Tema central
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El campo popular en el Perú de hoy:
Conflictividad social y movimientos socio políticos

 

 

 

Anahí Durand Guevara[*]

 

 
 


Décadas atrás era común encontrar análisis y reflexiones sobre el “campo popular”, entendiendo por éste al espectro de organizaciones críticas al sistema, con potencialidad de encarnar al sujeto revolucionario, protagonista de los cambios necesarios para transformar el país. Un campo que albergaba a los sectores menos favorecidos: Los “conquistadores de un nuevo mundo” tomando las ciudades y cholificándolas, los campesinos luchando por la tierra y el poder, las mujeres organizando la alimentación comunitaria, los obreros sindicalizados, etcétera. Aunque muchas veces los análisis lindaron con la ideologización y el voluntarismo, daban cuenta de la inquietud por tender vínculos entre reflexión y praxis política, abarcando motivaciones y sentidos de la acción colectiva más allá de lo descriptivo e instrumental.

El conflicto armado interno, las políticas neoliberales, la cooptación fujimorista, entre otros factores, transformaron radicalmente el panorama de organización social y militancia política de los sectores populares y, con ello, las aproximaciones a su comprensión. No es que los grupos empobrecidos dejaron de organizarse o protestar, por el contrario, durante el post fujimorismo no han dejado de ocurrir conflictos y movilizaciones. Lo que cambió fue la configuración y articulación de estos sectores y los esfuerzos por analizarlos desde una perspectiva crítica, que abarcara la complejidad socio política de la acción colectiva. En este marco, el presente artículo expone de modo general la problemática del campo popular, entendido como el conjunto de organizaciones movilizadas contra distintos aspectos del sistema, a partir de los procesos de subjetivación política que encarnan los actores; es decir, desde su capacidad para constituirse en movimientos socio políticos. Para ello, analizamos en primer lugar las luchas sociales presentes en la escena nacional, resaltando la necesidad de ensayar miradas que incluyan variables políticas transformadoras. En segundo lugar, discutimos las posibilidades de estas luchas para articular un proyecto político, destacando en estos esfuerzos la tensión entre dinámicas de conflicto e impugnación y situaciones de inercia y desmovilización.

Cambiar la mirada. Conflictividad social y subjetivación política en el campo popular
Luego de la caída del fujimorismo, estallaron una serie de protestas -“conflictos sociales” si quiere usarse un término en boga- en casi todo el país. Comunidades afectadas por la minería en los andes, pueblos indígenas en la Amazonía, productores cocaleros en la ceja de selva, frentes regionales, entre otros, irrumpían con la vuelta a la democracia, de modo disperso pero contundente, cuestionando distintas aristas del modelo neoliberal. Junto a estas movilizaciones, se publicaron también sendos análisis dedicados a explicar la dinámica de estas protestas y los nuevos actores[1]. En general, estos trabajos se orientaban por enfoques dominantes del estudio de la acción colectiva, enfatizando ya sea en la movilización de recursos y la consecución de beneficios, las estructura de oportunidad políticas, la identificación de operadores y mediadores o aspectos como las nuevas identidades desplegadas.

Este cuerpo de literatura constituye sin duda un valioso aporte para comprender la movilización post fujimorista, y plantea conclusiones pertinentes; por ejemplo, al caracterizar estos conflictos como territorialmente focalizados, desconectados entre sí, con agendas pragmáticas y líderes caudillistas. No obstante, más allá de su veracidad y fundamentación, de modo más o menos explícito, estas investigaciones comparten la preocupación por los efectos negativos de la conflictividad para la gobernabilidad del país, valorando la mantención del orden social por sobre las posibilidades de cambio presentes en el conflicto. En tal sentido, resultan insuficientes para explicar los procesos de subjetivación política, entendidos como “experiencias dispares y aparentemente desconectadas de subordinación, insubordinación y emancipación, que dan lugar a su vez a movimientos sociopolíticos, en tanto desde la óptica marxista, se niega la disociación absoluta de lo político y lo social, sin dejar de reconocer ámbitos específicos en esta articulación (Modonessi; 2010).[2]

Desde esta perspectiva, valdría la pena preguntarse qué tanto los actores del campo popular peruano movilizados las dos últimas décadas, asumen procesos de subjetivación política, constituyéndose en movimientos sociopolíticos. Hablamos de procesos donde los sujetos vinculan “ser y conciencia” pasando de la espontaneidad a la organicidad, de modo que “no solo luchan porque existen, sino que existen porque luchan” (Thompson; 1989)[3]. De primera impresión podría afirmarse que los actores movilizados en el Perú no logran constituir movimientos sociopolíticos, desarrollando procesos de subjetivación inconclusos, que oscilan entre la subordinación y la protesta, con limitado potencial emancipador. Pero esta generalización soslaya la complejidad de situaciones históricas y territoriales que signan su accionar, encaminándolos en determinados momentos y lugares hacia una mayor movilización sociopolítica. Por ejemplo, los denominados “conflictos socio ambientales” en Cajamarca pueden verse como eventos de protesta desconectados, pero también como experiencias de subordinación y resistencia a un modelo de desarrollo que impacta directamente en la reproducción de la vida, generando rechazo no porque se exija volver a una idílica ruralidad, sino porque se cuestiona la acumulación y privilegios de los grupos ligados a la gran minería. Ronderos, frentes de defensa, entre otros actores, logran identificar antagonistas y protagonizar enfrentamientos, avanzando en plantearse salidas políticas, lo cual incluye el control del gobierno regional y nacional, tal como lo demostró la alta votación de Gregorio Santos.

En la última coyuntura electoral, la votación del Frente Amplio (FA) y su candidata presidencial Verónika Mendoza, que contra todo pronóstico ocuparon el tercer lugar en las preferencias, representa en buena medida la opción de distintos actores del campo popular, que encontraron en el FA una expresión política a su descontento. Es el caso por ejemplo de las y los jóvenes que protestaron contra la Ley de Empleo Juvenil (conocida como “Ley Pulpín”) básicamente en las zonas urbanas donde mantiene hegemonía el fujimorismo. Es el caso también de las regiones del sur andino como Ayacucho, Huancavelica,
Cusco o Puno, zonas poco beneficiadas por este ciclo de desarrollo neoliberal básicamente extractivo, que han sido escenario de intensa conflictividad social y que votaron mayoritariamente por el FA, sin mucha articulación orgánica pero si conscientes de su rechazo a opciones políticas defensoras de la continuidad del modelo.

Estos y otros procesos de configuración de movimientos socio políticos en el campo popular peruano, merecen ser analizados con mayor profundidad y rigurosidad. Se ha intentado hasta acá plantear la problemática, resaltando la necesidad de valorar desde una perspectiva crítica las diversas experiencias de subjetivación política, inconclusas y sin una narrativa explicita de cambio, pero persistentes y con potencialidad de sumar en la disputa a la hegemonía neoliberal. Una disputa que para tener mayores oportunidades de triunfo, requiere articular estas experiencias en un proyecto político de izquierdas, fuertemente arraigado en los sectores populares y con capacidad de perdurar en el tiempo.

La (im) posible articulación política; entre la inercia y la confluencia
Estos sectores populares, que, como se ha explicado, se expresan esporádicamente en protestas antagonistas que conviven con largos períodos de desmovilización, ¿tienen posibilidades de confluir en una propuesta política articulada y transformadora? Es difícil tener una respuesta, más aun en el actual escenario marcado por la desconfianza y hartazgo con la clase política que ha manejado el país desde el auto golpe fujimorista. El caso Odebrecht, que involucra a ex presidentes y varios ministros de Estado, podría incluso alcanzar al actual presidente Kuczynski, premier y ministro de economía durante el gobierno de Toledo. Es un momento de crisis donde las fuerzas conservadoras buscan renovarse para mantener sus privilegios, y los actores del campo popular tienen el desafío de generar confluencias que potencien sus posibilidades de variar la actual correlación de fuerzas.

Se trata de un desafío no menor pues las luchas sociales, y las organizaciones que las impulsan, presentan serias dificultades para superar la dominación y subordinación que las contienen, sedimentadas por largos períodos de despojo, violencia y cooptación. En determinados momentos históricos estalla la protesta, se ubica al antagonista, se organiza el descontento y llega a desafiarse el statu quo, mostrando sus límites y contradicciones, pero luego pareciera volver la normalización. Nuevamente las luchas de Cajamarca son representativas de esta dinámica donde a la dominación y la protesta, le sucede la desmovilización y fragmentación, abonando tal repliegue a fuerzas regresivas como el fujimorismo. De modo similar, la lucha contra la legislación laboral (Ley Pulpín) que movilizó a miles de jóvenes que intentaron organizarse en las llamadas “zonas”, perdió protagonismo una vez atendidos sus reclamos; o el movimiento indígena amazónico, que pasó de masivas protestas a una etapa de negociación más bien pragmática. A ello se agrega el hecho de que la acción de los partidos de izquierda, que en teoría son parte de este campo popular, se ha visto sobre pasada por disputas internas, tal como ocurre con el FA, hoy capturado por Tierra y Libertad y su afán de imponer su proyecto partidario en desmedro de cualquier esfuerzo de apertura y articulación de las luchas.

En esta línea, hay quienes reclaman una mayor presencia de las organizaciones de izquierda en las dinámicas sociales, aunque lo hacen desde un sentido más bien tradicional, que considera posible “politizar” las luchas desde fuera de su dinámica y desenvolvimiento. La historia ha demostrado que esta ruta, además de desfasada, resulta poco efectiva, pues los procesos de subjetivación política no dependen de la acción de un tercero esclarecido. Retomando a Thompson (1989), los sujetos políticos no son cosas dadas, son expresión de procesos y relaciones de poder en un contexto histórico determinado, donde la experiencia y la conciencia van unificándose dialécticamente. En tal sentido, en este momento de desgaste neoliberal, más que plantearse cómo “politizar el campo popular”, importaría impulsar lógicas y dinámicas de convergencia que alimenten estas experiencias de subjetivación, apuntalando un nuevo movimiento socio político, capaz de ganar poder y gobierno. Esto pasa por potenciar articulaciones eminentemente democráticas, respetuosas de la diversidad y capaces de superar miradas dicotómicas que contraponen la construcción política a la contienda electoral, la gestión estatal a la lucha social contra hegemónica. Una tarea ardua, difusa, que requiere madurez de los actores, pero de ninguna manera imposible.

Epílogo temporal
El campo popular en el Perú de hoy oscila hoy entre momentos de desmovilización donde el neoliberalismo parece imponerse por completo, y otros de protesta en que se expande el malestar por las injusticias ante determinados aspectos del sistema. Peor aún, fenómenos como el crimen organizado, el narcotráfico, la trata de personas y las economías ilegales, permean la convivencia social, reorganizando actividades y penetrando expectativas. Si por un lado tenemos luchas esporádicas desconectadas y en reflujo luego de periodos de intensidad, por otro parecemos tener individuos atomizados, entrampados por las exigencias del capitalismo neoliberal y su lógica de éxito personal a cualquier precio.

En este contexto, apuntalar las posibilidades de los sujetos de encarnar un proyecto de transformación social, explicado aquí vía la activación de procesos de subjetivación política que dan lugar a su vez a movimientos sociopolíticos, requiere platearse otras preguntas y nuevas prioridades. Implica por ejemplo asumir iniciativas de reflexión e investigación militante, que (re) conecten el mundo universitario y la academia al campo popular. Implica también tender vínculos de conexión entre partidos, gremios, asociaciones, movimientos, sindicatos, etcétera, entendiendo de otra forma la unidad; menos como la suma de siglas partidarias y más como el encuentro de luchas y demandas. En un mundo cambiante, donde las fuerzas conservadoras ganan espacio con su secuela de violencia contra la mujer, racismo y xenofobia, es urgente plantearse estas tareas, desafiando la resignación, recuperando tradiciones combativas y alimentando la solidaridad y la alegría.

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[*] Socióloga e integrante del Comité Editorial de Ojo Zurdo.
[1] Veáse por ejemplo: A. Bebbington (ed.), Minería, movimientos sociales y respuestas campesinas. Lima: IEP-CEPES, 2007; M. Tanaka y R. Grompone (eds.), Entre el crecimiento económico y la insatisfacción social: las protestas sociales en el Perú actual. Lima: IEP, 2009; C. Meléndez, La soledad de la política: transformaciones estructurales, intermediación política y conflictos sociales en el Perú. Lima: Aerolineas Editorial, 2012; Varios, Minería, conflicto social y diálogo, Lima: PRODIALOGO-UARM, 2014, entre otros.
[2] Modonesi, Massimo, (2010), Subalternidad, antagonismo y autonomía. Marxismos y subjetivación política, CLACSO/UBA/Prometeo, Buenos Aires, 186 pp.
[3] E. P. Thompson E.P, La formación de la clase obrera en Inglaterra, Barcelona: Ed. Crítica, 1989.

 
     

 

 

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