos de poder pugnan por darle un nuevo aire al modelo y evitar una correlación político social favorable a cambios de fondo.  Para asegurar su continuidad estos grupos ensayan básicamente dos líneas; de un lado; levantan las opciones que plantean una salida institucionalista liberal a la crisis que mantenga lo económico y mantenga sus privilegios promocionado personajes como Guzmano o Forsaith. De otro lado, anulan a las izquierdas valiéndose del monopolio de los grandes medios, abonando a la dispersión y pulverización de las opciones de cambio.  Conforme avance el calendario electoral ambas dinámicas cobran fuerza, siendo importante analizar qué se puede hacer desde el campo popular para contrarrestarlas.

El campo popular y las izquierdas; articulaciones y rupturas
En medio de esta crisis, los sectores populares no han dejado de expresar su descontento. Comunidades campesinas y pueblos indígenas afectadas por la actividad extractiva, jóvenes contra los regímenes laborales, mujeres por una vida digna, colectivos ciudadanos contra la corrupción, sindicatos contra la precarización, entre otras fuerzas se han movilizado permanentemente. Este espectro de fuerzas críticas al sistema, puede considerarse como un campo popular, que encuentra representación política en agrupaciones que plantean cuestionamientos y alternativas al modelo, como lo hizo al votar por Ollanta Humala o Verónika Mendoza. Se incluye también en este campo la mayoría de peruanos que rechazan la clase política y reclaman nuevos valores y referentes. Este campo popular puede orientarse en un eje antagonista, que no es ya la contradicción izquierda contra derechas o fujimoristas anti fujimoristas, sino entre quienes han sido despojados de sus derechos frente a la elite corrupta que gobierna por décadas.

Marcar esa ruptura con el proyecto neoliberal, en un momento en que urge desmontar por completo el andamiaje mafioso fuji aprista, requiere construir una mayoría político social, no como un frente de agrupaciones políticas que juntan sus siglas sino como un esfuerzo de articulación de demandas y expectativas que ensanche esa base plebeya y empuje una salida democrática a la crisis abriendo un momento constituyente. No obstante, en las actuales circunstancias, esa tarea no puede realizarla un solo grupo por más renovador que se perfile, no por un fetiche unitario sino por una cuestión concreta de correlación de fuerzas y hegemonía. El Nuevo Perú lo entendió así y por ello asumió diversos esfuerzos articuladores organizando y participando de los encuentros Voces del Cambio en Huancayo y Cusco, sumándose a las iniciativas de la Asamblea ciudadana y de la Asamblea de los Pueblos. En todos estos espacios la apuesta fue fortalecer este bloque de fuerzas político sociales, de izquierda, progresistas y regionales convencidas de dar una salida democratizadora a la crisis, con miras a disputar el 2021. Esta opción fue constantemente erosionada por sectores izquierdistas como el MAS de Goyo Santos, pero también por sectores de izquierda liberal que apostaban por posturas más centristas. Asimismo, la denuncia contra Yehude Simons y la sentencia a Vladimir Cerrón por corrupción, así como sus condenables expresiones sobre la comunidad LGTB, el enfoque de género y los migrantes, mellaron la confluencia, pues, aunque ambos dieron un paso al costado dejando de conducir sus agrupaciones, sus casos fueron amplificados por la prensa nacional.

Para el Nuevo Perú, naciente movimiento político que no logró inscripción propia, las elecciones del 2020 aceleraron decisiones, debiendo definir entre participar en la línea de articulación ya trazada, concretando un acuerdo político que permitiera inscribir candidaturas claves, o no participar de dichos comicios. Luego de debates en distintos comités, durante el Consejo Nacional democráticamente y por una contundente mayoría optó por participar en la alianza, aunque remarcando la urgencia de procesar los disensos. No obstante, la postura en minoría optó por renunciar, alejándose del Nuevo Perú valiosas compañeras como Marisa Glave e Indira Huilca junto a algunos militantes en Lima. Interesadamente o no, una discrepancia táctica -construir una mayoría político social y ciudadana de fuerzas políticas sociales y regionales- fue expuesta como una cuestión de principios, trazando la división entre los que negocian y los coherentes. El cargamontón mediático de la prensa y los voceros de la derecha enfilaron contra Verónika Mendoza, golpeando el liderazgo crítico al sistema con mayor alcance y proyección nacional.  ¿Era esa ruptura necesaria al interior de un movimiento político en construcción, con espacio para disputar posiciones? ¿No era más urgente frenar la continuidad neoliberal e impulsar esa mayoría político social para los cambios de fondo ganando posiciones desde abajo y desde adentro? ¿Es realmente tan catastrófica esta articulación política para participar de las elecciones del 2020? Sólo el tiempo nos dará las respuestas.

En días en que el quehacer político se hace cada vez más individualista y enfocado a los medios y las redes, apostar por la construcción orgánica y mantener acuerdos no es tarea sencilla. Pero es urgente si se quiere consolidar una opción de mayorías, capaz de abrir un nuevo momento en la política nacional descartando los esfuerzos restauradores del neoliberalismo. La disputa sigue abierta, urgen sacar lecciones, pero no hay tiempo para el desánimo, sigue abierta la necesidad de consolidar un proyecto colectivo capaz de abrir un nuevo momento para el país, donde la vida merezca ser vivida por todos y todas y  exista mucho más espacio para la esperanza.