Uncategorized

Continuidad neoliberal y salidas democratizadoras

Anahí Durand Guevara

Una crisis y varios episodios
A inicios de los 90, el Perú vivía una profunda crisis signada por la hiperinflación y el conflicto armado interno. Ante tal situación, las fuerzas políticas de la época -incluida una izquierda ahogada en sus propios problemas- fueron incapaces de brindar una salida democrática. El auto golpe Fujimorista, decantó la crisis de régimen de ese entonces por la vía autoritaria, teniendo como soporte legal a la Constitución de 1993. El modelo neoliberal se impuso a sangre y fuego como forma de administrar la economía favoreciendo al mercado, como gestión del Estado a favor de los privados y también como régimen de convivencia que exalta el emprendedurismo, el exitismo y el sálvese quien pueda. El 2001, la caída del Fuji montesinismo pudo abrir un nuevo ciclo político pero las elites gobernantes optaron por continuar el modelo con renovados aires. El intento de transición democrática no contó con la fuerza social ni política para plantear reformas sustanciales. Exitosamente, la continuidad del neoliberalismo fujimorista fue presentada como la única forma de estabilidad democrática posible y deseable.


El 2016, los hechos de corrupción vinculados al caso Lava Jato asestaron un duro golpe al régimen instalado en 1992 y renovado el 2001. Quedó al descubierto que las principales fuerzas políticas que se turnaron el poder los últimos 27 años, gobernaron en base a un afinado engranaje de coimas, sobornos, contratos arreglados, adendas y millonarios financiamientos de campañas. Se reveló así una articulación de los tres poderes del Estado, para delinquir y garantizar la impunidad de los delitos cometidos. Todos los ex presidentes desde Alejandro Toledo, Ollanta Humala, el finado Alan García y Pedro Pablo Kucinszky, ex candidatos presidenciales como Keiko Fujimori, la  ex alcaldesa de Lima Susana Villaran, gobernadores regionales y una serie de ex ministros y altos funcionarios asumieron este entramado corrupto y mafioso como la forma de gobernar, en complicidad con empresarios como ya el conocido “Club de la construcción”.

El caso Lavajato en Perú, abrió un nuevo ciclo de crisis política ante al cual el establishment se abocó a salvaguardar la continuidad del modelo. La apurada juramentación de Vizcarra como reemplazo de PPK fue una salida temporal que instaló un presidente sin bancada y acorralado por una mayoría parlamentaria fujiaprista decidida a someterlo. La crisis no se resolvió, por el contrario, se agudizó con la revelación de audios que comprometían a jueces y fiscales en graves casos de corrupción conectados con políticos y empresarios. Ante esta grave situación que indignó y movilizó a la ciudadanía, Vizcarra tuvo el reflejo de convocar a un referéndum que permitió a la población expresarse para reformar cuatro capítulos de la Constitución básicamente referidos al sistema de justicia. En el referéndum, la gente voto masivamente en la línea presidencial, sancionando además mayoritariamente al legislativo al votar para impedir la reelección parlamentaria. El régimen en decadencia ganó nuevamente algo de aire, aunque no era difícil prever que sería un aire era de corto plazo.

Efectivamente, un nuevo episodio de la crisis no tardó en estallar. Condicionado por su propia apuesta de mantener la gobernabilidad neoliberal, Vizcarra y su gabinete priorizaron empujar políticas favorables a las elites privilegiadas mostrándose incapaces de resolver demandas concretas de la gente como derechos laborales, seguridad ciudadana o detener los feminicidios. Frente a la crisis política, el ejecutivo encargó a una Comisión de notables la formulación de una propuesta que culminó en la entrega de 12 proyectos de Ley bastante tímidos en cuanto a asegurar cambios favorables a mayor democracia y menos corrupción en la política. Por supuesto el Fujimorismo ignoró esas reformas y rápidamente pasó a la ofensiva descartando el proyecto contra la inmunidad (impunidad) parlamentaria y “blindando” al cuestionado fiscal Chavarry, dejándolo apto para volver a ser fiscal supremo. Con un nuevo escenario de ofensiva Fuji aprista Vizcarrra optó por apelar a la “cuestión de confianza” presentando cuatro proyectos de Ley que deberán ser aprobados por el Congreso. De no otorgarse la confianza, el presidente está facultado para cerrar el Parlamento, medida que además es un clamor de la ciudadanía.

La posibilidad de salidas democratizadoras
Llegado a este punto, vale preguntarse si ante esta crisis de tantos episodios era, y es posible aún, plantear una salida democrática alternativa a la asumida por la clase político empresarial que aun gobierna. En efecto, luego de la renuncia de PPK pudieron abrirse otros escenarios democráticos. Por ejemplo, pudo convocarse a una Asamblea Constituyente, pero debe reconocerse que no existía una correlación política favorable en tal sentido ni tampoco una mayoría social que lo demandara. Pero pudo haberse configurado otro escenario mucho más realista, como que Vizcarra asumiera un gobierno de transición, abocado principalmente a asegurar medidas contra la corrupción y reformas políticas mínimas indispensables para convocar a nuevas elecciones generales adelantadas. Así lo plantearon fuerzas críticas al sistema como el Nuevo Perú, pero el establishment se encargó de presentar esta salida como catastrófica para las inversiones y fatal para la (su) estabilidad… Prefirieron forzar una precaria continuidad, como si adelantar el calendario electoral no fuera una practica democrática aceptada en múltiples países ante escenarios de crisis.

Así las cosas, todo indica que la cuestión de confianza tiene como principal objetivo darle otro aire, otrito más, a un régimen neoliberal agotado que no termina de colapsar por decisión deliberada de quienes se benefician de este. Es probable que la mayoría parlamentaria fujimorista, temerosa de perder inmunidad y dos años de remuneraciones, otorgue la confianza y apruebe los cuatro proyectos de reforma política. Asistiríamos así a un nuevo período de tensa calma, donde el Fuji aprismo seguirá apertrechado en el Congreso como espacio de recomposición, mientras Vizcarra intentará gobernar centrándose en medidas económicas lesivas para las mayorías, pero favorables a los grupos de poder. De fondo, tendremos una reforma política inconclusa, con medidas poco sustanciales para democratizar el sistema político cerrado, que mantendrá por ejemplo la corrupta valla de firmas y permitirá la permanencia de agrupaciones que trafican con su inscripción. Será difícil también avanzar en cerrar ciclo de corrupción, pues el Parlamento seguiría siendo el espacio privilegiado para blindar corruptos.

Si el ejecutivo no tuviera como propósito principal llegar al 2021, apelaría a la confianza para cerrar el parlamento y convocar a nuevas elecciones generales adelantadas. Ante la creciente perdida de legitimidad de las autoridades y las instituciones lo más democrático que corresponde es devolver al soberano el poder de revocar o renovar esa legitimidad dañada. Así lo han entendido agrupaciones de izquierda que han manifestado su rechazo a la confianza y su opción por el cierre de este Congreso, pues lo que está en juego es mucho más que cuatro proyectos de ley; es la permanencia de un Parlamento dominado por una mayoría parlamentaria cuyo único objetivo es mantener su impunidad y asegurar clientelas, y es también en segunda instancia permitir dos años más de un gobierno supeditado a un parlamento adverso e hipotecado a una agenda neoliberal y entreguista. Todavía está por ver que ocurrirá el martes cuando se discuta la confianza y siempre pueden existir sorpresas, pero los poderes gobernantes -incluyendo la CONFIEP y la embajada norteamericana- son conscientes que está en juego la permanencia misma del régimen y es mejor no generar zozobras que afecten sus privilegios… el desenlace de la crisis esperaría así hasta las elecciones del 2021.

Pero alargar la crisis puede terminar abonando a salidas autoritarias, como las que ya se vienen configurando en las coincidencias entre (ex) fujimoristas, fundamentalistas evangélicos (y su plataforma Con Mis Hijos No te metas) y otros que buscan sintonizar con una ciudadanía cada vez más angustiada por la inseguridad, el crimen organizado y la constante precarización de la vida. Ante ello, las fuerzas críticas al sistema, de izquierda y progresistas tienen la responsabilidad de empujar una salida democratizadora a la crisis, que abra el sistema político y ponga al Estado al servicio de la gente. Ello requiere de la articulación de una mayoría política y social capaz de atender las demandas de la población,  expresadas en los vecinos que se movilizan contra de los peajes abusivos, en los trabajadores que exigen derechos y se oponen a la política de competitividad, los agricultores que exigen mejores precios o las mujeres que reclaman por una vida libre de violencia. El segundo encuentro Voces Cambio en Cusco, puede ser un paso clave en la construcción de esa mayoría capaz de cerrar el ciclo de corrupción y constituirse en opción de poder y gobierno. Todavía esta abierta la posibilidad de llegar al bicentenario con un país más democrático y emancipado, sostenido en un nuevo pacto constitucional que garantice bienestar y justicia social a todos los peruanos y peruanas.

Uncategorized

No hay cultura sin agricultura

Guillermo Valdizán Guerrero

En Nuestramérica se viene librando una disputa entre las fuerzas que cultivan igualdad en la diversidad desde el Buen Vivir y las fuerzas del capitalismo en su fase neoliberal, de carácter extractivista que expropia, mercantiliza y depreda nuestros bienes comunes naturales y sociales. Esta acumulación por saqueo que desarrolla el capitalismo necesita del control de los territorios donde se encuentran estos bienes y, en complicidad con los gobiernos entreguistas, despliegan estrategias de privatización, militarización y recolonización cultural.

Durante las últimas décadas los conflictos sociales y políticos en nuestra región han tenido como eje central las disputas por los bienes naturales. Ello se ha expresado en luchas a favor del cuidado del agua y la biodiversidad que de ella depende, contra la contaminación que generan las industrias extractivas, las consecuencias negativas de los agro-negocios, la reconcentración de la tierra en manos de empresas transnacionales, el desplazamiento de tierras y territorios, la construcción de carreteras y represas, privatización de servicios públicos, destrucción de formas de propiedad comunal y pública, entre otros. Ante este escenario han respondido intensamente los movimientos campesinos, indígenas y ciudadanos, del campo y la ciudad, en algunos casos planteando límites a las consecuencias ambientales, redistribución y apoyo a los pequeños productores, en otros casos impulsando otros horizontes alternativos al desarrollo capitalista.

Un punto central de esta disputa, como ya se ha dicho, es el control territorial para el saqueo de nuestros bienes comunes a cargo principalmente de empresas transnacionales y gobiernos con intereses imperialistas. Este punto, lejos de ser novedad, lleva siglos ejecutándose en Nuestramérica, siempre vinculado a las necesidades del desarrollo capitalista a nivel mundial. Es así que la modernidad capitalista históricamente se ha sustentado sobre la base del saqueo de nuestros territorios y la imposición colonial a nivel político y cultural.

Actualmente el control territorial para el saqueo se caracteriza por el uso de los grandes avances científicos y tecnológicos, que han permitido la expansión de su capacidad de mercantilizar todos los ámbitos de la vida en dichos territorios. En ese sentido, los territorios no solo son campos de disputa económica, política y militar, sino que se convierten en escenarios vitales de lucha cultural por la defensa de la madre Tierra, frente a un tipo de acumulación de riqueza que provoca una insostenible contaminación ambiental, precariza la vida y el trabajo de miles de comunidades del campo y la ciudad, y pone en peligro la seguridad alimentaria y las fuentes de agua para esta y las próximas generaciones.

Por eso es sumamente importante que el IV Congreso Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria haya puesto como principal punto de reflexión losterritorios para el Buen Vivir. Necesitamos cultivar otro horizonte civilizatorio alternativo al desarrollo de la modernidad capitalista, pero eso no lo lograremos sino asumimos la disputa por la recuperación de nuestros territorios en concreto. La maravillosa potencia de los grupos culturales comunitarios de Nuestramérica debe reencontrarse con aquellas y aquellos defensores ambientales, pueblos originarios, campesinos, colectivos urbanos ecologistas, entre otros. Por ejemplo, este 13 de mayo en Perú se realizará uno de los paros de productores agrarios más grandes ocurridos en décadas y esta puede ser una oportunidad para animarnos a caminar junt@s. Por la defensa y cariño de nuestros territorios: NO HAY CULTURA SIN AGRICULTURA.

Uncategorized

De silencios y otros ruidos

Rafael Salgado

Silencio… no hay mejor palabra para describir una gran etapa de mi vida. Muchas razones hubieron para no decir nada a nadie. Cómo podría ser de otra forma… finalmente mi padre era militante del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru –MRTA– y para el año de su asesinato, ya llevaba años de clandestinidad. Siento que no hubo otra manera de vivir, por lo menos, no para mi familia. El silencio fue nuestra forma de sobrevivencia, representaba la frágil ilusión de seguridad, de no correr peligro. Aprendí a vivir así, jugando a que me conocían, coqueteando con la idea de que era totalmente sincero cuando conocía a alguien. Vivir rodeado de tanta gente y sentir que no te conocen es una extraña sensación. ¿Mientes? ¿Ocultas? ¿Silencias?

Estuve en tantas conversaciones en las que se habló de la época del terrorismo, de lxs terroristas, del miedo, de tantas cosas. Frecuentemente quienes hablaban parecían no conocer a quienes fueron parte directa de esa historia. Muchas veces yo no decía nada, cambiaba de tema, o consentía sus afirmaciones o sus negaciones según el caso. Aunque yo conocía de cerca esa época sentía que no la podía contar. ¿Qué hubieran dicho al saber, que entre ellxs, había alguien que tenía un familiar en el bando de lxs perpetradores? ¿Habrían hablado de la misma forma? Definitivamente mi padre no fue parte de todas las acciones que la gente contaba. Ni siquiera de la mayoría. Pero sí fue parte de un grupo armado. ¿Cómo se habrán sentido esas personas, amigas mías o no, al descubrir mi historia, o bueno, esa parte de mi historia, la de ser hijo de un militante del MRTA?

Casi nadie percibía que vivía en silencio, que había muchas cosas que no decía. Pero una persona sí y se aprovechó. Juan Borea, el director de mi colegio sabía lo de mi padre. Sabía que yo no hablaba de que lo asesinaron. Sabía de mis problemas familiares. Sabía, que a casi nadie contaba lo que vivía. Supo con certeza que seguiría en silencio, y lo aprovechó. Desde que entré a secundaria comenzó a usarme para su placer. Muchas veces pensé que el director de mi colegio me hizo lo que hizo porque sabía que yo no diría nada. Pensé que quizás fuera el hecho de que mi padre militara en el MRTA. Seguro pensó que alguien con una historia así no diría nada y si dijera algo mi historia haría que nadie me creyera. Pensé también que confiaba en mi silencio porque mi familia era muy pobre. Seguro pensó que por el apoyo material que él dio a mi familia, yo no hablaría. Solo cuando logré romper con ese sentimiento de agradecimiento hacia él comprendí que nada justifica lo que me hizo. Ese silencio se acabó. Veinte años más tarde lo denuncié.

***

No recuerdo el día exacto en qué llegué a vivir al barrio, pero sé que fue en abril de 1993. Cambiamos de distrito, dejamos la clase media, el departamento de Pueblo Libre por un terreno en un pueblo joven de San Juan de Lurigancho (SJL). Ahí terminaba la pista, la luz, el agua y desagüe, ahí terminaba la vida material como la había vivido y comenzaba otra. Nos habíamos ido lejos, no sólo en distancia, lejos también porque era otro mundo. Seguíamos en Lima, sí, pero era otra Lima. Era un contexto completamente diferente. En suma, dos realidades, dos Lima, dos yo, dos voces, dos ruidos, dos silencios. Una vida de contradicciones, de contrastes. Polladas y fiestas alternativas, Vaso de leche y consejo estudiantil. Comedor popular y restaurantes. Algo de cada lado en mí, ¿algo de mí en cada lado?

Pero de cierta forma no estábamos. Nadie conocía lo que traíamos, nadie debía saberlo, era mejor así. Igual mantuve un pie en la anterior vida, pues continué estudiando en el mismo colegio alternativo y de clase media. No pude, ni lo intenté, mezclar ambos espacios. No tuve que hacer mucho para tener vidas en paralelo, marcadas por la sensación de no poder ni deber contar a nadie lo que vivía en el otro lado.

El silencio es una cosa bien compleja, porque te ayuda y te jode a la vez. Si nosotros hubiéramos contado nuestra historia en el barrio quién sabe qué hubiera pasado. Posiblemente no tener una vida como la que tuvimos, no hubiéramos pasado piola. Por el contrario, en mi colegio mi historia era un secreto a voces, la mayoría sabía. Al final lo mismo, nada de preguntas, solo silencio en ambos lados. Nunca conté como me sentía por todo lo que había pasado, nadie preguntó tampoco. Era algo que pasaba solo y en silencio. La consecuencia lógica era no querer estar en ninguno de los dos lados. ¿Cómo, si en cada lado me esperaban violencias?

Creo que por eso nunca llegué a tiempo a ningún lugar, no quería llegar. Pero siempre llegaba, no había otra opción. Llegaba tarde. Al colegio y a casa, siempre tarde a los dos. Una pequeña demostración de inconformidad. Comenzó así la sensación de no sentirme más nunca realmente parte de algún lugar.

***

Sí, mi padre militó en el MRTA. También un tío que está desaparecido, y uno más que pasó ocho años preso. No es un secreto que para mí las razones por las cuales decidieron tomar las armas eran justas. Siento que esa decisión estuvo marcada por su contexto, era el ebate de una gran parte de la sociedad peruana de la época: la vía armada –léase guerrilla– o la vía pacífica –léase electoral–. Sé que intentaron ser una experiencia guerrillera como otras que se dieron en América Latina, y con las cuales tuvieron vínculos y colaboraciones.

Todo eso no es una justificación pues su guerra contra el Estado ocasionó mucho dolor en muchas familias, incluso en las suyas propias. Por ello es necesario construir un contexto en el que la búsqueda de verdad y justicia sean el marco para esclarecer casos como los asesinatos en «Las Gardenias» o los secuestros de empresarios. Estos hechos sumados al asesinato del líder Asháninka Alejandro Calderón tuvieron el efecto inverso a lo que esperaban pues los alejaron cada vez más de la gente por la que se propusieron luchar.

Pero así como soy rotundo en afirmar que no intento justificar nada, también expreso rechazo a que esta necesaria búsqueda de verdad y justicia sean utilizadas para perpetuar carcelerías inhumanas e ilegales como en el caso de la base naval. La impunidad no está del lado de quienes decidieron hacer la guerra para transformar la sociedad, pues ellxs han sido juzgados y condenados a largas carcelerías. Sin embargo la gran mayoría de militares y policías implicados en crímenes de lesa humanidad siguen gozando de impunidad.

En medio de todo eso, yo crecí sintiendo un orgullo enorme por mi padre, por su historia, por lo que había hecho, y por lo que quería construir. Orgulloso de su compromiso. Alguien que pudo dejar todo de lado para dedicar su vida a construir una mejor sociedad, una en la que yo viviría, cumpliría mis sueños y sería feliz. Crecí aceptando su muerte como un acto heroico, como un destino del camino que eligió, porque en una revolución verdadera se triunfa o se muere, decía el Che. Crecí convencido de que su lucha y su muerte eran consecuencia de este sistema. Crecí culpando sobre todo al sistema capitalista, al gobierno de Fujimori, a lxs policías y a lxs militares de todo lo que yo he vivido.

Crecí sintiendo que al lado de la pena por su ausencia había la alegría y orgullo por un padre como el mío. Llené su ausencia con su heroísmo. Llené su ausencia con el orgullo de ser su hijo. Llené su ausencia con los pocos recuerdos al lado de él. Llené su ausencia en un lugar sin fondo. Quizás cuando asumí que su tortura y asesinato fueron actos heroicos que permitieron a muchos seguir viviendo, fue cuando se hizo más fácil aceptar que ya no estaba a mí lado. Que ya nunca lo estaría. ¿Cuándo comencé a preguntar por lo que pasó? ¿Cuándo empezaron a explicarme lo sucedido? ¿Cuándo empecé a cuestionar todo lo que me decían?

***

Quizás si mi padre hubiera muerto en combate, en un enfrentamiento, en alguna acción armada de ataque o defensa, hoy yo no reclamaría por su reconocimiento y el mío como víctimas del conflicto armado interno. Pero eso no fue así, la policía lo capturó junto a Gladys Espinoza. A él lo torturaron hasta matarlo, a ella la revivieron varias veces para luego meterla presa veinticinco años. Yo me enteré de lo que le había pasado días después. Íbamos rumbo al trabajo de mi mamá, en el camino compraron unos periódicos. Ahí
encontré una noticia sobre mi padre. Vi su rostro, golpeado, los ojos cerrados, muerto.

Para gran parte de la familia de mi papá, es muy difícil de aceptar que él decidió luchar por una sociedad más justa, más fácil es pensar que fueron otras «malas» personas las que lo llevaron por el “mal camino”. ¿Podrían reaccionar de otra forma? ¿Cómo aceptar que su familiar fuera militante del MRTA? Nuestro caso es similar al de muchas familias en el Perú que viven con el miedo a aceptar que quienes empuñaron un arma no son extraños, más aún son nuestros familiares, nuestros amigxs, nuestros conocidos… Es tremendamente difícil procesar lo vivido cuando persiste el miedo a escuchar lo que tantos repiten: eso les pasa por terroristas.

Lo sucedido con mi padre se convirtió en un “caso” de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), gracias a que ese año de 1993 mi madre denunció el hecho. Durante las audiencias públicas Gladys Espinoza también denunció la tortura y su asesinato. Así, su caso fue considerado dentro del grupo de los 46 casos que la CVR recomendaba judicializar inmediatamente al haber suficientes pruebas que demostraban violación a los derechos humanos. A partir de ese día sentí que había algún tipo de respaldo “legal”, lo que hizo que empezara a tener la confianza necesaria para “iniciar” el proceso de lucha contra la impunidad.

Hasta el momento se han realizado tres juicios, obteniéndose en todos los mismos resultados: la absolución de todos los acusados. En ninguno de esos procesos se ha negado o se ha puesto en cuestión la tortura y asesinato de mi padre pero tampoco se ordena una investigación para identificar a los culpables. Peor aún a la fecha, mi padre no es considerado una víctima. El 2013 me enteré que él había sido incluido en el Registro Único de Víctimas (RUV). El 17 de abril de ese año fui a recoger su certificado de víctima, y aproveché para inscribirme como tal en ese mismo registro. Me dijeron que me darían respuesta aproximadamente en seis meses. Así conmemoré los 20 años de la tortura y asesinato de mi padre. Deje pasar el tiempo y cuando el 2016 retorné a continuar los trámites me informaron que mi denominación legal de víctima no se había aceptado y que además habían retirado a mi padre del RUV por tener un juicio por terrorismo, me dijo en voz baja el funcionario, yo en voz alta dije, pero mi papá está muerto… él me respondió eso no lo sabemos.

Y entonces… ¿Qué soy? ¿Víctima? Como podría serlo si mi padre es terrorista. Podría poner entre comillas “terrorista” y algunos dirían que yo no acepto lo que él hizo, o podría dejarlo así, terrorista, y otrxs me dirían que me acomodé al discurso oficial y no soy digno hijo de mi padre. Al final una cosa no tendría que ver con la otra, lo que hizo mi padre no debería ser motivo para que algunos policías en nombre del Estado lo torturen y asesinen. ¿Victimario? Eso no soy, aunque seguramente muchos dirán que yo soy lo mismo que mi padre. Estamos en Perú y la imagen se hereda, y por ende el estigma.

***

Las violencias que sufrimos muchos ante los ojos de miles son cosas que no se quieren ver, no son marcas que sólo lleve yo, aunque sea a mí a quien le pasó a la vez la violencia política y sexual. Ambas siguen impunes. El asesinato de mi padre y el abuso sexual. Ambas me convirtieron en víctima no solo de los perpetradores, sino también de la sociedad peruana que los produjo. Ambos casos sucedieron cuando era niño. Ambos también los he comenzado a hablar ya de adulto.

A medida que he denunciado las violencias vividas he recibido todo tipo de mensajes. Muchos inician con un “no estoy de acuerdo en cómo piensas, pero estoy contigo en tu lucha contra esas ¿otras? Violencias”. Pareciera que antes que nada tuvieran que afirmar la distancia con ese horror que significa mi padre, para recién poder afirmar una sensibilidad hacia mí y lo que he vivido. Solo así pareciera válida la solidaridad.

Alguna vez me dijeron que si cuento mi historia y termino llorando ya no se puede dialogar. ¿El sufrimiento anula la posibilidad de dialogar? ¿Las otras víctimas no lloran? Entonces ¿Por qué sí se puede dialogar con las otras víctimas? O es que acaso no dialogan con ellas y más bien las usan para demostrar que son personas sensibles y solidarias ante el sufrimiento. Así, están validando un dolor y sufrimiento, y se prohíben muchos otros. A esos otrxs nos intentan condenar al silencio.

Yo lucho contra eso. Es mi derecho decir o callar. Alzar la voz para denunciar ha sido una de las formas mediante las cuales he ido afrontando muchas de las violencias que viví cuando era un niño. En ese camino tuve que mirarme, sin voltear la cara, para reconocer que esas violencias hacían parte de mí y que debía afrontarlas. Hoy soy padre y uno de los mayores retos es saber cómo le contaré a mi hija sobre su abuelo y mi infancia. Es también quizás una forma de contarme, de explicarme a mí mismo porqué viví lo que viví. Mi familia comenzó un camino para sanar, nos ha costado mucho, sobre todo a mi madre. Nos cuesta mucho mirarnos hacia adentro y reconocer nuestros errores y perdonarnos. Sobre todo ahora que somos adultos y que cada uno puede y debe hacerse cargo de sus propias cosas. Pero ahí vamos.

Mi colegio, ese conjunto de profesores y administrativos… prefiere no mirar para adentro. Les cuesta más porque lxs conmina a asumir su cuota de responsabilidad en relación a todo lo que hizo su director. No logro entender cómo pudieron suceder estos hechos y que nadie se diera cuenta. Quizás no supieron de la violencia sexual contra muchos niños en más de 30 años, pero si supieron de su violencia verbal y física, de sus insultos y burlas, de su despotismo… y no hicieron nada. Aun hoy no hacen nada, sólo aquellos que sufrimos lo más terrible de todo lo que él fue, luchamos y ya logramos que Juan Borea sea condenado socialmente.

En la sociedad peruana están quienes no se quieren mirar, si no que hacen de todo para demostrar que nada tiene que ver con la violencia, ni con los actores armados. Están también miles de víctimas, quienes luchan de diversas formas para afrontar ese duro pasado. Y estamos lxs demás, lxs como yo, lxs que de ninguna manera podemos negar nuestras “conexiones con el terrorismo”, y que somos usados para seguir perpetuando el miedo y el estigma hacia quienes cuestionan la verdad oficial. Hoy se alzan cada vez más voces que cuestionan la verdad oficial.

Ninguna busca justificar la guerra, menos aún justificar el accionar de aquellxs como mi padre. Esas voces se suman a las que como las mía buscamos meter ruido en un país de tantos silencios.