Coyuntura

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La izquierda peruana
y su práctica de la democracia

 

 

Pedro Francke[*]

 

 

 
 


El tema de la democracia es un asunto central. Una mirada histórica nos muestra que el pueblo peruano viene desde siglos atrás luchando por democratizar el país y acabar con la corrupción, enfrentando a grupos que concentran la riqueza, controlan los principales medios de comunicación y se aferran al poder político. Pero muchas veces lo hemos visto como un problema de la sociedad peruana, sin mirarnos hacia nosotros mismos en las izquierdas y en los partidos.

Cuando unos años atrás empezamos a discutir con algunos nuevos cuadros de la izquierda la idea de conformar un nuevo proyecto político, dijeron en el debate que había que hacer una política “prefigurativa”. Nunca había oído el término. Luego me enteré que lo que proponían era hacer una política en la cual nuestra práctica misma fuera una anticipación de los cambios que queríamos en la sociedad. Frente a la idea de que el fin justifica los medios se propone, por el contrario, que es el camino mismo lo que va definiendo el objetivo. Me pareció interesante y válido, pero no lo pensé profundamente.

Fue unos años después, cuando nos cayó encima la tremenda traición de Ollanta Humala, que me puse a pensar cuál era la lección de fondo que debíamos sacar de tan profundo golpe. Me marcó, además, cuando vi a un viejo dirigente de izquierda, de aquellos que había propagandizado y defendido por calles y plazas a Ollanta durante más de cinco años y que había sido dejado de lado en un santiamén desde inicios de la campaña 2011, decir que ahora era cuestión de volver a intentar simplemente escogiendo a otro candidato con arrastre popular. En esencia, proponía volver a hacer lo mismo, con otro rostro.

Me di cuenta, entonces, que nuestro principal error había sido precisamente no darle la importancia debida a la política prefigurativa de Ollanta: si manejaban su partido en una pequeña cúpula dominada completamente por los Humala-Heredia, sin ninguna transparencia y decidiendo autoritariamente, debíamos haber previsto que así mismo gobernarían. Habíamos tenido razón en insistir en 2009 y 2010 que hubieran elecciones primarias de candidatos, aunque fuera obvio el resultado por el mucho mayor arrastre electoral de Ollanta en esos momentos.

No ha sido, por ello, poca cosa el debate práctico en el seno de las izquierdas peruanas en los años pasados 2013-2015 en torno a la exigencia de que las candidaturas se decidieran por votación universal, secreta y directa de la ciudadanía. Las practicamos, por primera vez, para decidir las candidaturas a las elecciones complementarias de regidores de Lima 2013, cuando tras un llamado a último momento asistieron a votar un par de miles de limeños. La resistencia a ampliarlas nuevamente por parte de Susana Villarán llevó al traste un esfuerzo unitario de un par de años: nuevamente se insistía en el método de las candidaturas naturales, que viene asociado a que esas cabezas terminan definiendo toda la lista.

A contracorriente, en los años subsiguientes logramos avanzar en la formación de una organización política democrática y popular con el Frente Amplio, que el 2015 tuvo hitos claves en su Primer Congreso con representación de bases y con las elecciones ciudadanas para presidente y congresistas.

Ahora, el Frente Amplio ha convocado a un II Congreso Nacional para decidir democráticamente cómo debe organizarse. Es un asunto que no tiene sentido discutir en el seno de Fuerza Popular, siendo evidente que la candidata tiene un nombre que empieza por K y cuyo único reemplazo posible es su hermano menor cuyo nombre también empieza con K, el símbolo de su partido. Tampoco Cesar Acuña o Julio Guzmán promueven partidos en los cuales las decisiones no sean tomadas finalmente por los caudillos-propietarios. Pero una fuerza política realmente alternativa, como quiere serlo el Frente Amplio, tiene el enorme reto de empezar por ser radicalmente democrática. Cómo nos organizamos y practicamos la democracia ahora como organización política, anuncia y revela cómo lo haremos de ganar el gobierno. De ahí la fundamental decisión que debe asumir el Frente Amplio sobre cómo organizarse con democracia, decisión que es en verdad profundamente programática.

Mirándonos en el espejo del pasado
Es imposible no darse cuenta que una de las posibilidades, queriendo o sin querer, es repetir la historia de la Izquierda Unida, que tras un ciclo de auge simplemente desapareció. Con IU hubo el mayor avance político y electoral de la izquierda peruana en su historia, logrando 25% de la votación nacional con Alfonso Barrantes, “Frejolito”, en las elecciones de 1985. Pero apenas cuatro años después una izquierda dividida en dos apenas obtenía 8% y 5% de votos. Es verdad que IU enfrentó una coyuntura muy difícil, con crisis económica y Sendero Luminoso con sus 60 mil muertos que destrozó la organización social. Pero no es menos cierto que la propia estructura de la IU, basada en un acuerdo entre 7 partidos políticos y cuyas listas electorales se formaban en largas y agotadoras jornadas de negociación cupular, era realmente poco democrática.

¿Por qué no se pudo poner en práctica entonces una organización democrática masiva de la izquierda? Por un lado, cada uno se creía poseedor de la verdad. Pero en buena parte esas discusiones bizantinas se debían más a pretensiones de poder personales, y los sesudos argumentos sirvieron de pretexto para que el dirigente que veía amenazado su cargo pudiera formar tienda aparte y evitar el riesgo de perder algunas posiciones internas. El sectarismo resultaba, así, la forma de afirmar pequeños cacicazgos y birlar la práctica de una profunda democracia. La prueba de ello es que, en muchos casos, era imposible pensar que el Secretario General de uno de esos partidos perdiera una votación y dejara el cargo, y se quedaron décadas en sus cargos.

La lección es que una nueva experiencia como la del Frente Amplio tiene que poner el acento en la democracia ciudadana y no en la negociación entre pequeños grupos, y esa democracia exige tolerancia mutua y aceptación de resultados de votaciones que pueden ser adversos, sin tener guardados mecanismos de presión.

A pesar de sus errores y problemas, sin embargo, la experiencia de IU fue bastante mejor que algunas que se ensayaron después. En efecto, el 2006 fue la puesta en prueba de la opción sectaria: cada uno de tres grupos de izquierda lanzó su propia candidatura, como si no hubiesen pasado por la lección de 1980, cuando una izquierda dividida en cinco sufrió un gran retroceso. Pues 26 años después, el resultado fue aún peor: los tres obtuvieron entre 0,2% y 0,5% de los votos. Es decir, prácticamente nada. Esta es claramente otra experiencia que no queremos repetir.

Otro diseño organizativo probado ha sido el del “frente con dueño”. Patria Roja ha intentado ese camino reiteradamente, entre 1994 y 2012 con el MNI, y entre 2012 y 2015 con el MAS nacional. En todos esos casos se presenta públicamente un “frente” que busca atraer y juntar a diversos sectores, lo que se logra durante un tiempo. Pero en todos los casos quien ha controlado el registro electoral, y con eso las decisiones, en última instancia ha sido la dirección de Patria Roja. La consecuencia de esa estructura es que, luego de algún tiempo, los demás integrantes del frente se dan cuenta de que las decisiones importantes se toman en otro lado y se van: nadie quiere estar tutelado ni ser ciudadano de segunda clase.

Frente Amplio al 2018 y 2021
En las elecciones generales del 2016 el Frente Amplio logró ganarse la confianza de amplios sectores de nuestra patria, obteniendo la candidatura de Verónika Mendoza casi 3 millones de votos tras una amplia movilización social que logró grandes avances pese a las millonarias campañas de la derecha y a las calumnias de los medios de comunicación concentrados.

Ahora estamos en una situación en la que consolidar lo logrado y seguir avanzando requiere actuar mirando hacia el futuro. Para ganar el Gobierno y hacer los cambios profundos que nuestra patria requiere es necesario tener una amplia y sólida organización política del pueblo peruano. El Frente Amplio no debe repetir los vicios del caudillismo ni del sectarismo sino, por el contrario, afirmar una democracia profunda y radical en su seno abriéndose a las bases populares, liderazgos sociales y ciudadanos y ciudadanas a lo largo y ancho de la patria. Dada la esperanza generada en las elecciones pasadas, este es el mejor momento para convocar a amplios sectores a unirse al Frente Amplio asegurando una democracia radical, tal como ha llamado a hacerlo Verónika Mendoza.

Si en el 2016 el Frente Amplio ha logrado buenos resultados, ¿por qué cambiar lo que parece haber funcionado? Porque la verdad es que hemos avanzado mucho políticamente pero con una estructura organizativa precaria. El Frente Amplio aún no tiene reglas de organización detalladas, tema clave en el Congreso del 24 y 25 de setiembre, y ha descansado en la inscripción legal con el comité electoral y la personería registrados de Tierra y Libertad, organización importante pero que es solo una parte del FA y no incluye a todos. Usar colectivamente esa inscripción prestada generosamente por TyL fue un buen arreglo temporal pero para pensar en tiempos y retos mayores es lógico que todos queramos un espacio donde seamos iguales en decisiones.

Además, la misma situación del Frente Amplio ha cambiado sustancialmente: tenemos una candidata que logró 20% de los votos, tenemos una veintena de congresistas y tenemos cientos de miles de simpatizantes en todo el país. La realidad es otra y nos abre una gran oportunidad que no debemos desperdiciar. Pero hay algo aún más profundo. Tanto la experiencia de las alianzas negociadas en IU, como las de las propuestas sectarias o de los “frentes con dueño”, son prácticas de una democracia restringida y no una apuesta franca por ampliar la democracia hacia las grandes mayorías. Por el contrario, solo el compromiso con una democracia profunda e inclusiva en nuestro propio seno nos puede llevar a construir una organización política que realmente cambie el Perú. Esa es la importancia de ver la democracia en el Frente Amplio como un asunto de política prefigurativa: debemos hacer camino al andar, liderando con el ejemplo y generando cambios culturales y sociales aún antes de llegar al Gobierno y al poder. Se trata de un pequeño paso en una lucha mucho mayor: aquella por democratizar el Perú, limitar el poder de los caudillos y abrir paso a la manifestación política de las mayorías. Solo así el Frente Amplio puede construirse en el mismo sentido que el gran cambio social que queremos para nuestro país y por el que el pueblo peruano viene luchando desde hace siglos.

Construir un Frente Amplio democrático e inclusivo pasa por el empadronamiento y carnetización de los ciudadanos y ciudadanas comprometidos del Frente Amplio, la participación de todos con los mismos deberes y derechos en las decisiones políticas y la ratificación de que las candidaturas para las elecciones de 2018 y 2021 a presidente, gobernadores regionales, alcaldes y regidores deberán elegirse mediante elecciones ciudadanas abiertas. Esas son algunas de las definiciones claves que el próximo Congreso del FA del 24 y 25 de setiembre deberá asumir.

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[*] Economista y docente de la PUCP. Dirigente de Tierra y Libertad y el Frente Amplio.


 
     

 

 

Revista Ojo Zurdo