Tema central
Mas allá de los gobiernos progresistas
en América Latina

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El progresismo que no fue

Sobre el gobierno de Ollanta Humala en el Perú

 

 

Ramón Pajuelo Teves[*]

 

 

 
 


Ollanta Humala irrumpió tres veces en la política peruana. La primera vez ocurrió en octubre del 2000, al protagonizar junto a su hermano Antauro un levantamiento militar en el cuartel de Locumba, Tacna, en las postrimerías del régimen dictatorial de Alberto Fujimori. La segunda tuvo lugar en las elecciones de 2006, en que fue el candidato “sorpresa” y, merced a un inflamado discurso antisistema de fuerte tono nacionalista, estuvo muy cerca de ser elegido Presidente. Finalmente, cumpliendo la popular frase “a la tercera va la vencida”, irrumpió por tercera vez como líder del Partido Nacionalista y candidato en las elecciones de 2011, logrando ser elegido mandatario. No fue fácil ese triunfo. Para lograrlo, Humala tuvo que rebajar el tono de su discurso, firmando un documento llamado Hoja de Ruta, el cual moderaba en gran medida el contenido anti neoliberal de su plan de gobierno inicial llamado La Gran Transformación.

Esa mutación desde la Gran Transformación hacia la Hoja de Ruta, le permitió dar un mensaje de tranquilidad a los poderosos (sobre todo a los grupos económicos y medios de comunicación). Pero fue solo el aviso de lo que ocurriría después. Durante los cinco años de su gobierno, Humala mostró una auténtica metamorfosis que lo condujo a convertirse en garante del orden neoliberal que previamente, como candidato, había prometido cambiar. Dicha transformación política echó por la borda el discurso nacionalista, dejando con los crespos hechos a amplios sectores populares, así como a un sector de la izquierda que decidió apoyarlo, llegando inclusive a formar parte de su gobierno durante los meses iniciales, antes de ser desaforada de muy mala forma.

La experiencia del nacionalismo y el propio liderazgo de Humala, encarnaron la promesa de cambio del modelo neoliberal que en Perú, desde la nefasta dictadura fujimorista de los 90s, se ha convertido en pieza central de una fuerte hegemonía de derecha que lleva prácticamente tres décadas de vigencia. Se trata de una hegemonía múltiple –política, económica, sociocultural e inclusive del sentido común- que ha reorganizado completamente a la sociedad peruana.[1] En esa línea, el rumbo del nacionalismo y de su líder puede verse como un fiasco monumental, que deja sin embargo luces respecto a la necesidad de una alternativa propiamente de izquierda.

Justamente en relación a ello, cabe reflexionar sobre el reciente gobierno de Humala como una experiencia de progresismo que no fue. Es decir, como la promesa de un régimen anti neoliberal que en Perú, a pesar del amplio respaldo que logró convocar inicialmente, terminó convertido en todo lo contrario.[2]

Una metamorfosis en tres momentos
La metamorfosis de Humala ocurrió durante tres momentos muy distintos a lo largo de su trayectoria política y de gobierno. El primero se extendió durante una década, desde su irrupción el 2000 hasta su elección como Presidente el 2011. Fueron años en los cuales mostró bastante habilidad política para posicionarse en el Perú y en el exterior, como una figura de talante progresista que podría cubrir las carencias de una izquierda peruana sumamente atomizada y desarraigada. Visto retrospectivamente, este período correspondió a la construcción del personaje, como figura política antisistema, en un país que mostraba los efectos de un ciclo de crecimiento espectacular y consolidación neoliberal, merced al incremento de las exportaciones de minerales. Se desataron así numerosos conflictos sociales, en medio de los cuales fue ganando terreno un ánimo nacionalista, que el candidato Ollanta Humala logró capitalizar. Esto le facilitó meterse al bolsillo a buena parte de la izquierda organizada, con lo cual terminó tiñendo de afiebrado nacionalismo a una tradición política que siempre había sido mucho más amplia, pero que fue derrotada por la sucesión de violencia política, dictadura y neoliberalismo durante el final del siglo XX y el inicio del actual.

Una vez elegido Presidente en el 2011, tuvo lugar el segundo momento de la metamorfosis de Humala. Ello ocurrió durante los meses de campaña electoral, sobre todo después de la primera vuelta, pero especialmente durante los primeros seis meses de su gobierno. Humala asumió el poder buscando mostrar coherencia y continuidad respecto a su inflamada postura nacionalista y anti neoliberal de campaña electoral. A ello respondió la aprobación rápida de una norma como la Ley de Consulta Previa, la cual había sido rechazada por el gobierno de Alan García. Buscando mostrar consecuencia con su discurso, sacó adelante la Ley, pero sin medir que al hacerlo se abriría un flanco bastante débil, como se vio posteriormente con todos los problemas para su reglamentación y aplicación.[3]

Al iniciar su gobierno con la Hoja de Ruta ya firmada, en un comienzo el discurso Humalista respecto a la aplicación de dicho documento de sujeción a los poderes ocultos del país, o al plan de gobierno original expresado en La Gran Transformación, fue bastante ambiguo. Ese dilema fue parte del vínculo con sus aliados de izquierda, que, con el paso de los primeros meses de gestión, se deterioró aceleradamente. Al final, Humala resolvió dicho dilema manu militari: expulsó del gobierno a los izquierdistas, quedando así libre para pisar el acelerador hacia una alianza con los grupos de poder, y hacia una modificación explícita de su discurso. Ese suceso, que terminó con la defenestración del premier Salomón Lerner, puede verse como el momento simbólico de la cancelación de un posible régimen progresista peruano y su conversión en un simple gobierno de continuidad neoliberal.

En términos de discurso, dicha sucesión ya había tenido lugar desde antes, pues el lenguaje político del gobierno transitó desde el nacionalismo inicial hacia un énfasis en la “inclusión social”. El discurso político nacionalista que había otorgado identidad a Humala permitiéndole ganar respaldo popular, fue reemplazado así por un fraseo tecnocrático, que desde entonces brindó cobertura a los actos de gobierno. Probablemente lo más resaltante al respecto, fue la creación de un nuevo Ministerio para la gestión de las políticas de ayuda social (el MIDIS), las cuales resultaban necesarias en una sociedad donde los altos índices de crecimiento, se hallan bastante lejos de los escandalosos niveles de desigualdad social. Pero la idea de una “inclusión social” se hallaba finalmente en el terreno funcional a la continuidad del neoliberalismo. Es decir, en el discurso del régimen de Humala ya estaba trazado desde el principio el rumbo de su definitivo desempeño político: terminar como simple guardián de la continuidad del modelo.

Finalmente, el tercer momento de esa conversión se prolongó a lo largo de cuatro años y medio de su gobierno de “inclusión social”, ya sin la izquierda que inicialmente lo había acompañado. Es decir, desde inicios del 2012 hasta su retiro en julio del presente año.

En este período, terminó de desenmascararse un proyecto que, más bien respondía r a la ambición personal y familiar del entorno de Humala y su esposa Nadine Heredia. De hecho, siempre había sido evidente que el control político e incluso financiero del Partido Nacionalista, estuvo en manos de Humala y Heredia, junto a un grupo reducido de allegados (entre ellos sus familiares directos)[4]. Lo ocurrido durante los años de gobierno, respondió en gran medida a una simple proyección de ese modo de acción. Fue así como la Primera Dama asumió en la práctica un perfil de mandataria tras bambalinas. Muchos de los escándalos y problemas que envolvieron la gestión de la pareja presidencial, se relacionaron justamente a su fuerte personalismo. Y en lo que respecta a la conducción efectiva del rumbo del ejecutivo, lo que resultó más cómodo fue darle continuidad al neoliberalismo a la peruana, acompañándolo de un añadido de “inclusión social” que, con el transcurrir del tiempo, se fue desdibujando.

Un aspecto que vale la pena considerar, es que a medida que el gobierno de Humala iba despojándose de su talante supuestamente “progresista”, se iba desmoronando lo que había logrado articular a través del Partido Nacionalista. Si un lado de la medalla de la metamorfosis de Humala fue su desempeño en el gobierno, el otro lado fue su rol como líder de su partido, el cual pasó a ser teóricamente controlado por Nadine Heredia como Presidenta del Partido Nacionalista. Digo teóricamente, porque en la práctica lo que ocurrió fue el abandono de su agrupación, la cual mostro en diversos momentos situaciones de crisis, debido a los reclamos de los militantes nacionalistas frente a la irreversible mutación de su líder convertido en Presidente del continuismo neoliberal.

Otro aspecto de tensión con las bases del nacionalismo, tuvo que ver con las demandas de beneficios y participación en los puestos de la gestión gubernamental. Pero respecto a ello, la decisión de Humala y su esposa fue muy simple: En lo posible, buscaron reposar sobre la continuidad de la tecnocracia neoliberal que prácticamente gobierna el Estado peruano desde la década de Fujimori.

Al final, lo que resalta respecto a la experiencia de movilización social que se halló en la base del nacionalismo, es que Humala dilapidó una posibilidad histórica de construcción de una agrupación política sólida y capaz de permanecer en el tiempo. En vez de consolidar al Partido Nacionalista, prefirió condenarlo a la extinción por cansancio y decepción de sus militantes.

Una imagen que grafica claramente el paso de Humala por el poder, es la de su paseo solitario por el patio de Palacio de Gobierno luego de dejar el cargo. A pesar de que ya no era más el Presidente, aún lucía la banda presidencial, como resistiéndose a sacársela de encima. Y a su lado solamente pudo contar con la compañía de su esposa Nadine Heredia. Ambos abandonaron Palacio de Gobierno “sin pena ni gloria”, como reza la frase popular.

Lecciones para la izquierda
La experiencia del gobierno de Humala, vista en los términos que hemos planteado, como una muestra de “progresismo que no fue”, deja sin embargo muchas lecciones para la izquierda peruana en el futuro. Resaltemos tres de ellas. En primer término, considerando el final del ciclo de progresismos latinoamericanos, conduce a voltear la mirada y repensar profundamente el sentido de una identidad de izquierda. Esto es algo que tiene que ver con aspectos programáticos de fondo, pero también con la elaboración de una agenda de cambio concreta, realmente alternativa al neoliberalismo y el extractivismo. Transcurrido el ciclo de bonanza exportadora, la izquierda peruana se encuentra ante el desafío de perfilar un programa de desarrollo propio, capaz de asegurar crecimiento democrático y bienestar, sin repetir la experiencia de los gobiernos progresistas convertidos en simples beneficiarios del auge de los commodities.

En segundo lugar, otro desafío fundamental tiene que ver con el liderazgo y la institucionalización política. La izquierda requiere ser consecuente con su promesa de transformación radical, priorizando los esfuerzos hacia la construcción de una alternativa política de ancha base. Luego de la experiencia electoral del presente año, en la cual sorprendentemente la izquierda peruana ha vuelto a la palestra[5], cabe dar empuje a un proceso de verdadera construcción programática o de Plan de Gobierno con la gente, desde sus propias necesidades.

Y junto a ello, destaca la necesidad de definir un nuevo perfil político del Frente Amplio. Sobre todo considerando la crisis que envuelve actualmente a dicha organización, debido a conflictos intestinos entre las agrupaciones que lo conforman. La pregunta es si se trata de avanzar hacia un partido, un movimiento o un nuevo tipo de Frente Amplio. Pero debe ser uno que resulte eficaz para la acción política electoral y no electoral. Y que permita, de forma simultánea, contar con una sólida identidad política, incorporando al mismo tiempo múltiples actores.

Finalmente, todo ello no es obstáculo para apostar con originalidad por un liderazgo reconocible, pero que a su vez responde a la voluntad colectiva de cambio que se encuentra en el centro de nuestra identidad política. Necesitamos una izquierda que frente a la bancarrota del progresismo latinoamericano, sea capaz de ir mucho más allá, asumiendo realmente una identidad democrática y, por ello, una agenda de transformación radical. Ojalá el Perú pueda ser escenario de pasos concretos hacia ese rumbo durante los próximos años.

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[*] Investigador del Instituto de Estudios Peruanos y Director de Ojo Zurdo.
[1] En torno a la hegemonía neoliberal y las tendencias actuales de contestación social al orden vigente desde los 90s en el Perú, véase de Ramón Pajuelo: Un río invisible. Ensayos sobre política, conflictos, memoria y movilización indígena en el Perú y los Andes. (Lima, Ríos Profundos Editores, 2016).
[2] Al respecto, resulta representativo el apoyo que Humala recibió de parte de Javier Diez Canseco, recordado líder del actual Partido Socialista, de Salomón Lerner, quien se convirtió en su primer ministro, y de Carlos Tapia, quien había sido miembro de la CVR y llegó al colmo de minimizar las acusaciones a Humala por posibles violaciones a los derechos humanos durante la guerra interna peruana. Hasta la fecha, desde la izquierda peruana no se ha hecho un balance del apoyo otorgado a un militar nacionalista como Humala, en un momento en que se necesitaba avanzar hacia la construcción de una alternativa propia de unidad y reconstrucción autónoma de la izquierda.
[3] Sería largo mencionar todo este proceso. A la modificación de funcionamiento institucional en el Ministerio de Cultura, se sumaron dificultades como el de la identificación de los sujetos os de la Ley, la definición del Reglamento, el diálogo con los actores y organizaciones indígenas, entre otros. A la fecha, se puede hacer un balance intermedio de esta importante norma, pues si bien se avanzó a su aplicación, no ha servido para consolidar los procesos organizativos indígenas, ni para avanzar hacia formas de manejo territorial capaces de preservar las formas de vida indígena y el medioambiente.
[4] Sabiéndolo, la izquierda que acabo aliada de Humala probablemente fue demasiado complaciente debido a sus propias ansias de poder, o bien a la escasa tradición democrática al interior de sus propias filas.
[5] La candidatura presidencial de Verónika Mendoza, lideresa del Frente Amplio, obtuvo después de tres décadas de derrota de la izquierda peruana, casi el 20% del total de votos válidos en primera vuelta, así como una bancada parlamentaria de 20 miembros.


 
     

 

 

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