Tema central
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El regreso del populismo

 

 

 

Alberto Adrianzén[*]

 

 

 
 


Hay un fantasma que hoy recorre no solo Europa sino también buena parte del mundo. No es el fantasma del comunismo que anunciaron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, sino, más bien, el del populismo. Su presencia e importancia acaba de ser consagrada por la Fundación del Español Urgente, promovida por la Agencia EFE y el BBVA, al elegir “populismo” como la palabra del año 2016 en el mundo hispano. Como dice la fundación española, populismo “es una palabra originalmente neutra que se ha ido cargando de connotaciones hasta convertirse en un arma en el debate político”. Se dice que populista es desde Donald Trump, elegido recientemente presidente de Estados Unidos, hasta Hugo Chávez, expresidente de Venezuela. Es decir, políticos y políticas ubicados en las antípodas del espectro político ideológico.

En el pasado no fue así, la pa labra populismo tenía un significado claro, aunque diferenciado según las épocas y países, pero con aspectos comunes. Así, existió el populismo ruso, que tenía como sujeto principal a los campesinos y a las comunidades. También el norteamericano, en el cual “el populismo y el socialismo reflejaban dos anchos esquemas de oposición al capitalismo de grandes compañías”[1]. Para Mónica Simeoni[2], tanto para el populismo ruso como para el norteamericano, la idea de una salvación “residía en el pueblo. Un pueblo democrático de orientación progresista y reformista”. Por otro lado tenemos el llamado “populismo latinoamericano”, que según el Diccionario Político[3], estaba vinculado al tránsito de una sociedad tradicional a otra moderna, es decir, al proceso de industrialización y a la ampliación del sistema político.

Como señala D’Eramo[4], “durante todo el siglo XIX y hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, muchos habrían estado orgullosos de ser llamados populistas o populares”. Sin embargo, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, y en particular a partir de la década de 1950, en medio de la “guerra fría”, la idea de populismo cambió radicalmente de sentido. En este cambio dos elementos fueron centrales. El primero es la desaparición progresiva de la categoría de “pueblo” como consecuencia de la también desaparición de la palabra “clase”. La segunda, es “el surgimiento de un nuevo paradigma que asocia “populismo” con “totalitarismo”, y por lo tanto –yo añadiría creando un nuevo enemigo de la democracia liberal al derivar el populismo ya sea en un régimen autoritario o en la antesala del totalitarismo. Así, a fines de la década de 1960, afirma este mismo autor, el populismo había ya adquirido todas las connotaciones negativas que tiene hoy. En realidad, el carácter negativo del populismo va de la mano con el proceso de elitización de la democracia liberal y con el surgimiento de una “nueva oligarquía”que se distancia de las masas[5].

Jansen[6] afirma que en cuanto a la definición de la palabra populismo han existido tres momentos u oleadas. De esos tres momentos, me interesa señalar el tercero, que aparece a partir de 1990 y que se conocerá como neopopulismo. Esta corriente pondrá énfasis en las variables políticas para explicar el fenómeno populista. El argumento central es que el populismo es el síntoma de débiles democracias, donde la frágil incorporación de los individuos a la política, abre la puerta a líderes populistas. Sin embargo, no hay que confundir líder populista con régimen populista. El segundo va más allá del líder, ya que se trata de un conjunto de políticas que modernizan el país y amplían los derechos de las clases populares. Y si bien para Jensen esta tercera definición separa el fenómeno populista de cierto tipo de políticas económicas, creo que en América Latina, como consecuencia de la hegemonía del pensamiento neoliberal, se ha asociado populismo con autoritarismo y con determinadas políticas económicas que generan déficit fiscal y procesos inflacionarios[7]. Esa es la definición actual más común de populismo en los sectores de derecha y hasta en algunos grupos de izquierda.

El populismo en el Perú
En el Perú, la relación entre el “populismo” y la izquierda –y sobre todo con el pensamiento marxista no fue muy feliz, por decir lo menos. Mariátegui, por ejemplo, no solo fue calificado de “precursor del socialismo” en el Perú sino también como un populista por los comunistas peruanos de los años 30 y por el “marxismo oficial”, que tenía como sede en ese momento la hoy desaparecida Unión Soviético. Y si a ello le sumamos el nacimiento del APRA y las ideas de Haya de la Torre, que para muchos fueron el origen del populismo en el Perú y creo que en buena parte de la región, el comunismo pasó a un segundo plano. El conflicto entre el comunismo y el APRA fue tan extremo que, incluso en los años 40, el Partido Comunista Peruano llegó a calificar al APRA de fascista.

Demás está decir que de esta confrontación fue la izquierda marxista-comunista la que salió perdiendo. Fueron los movimientos populistas los que finalmente lograron organizar a las clases populares y crear un “pueblo” que, como en el caso Argentina, se llamó el “pueblo peronista” y en el Perú el “pueblo aprista”. Y si bien la Revolución Cubana, que tenía en sus inicios una impronta nacionalista, cambió este escenario como consecuencia de su posterior transformación en una revolución socialista, lo cierto es que una parte importante de la izquierda marxista-comunista de la región, al optar por la vía armada como principal forma de lucha, no pudo organizar al pueblo.

A inicios de los años 60 comenzó un debate en la izquierda de América Latina sobre el populismo. La iniciaron militantes e intelectuales argentinos como José Aricó, Juan Carlos Portantiero, Oscar Terán, entre otros, muchos de ellos militantes comunistas que, frente al auge y permanencia del peronismo en Argentina, plantearon una revisión de lo que podemos llamar los postulados marxistas y una revalorización de lo que hoy se llama lo “nacional-popular”. Como dice Aricó: “Ni la historia del socialismo latinoamericano resume la historia del movimiento obrero, ni la de este encuentra plena expresión en aquella”[8].

En el Perú, hay cuatro elementos, creemos, que fueron claves para explicar el por qué el pensamiento comunista o marxista no entendió o no valoró, como debía ser, el populismo. El primero, su dependencia ideológica de la Unión Soviética, que se expresaba en la persistencia y adscripción a un “marxismo-leninismo” que le impedía entender las complejidades de las sociedades latinoamericanas. El segundo, la preeminencia de la clase obrera o del movimiento obrero como la clase que resumía y representaba a todas “las clases explotadas o populares (léase pueblo)” y que, además, al ser la vanguardia por excelencia de ese “pueblo”, condujo a una parte de la izquierda a un vanguardismo político y a crear organizaciones que no solo estaban al margen o que eran marginales al “pueblo”, sino que también en determinados momentos a sustituir a las clases populares. La idea que el Partido resumía o expresaba a la clase obrera era la base de esta teoría. Fue la lucha armada o el vanguardismo militarista su expresión máxima que, como sabemos, fracasó en la mayoría de países de la región. El tercero, fue el concepto de revolución que era visto como una suerte de repetición de la Revolución de Octubre y el cual legitimaba este vanguardismo. Finalmente, la existencia del Partido Aprista que en esos años era el partido que más arraigo tenía en las clases populares, lo que se expresaba, como hemos dicho, en la existencia de un “pueblo aprista”.

No está demás decir que el proceso velasquista y el trabajo de algunos grupos de la izquierda con los sectores populares modificó este escenario. El crecimiento de la clase obrera en esos años permitió a la
izquierda hacer coincidir sus ideas con la realidad, así como y este es un elemento clave tomar contacto y conocer el mundo popular.

A finales de los 70 comenzó un proceso de revisión del marxismo. El descubrimiento de un nuevo Mariátegui y de un nuevo marxismo por el argentino José Arico, y en el Perú por Carlos Franco y Alberto Flores Galindo, el aporte de Sinesio López que hizo ver la importancia de Antonio Gramsci, abrieron un camino distinto La aparición del “eurocomunismo”, etc., llevaron a algunos a plantear la necesidad de un “marxismo nacional” o de un “cholo comunismo”.

De los intelectuales peruanos mencionados, el más interesante es Franco, que venía del velasquismo pero exmilitante del Partido Comunista y ligado estrechamente al grupo intelectual argentino ya mencionado. Franco[9] llamó la atención de manera insistente sobre la importancia del populismo en el Perú como una manera de debatir con la izquierda y proponer otra política. Asimismo, sostenía que el “pueblo” o lo que él llamó la plebe urbana, la sociedad plebeya o chola, que emergía como consecuencia de una “otra modernidad”, permitía hablar de un “populismo singular”[10] al fusionarse el populismo de la inclusión y el populismo de la identidad. Era ese “populismo singular” una de las fuentes para crear una nueva sociedad peruana y modificar el quehacer político. Es decir, una suerte de alumbramiento, como él mismo decía, popular. Para Franco la política en el Perú debía ser populista[11].

Franco pensaba la política desde el populismo mismo, porque no podía haber política ni democracia sin el pueblo. En ese sentido, quería imprimirle un carácter plebeyo a la política que hasta ese momento, como también hasta ahora, es patrimonio de unos pocos. Las tesis de Franco se emparentaban o coincidían en ese sentido con las de Laclau y Mouffe[12], en la medida no solo que la construcción de un “pueblo” era un requisito fundamental de la política sino que el populismo representaba una fuerza democratizadora de la sociedad, al reconocer, como diría Laclau, que liberalismo y democracia no son términos “que tienden naturalmente a coincidir”. Mientras que el primero está más asociado a un “liberalismo oligárquico”, el segundo lo está a la “democracia nacional-popular”. No es nada casual que la propuesta de Franco fuera acompañada por una crítica radical a la democracia y al nuevo concepto de autoritarismo de los 90 como se muestra en su libro Acerca del modo de pensar la democracia en América Latina, publicado en Lima en 1998[13]. Para Franco, el populismo era una forma de hacer y pensar la política como también de crear identidades[14].

Las experiencias últimas de los Gobiernos progresistas en América Latina, como también lo que viene sucediendo en España con Podemos y con la emergencia de una nueva “derecha radical” en otros países de Europa, han puesto a la orden del día el debate sobre la complejidad del fenómeno populismo. Y si bien hay que tomar nota de esta diversidad, es importante decir que más allá de los límites, defectos y virtudes de estos Gobiernos en nuestra región, los procesos
que han desencadenado muestran no solo un malestar de las mayorías frente a las élites –es decir, frente a “los de arriba” y a la democracia realmente existente, sino, también, un talante reformador de esa misma democracia liberal. En ese sentido, siguiendo a Laclau, podemos afirmar que la región ha vivido “un momento democrático” en una doble dimensión: la primera, al permitir que la política opere como un gran divisor de campos en la medida que ésta trata de construir un “nosotros” frente a un “ellos”, que es la clásica división entre “amigos” y “enemigos”, que la democracia transforma en amigos y adversarios. Y la segunda, es que dicha división estaba siendo superada en el presente, ya que los actuales Gobiernos en la región, muchos de ellos, nacional-populares, “ya no entran en colisión con formas del Estado liberal democrático sino que las integran: elecciones, división de poderes, etcétera”[15].

Y si bien la contraofensiva de la derecha en la región y la derrota o fracaso de algunos de los Gobiernos progresistas representa un replanteo de este “momento democrático”, es claro que hoy la conflictividad social y política tiene otro carácter si la comparamos con la del pasado. Por eso, cuando discutimos qué es el populismo no solo estamos discutiendo un concepto o una idea, discutimos también otros temas de fondo: a. aceptar que el conflicto es consustancial a la política porque existen intereses, digamos, irreductibles, pero también porque la democracia al convertir a los “enemigos” en adversarios, permite regular dicha conflictividad; b. la posibilidad de un “nosotros”, que es al mismo tiempo la construcción de un “pueblo” que tiene como una de sus características ser “plebeyo”. El populismo representa a “los de abajo” frente a “los de arriba”; c. la necesidad de la emergencia y organización política de “los de abajo”, frente a la dominación de “los de arriba”. Es decir, la necesidad de un momento constitutivo o constituyente de la Política (subrayo la mayúscula) ya que es en ese “momento hegemónico” donde se crean los sujetos de la política capaces de provocar, como señala el propio Laclau, “la ruptura frente al poder”. Por eso, no nos debe extrañar que Obama haya dicho, cuando visitó Grecia hace unos meses, que ha llegado el momento de terminar con la política “de nosotros contra ellos”[16]. Algo que, justamente, tiene que ver con el fantasma que hoy recorre buena parte del mundo: el populismo.

Si la izquierda peruana pretende ser un actor y sujeto de primer orden de la política, está obligado a crear, como sucedió en parte durante las décadas de los 70 y 80, un “pueblo izquierdista”. Al crear un pueblo, la izquierda también se recrea, porque no hay Política sin pueblo.

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[*] Sociólogo, columnista y analista político.
[1] Lasch, Christopher: La agonía de la izquierda norteamericana. Edit. Grijalbo. Barcelona, 1970.
[2] Simeoini, Mónica: Una democracia morbosa. Viejos y nuevos populismos. Unión Editorial. Madrid, 2015.
[3] Norberto Bobbio, Nicola Matteeucci y Gianfranco Pasquino: Diccionario Político. Siglo XXI Editores. México, 2000.
[4] D’Eramo, Marco: El populismo y la nueva oligarquía”. En New Left Review N°82, septiembre-octubre 2013.
[5] Adrianzen, Alberto: Fascismo, champan y caviar. Publicado en La República 26/10/16.
[6] Jansen, Robert S. “Populist Mobilization: A New Theoretical Approach to Populism”, Sociological Theory 29 (2): 75-96 (2011). Agradezco a Carlos Alberto Adrianzen GB esta sugerencia.
[7] Un buen ejemplo de ellos es el libro de Edwards, Sebastián. Populismo o mercados. El dilema de América Latina. Editorial Norma. Colombia. 2009.
[8] Arico, José. La hipótesis de Justo. Escritos sobre el socialismo en América latina. Edit. Sudamericana. Buenos Aires. 1999.
[9] Franco, Carlos: Imágenes de la sociedad peruana: La otra modernidad. CEDEP. Lima, 1991. Sobre sus ideas, véase: Zevallos, Emma (compiladora): Carlos Franco. CEDEP. Lima, diciembre 2012
[10] La frase la tomo de Grompone, Romeo: Los debates propuestos por Carlos Franco. En Carlos Franco, op.cit.
[11] “Hace algunos meses, durante una conversación, Carlos Franco decía que el populismo en el Perú es una condición e identidad del peruano. Para Franco, el populismo no es tanto una política sino más bien una cultura que la sociedad secreta una y otra vez. Por eso los peruanos y los partidos políticos han sido, son o serán populistas. El populismo en esos términos sería casi la única forma de hacer política en el país”. En Adrianzen, Alberto: “Estado y sociedad, señores, masas y ciudadanos” En Estados y sociedad: Relaciones peligrosas. DESCO. Lima, 1990. Mi idea sobre este punto es que la “cuestión política” que sería el autogobierno, o mejor dicho la democracia y la “cuestión social”, el problema del pan, como diría Hanna Arendt, forman una sola cuestión por el carácter desigual y por la existencia de una sociedad plebeya. En este contexto, el populismo se hace necesario. Al respecto leer: Adrianzen, Alberto: La transición inconclusa. De la década autoritaria al nacimiento del pueblo. Edit. Otra Mirada. Lima, 2009.
[12] Laclau, Ernesto: La Razón Populista. F.C.E. Buenos Aires, 2005. Mouffe, Chantal: En torno a lo político. F.C. E. Madrid 2007.
[13] Salvo los comentarios y críticas de algunos intelectuales como Nicolás Lynch y Sinesio López, el libro fue poco debatido por los politólogos peruanos de entonces, acaso por su radicalismo político y porque debatía con las teorías sobre la democracia que en ese entonces estaban de moda. Franco, como he dicho en otras oportunidades, nunca entendió el poco impacto que su libro tuvo.
[14] Laclau afirma que el populismo es un “significante vacío”, que es “en sentido estricto del término, un significante sin significado”. Por tanto, abre la posibilidad de construir estructuras hegemónicas e identidades políticas. En ese sentido, es una forma de hacer política de izquierda o derecha antes que una ideología. Al respecto: Laclau, Ernesto: La Razón Populista. Op.cit. Para el caso peruano leer: Adrianzen G.B., Carlos Alberto: De Soto y la (im) posible apuesta por un neoliberalismo popular. V Congreso Latinoamericano de Ciencia Política. Asociación Latinoamericana de Ciencia Política, Buenos Aires, 2010.
[15] Las palabras entrecomilladas pertenecen a Laclau y se encuentran en Adrianzen Alberto: El pueblo de Ernesto Laclau. Diario Uno: 20/4/14. En una entrevista publicada en el diario La Nación, de Argentina (10/07/05) Laclau dirá: “En los últimos 20 años, por primera vez en la historia latinoamericana, las aspiraciones nacionales y populares de las masas logran coincidir con la afirmación de los derechos humanos, la división de poderes, el pluralismo político”.
[16] https://www.pressreader.com/
argentina/clarín/20161116/
281814283448097

 
     

 

 

Revista Ojo Zurdo