Tema central
Mas allá de los gobiernos progresistas
en América Latina

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Situando al progresismo en América Latina

 

 

Alberto Gálvez Olaechea[*]

 

 

 
 


América Latina es territorio de cambios dramáticos. El siglo XX escenificó al menos cuatro revoluciones: la mexicana (1910), la boliviana (1952), la cubana (1959) y la nicaragüense (1979). El común denominador fue el protagonismo de los sectores sociales históricamente excluidos. Produjeron repercusiones en su entorno, aunque fuera como reacción. Así, de inicios del siglo XX al presente, la corriente llamada “izquierda” cumplió un rol esencial en la configuración continental, sea como postura crítica, expresión social o proyecto estatal.

Sin embargo, la ola de Gobiernos progresistas que empezó a fines del siglo pasado es un acontecimiento inédito. Aunque diferentes, estos mostraron un talante similar en su inquietud social, la afirmación de soberanía y la recuperación del sentido de lo público. Entronizado en países como Brasil, Argentina y Venezuela, el progresismo de izquierdas tiñó al continente, compulsando la hegemonía norteamericana y abriendo espacios de autonomía. Todo indica que el periodo va llegando a su fin. La victoria de Mauricio Macri, la destitución de Dilma Rousseff y la crisis venezolana dan cuenta de esto. Situar los acontecimientos en perspectiva histórica ayuda a valorarlos y a explorar posibilidades por venir.

I
La Revolución Mexicana introdujo al continente en la geografía de las revoluciones del siglo XX. Combate democrático al porfiriato devino en levantamiento agrarista. El campesinado y los sectores rurales del sur y el norte fueron protagonistas en los ejércitos de Emiliano Zapata y Pancho Villa. Sus ecos repercutieron en la corriente nacional popular, del APRA a Sandino, conformando el triángulo Revolución Mexicana, Revolución Rusa y Reforma Universitaria, que produjo en los años veinte un ambiente sensible para imaginar sociedades más justas.

La revolución bolchevique (1917) además de crear un Estado que declaraba representar a los trabajadores, aspiró a un nuevo orden mundial alternativo al capitalismo. La ruptura en el socialismo internacional no fue solo entre reforma y revolución. La III Internacional significó la extensión hacia el mundo colonial, la llamada “cuestión de oriente”. Asia y América Latina entraron en este horizonte. Por eso, en la década de 1920 surgirían los partidos comunistas (México 1918; Brasil 1921; Chile 1922; Cuba 1927 y Perú 1928). Concebida como partido mundial, la III Internacional disciplinaba a sus miembros al libreto de Moscú. Perdida la idea de diversidad y originalidad de cada formación social, a pesar de su entrega y heroísmo, los comunistas fracasaron en convertirse en fuerza de masas en casi toda América Latina.

Posteriormente, durante la década de 1930, se dieron insurgencias populares conducidas por comunistas como las de Farabundo Martí en El Salvador y Luis Carlos Prestes en Brasil. Lo crucial de esta etapa fue la conversión de los nacionalismos populistas en movimientos de masas; el APRA en Perú, peronismo en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, Rómulo Betancourt en Venezuela, Rojas Pinilla en Colombia. Estos populismos fueron un intento de afirmación soberana y de respuesta a las demandas populares, pero sin cuestionamiento del capitalismo. Reconocer derechos y redistribuir pero sin transformar radicalmente estructuras. El populismo hizo parte de la constitución de las identidades de los sectores subalternos abriéndoles canales en la disputa del poder. Fue un modo de constitución de ciudadanía y de incorporación económica y política de los pueblos en la primera mitad del siglo XX, confrontando estructuras oligárquicas excluyentes.


II
Ya en la década de los 50, la revolución (1952) fue un hecho decisivo en la historia contemporánea de Bolivia. Transformó el agro terrateniente atrasado y nacionalizó la minería, dando paso a una economía con gran peso estatal, propiciando una mayor articulación de la geografía nacional. La reforma agraria (1953) eliminó el latifundio e inició la integración del campesino a la vida nacional, alterando la relación de poder en el campo. El voto universal permitió una mayor participación y una nueva composición social en la representación. Dio una legislación del trabajo y leyes sociales avanzadas. En lo cultural fue clave el surgimiento de una corriente indigenista aimara y quechua que impuso el respeto a la diversidad Muchos de esos cambios quedaron truncos por sus limitaciones y la corrupción, pero el empoderamiento del campesinado y los trabajadores no pudo revertirse del todo. Varios intelectuales progresistas visitaron el país; entre ellos el joven estudiante Ernesto Che Guevara.

En Cuba, lo que comenzó en 1953 como rebelión antidictatorial terminó con el ingreso de los rebeldes a La Habana en 1959. Luego, la dinámica de la polarización interna y la confrontación al intervencionismo de los EEUU transformaría el proceso en revolución socialista. La revolución hizo cambios de gran implicancia social y política: reforma agraria, nacionalización de empresas estadounidenses, campañas de alfabetización, etc. El ciclo guerrillero que propició en el continente fue parte de una grandilocuente vocación heroica, la que entraría en crisis con la muerte del Che en Bolivia en 1967. Los EEUU no perdonaron la insolencia. Cuba devino en nación acorralada y acosada. Mal ejemplo de dignidad y soberanía a castigarse. Se le impuso el bloqueo económico y el aislamiento político, por el que paga altísimo precio. En muchos sentidos, Cuba estableció la línea demarcatoria. Políticos e intelectuales debían condenarla para obtener la credencial democrática. Cuestionada desde la democracia liberal, nadie ha podido negarle las formidables conquistas sociales en ámbitos como la salud, la educación y la seguridad. No obstante las críticas, un balance serio nos dirá que Cuba tiene más que aportar como experiencia a la construcción de unas sociedades democráticas e inclusivas, que las pregonadas democracias liberales intervenidas.

III
La década del 60 inició el ciclo de dictaduras militares que asolarían los siguientes tres lustros, ejecutando la doctrina de “seguridad nacional” de la Escuela de Las Américas: desarrollismo económico y contención basada en represión y autoritarismo. Velasco en el Perú navegó a contra la corriente, marcando la historia de su país. Velasco significó un corte decisivo en la República peruana; quebró la hegemonía oligárquica y su reforma agraria empezó el proceso de ruptura de la servidumbre rural; sus reformas fueron un intento de soberanía y autonomía. Una década después, los 70 se cerraban bajo la impronta de las dictaduras del cono sur y el triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional, que en 1979 derrocó al dictador Anastasio Somoza. La revolución impulsó medidas como la alfabetización, la reforma agraria y la renovación del sistema político mediante la participación popular. La victoria sandinista fue el último de los triunfos de los proyectos armados de la izquierda e incentivó a otras insurgencias centroamericanas, especialmente en El Salvador y Guatemala, donde años después se producirían procesos de negociación para la paz.

El trauma de Vietnam produjo redefiniciones en la política de los EEUU en América Latina: Carter lanza el discurso sobre la democracia y los derechos humanos. Las dictaduras perdían piso y empezaba la retirada de los militares a sus cuarteles. Las democracias volvieron y con ella las viejas élites políticas, que recuperaron el poder e impusieron el proyecto neoliberal emanado del Consenso de Washington. ¿Cómo combinar un modelo político de derechos con un modelo económico social de exclusiones? Difícil construir un sistema democrático mientras se marginaba a amplios sectores de población. Fue el fracaso del neoliberalismo el que abrió el camino a una izquierda que se consideraba inviable tras el derrumbe del muro de Berlín.

IV
La izquierda latinoamericana que ganó protagonismo a comienzos del siglo XXI asumió formas específicas en cada país a partir de las herencias neoliberales, del lugar y el peso de los movimientos sociales y de sus trayectorias históricas. La diversidad de izquierdas y discursos políticos y los subsecuentes regímenes resultaron de amplias convergencias políticas-sociales que articularon movilización popular con la asunción de vías electorales. De regreso del radicalismo insurreccional de los 60s y 70s, nuevas estrategias empezaron a formularse con éxito. La izquierda asumió la dimensión nacional como punto de partida para la inserción negociada en lo global. En nombre del interés nacional reivindicó los recursos naturales. Revalorizó al Estado como organizador de la pluralidad social y factor ordenador de la articulación externa, pero también como regulador de aquello que el mercado no resolvía o era incompetente.

En 1998 la brecha la abrió Hugo Chávez con su estilo pugnaz y confrontacional. El chavismo, como huracán tropical, sacudió Venezuela y el continente. La experiencia bolivariana fue secuela de la revuelta popular (el “Caracazo” de 1989) contra las políticas de ajuste y el descontento con el sistema político corrupto en que había devenido el “Pacto de Punto Fijo”. El llamado socialismo del siglo XXI cuestionó la forma excluyente de reparto de la renta petrolera, permitió el despliegue de una amplia movilización social popular y la politización de las FFAA, y tuvo fuerte incidencia en la política continental, liderando una política de soberanía frente al imperio. Se desató entonces la guerra de baja intensidad. En el 2002 el intento golpista del presidente del gremio empresarial —Pedro Carmona—, raudamente reconocido por los EEUU, fue desbaratado. Esto permitió al chavismo pasar a la contraofensiva y durante varios años mantuvo la iniciativa, ganando una elección tras otra. Pero la derecha golpista se reorganizó y empezó la larga marcha del desgaste económico y la presión política que, sumada a los propios errores del proceso, y en una coyuntura de caída del precio del petróleo, han conducido a Venezuela a la crisis económica y política actual.

En similar perspectiva se situaron Evo Morales, quien recuperó la tradición nacionalista y popular de Bolivia, y Rafael Correa en Ecuador, quien logró sacar a su país de una inestabilidad política arraigada. Optaron por la transformación en democracia, capitalizando el desgaste de las viejas clases políticas y canalizaron la dinámica de los movimientos sociales, asumiendo la democracia más como forma de organización social igualitaria que como mecanismo institucional. Aceptaron los riesgos de la globalización, reforzando el rol redistribuidor del Estado y reivindicaron los recursos naturales para financiar las políticas públicas en favor de los sectores populares. Su menor tamaño, la existencia de burguesías más débiles y el no estar en las prioridades de los EEUU, les han permitido hasta hoy salir airosos de sus dificultades.

De otro lado, el PT brasileño, el socialismo chileno, el Frente Amplio uruguayo y el peronismo argentino, quienes venían de luchas contra dictaduras militares sangrientas, se distanciaron del discurso izquierdista tradicional, internalizando la democracia como eje central. Su opción fue establecer alternativas al neoliberalismo hegemónico, en un contexto de globalización. Pragmatismo económico y énfasis social: políticas de crecimiento para asegurar programas sociales. Aprovecharon el ciclo de alza de precios de las materias primas que produjo bonanza fiscal. Diseñaron una nueva visión de los procesos de regionalización e inserción de América Latina en el mundo globalizado, impulsando mecanismos de integración regional (UNASUR y MERCOSUR), acuerdos de complementariedad energética o productiva y la coordinación de acciones de política exterior. Asumieron la lucha contra la exclusión social evitando —aunque no siempre con éxito— el choque frontal con la derecha. Aceptaron las reformas neoliberales reconociendo sus limitaciones y propusieron programas contra la pobreza y la exclusión. Y si un logro de esta izquierda fue reconocer la complejidad de los escenarios en que debían aplicarse las grandes ideas, el precio de dejar el ideologismo fue abandonar principios esenciales: entre el pragmatismo y el oportunismo hay fronteras borrosas.

Por su significación, el PT merece mención aparte. Nacido de la convergencia de las organizaciones sindicales paulistas, intelectuales de izquierda y seguidores de la Teología de la Liberación, construyeron una fuerza potente que, desde abajo, fue afirmando posiciones hasta ganar el Gobierno del país más grande de Sud América. En ese camino debió establecer alianzas y negociar. Una de las consecuencias de esta política fue bajar la intensidad de la movilización social y política. ¿Era posible ganar las elecciones de otra manera? Y una vez ganadas, ¿era posible gobernar un país tan complejo, con una burguesía tan poderosa, sino moderando la acción y el discurso? Difícil dilema: administrar o revolucionar un Estado, sobre todo cuando tu proyecto no es revolucionario. El PT devino socio de petroleras, constructoras, capitales agroindustriales y entidades financieras. Las crisis internacional de 2008 le corta las alas y la segunda elección de Dilma es problemática. En el 2013, las movilizaciones juveniles y las huelgas mostraban un descontento social que la derecha aprovechó levantando una de las cuestiones más sensibles de la política actual: la corrupción. Y aunque el cinismo de la derecha es repugnante, las ilusiones van dejando paso a un creciente escepticismo.

V
Tras una década a la defensiva, las derechas del continente rearticularon sus fuerzas a partir de los bastiones de poder que conservaron, particularmente los grandes medios de comunicación desde los cuales establecieron agendas y deformaron realidades. Y aunque una evaluación global de los progresismos tendría que ahondar las especificidades de cada país, es importante ensayar algunas líneas generales de balance.

La crisis de 2008 precipitó reacomodos de fuerzas. La economía mundial se ralentizó, y aunque el gigante chino mantuvo un tiempo capacidad de arrastre respecto a América Latina difiriendo la caída, la disminución de la demanda mundial de materias primas inevitablemente golpeó nuestros países, cuyas matrices productivas no han sido modificadas en sus fundamentos. El problema planteado entonces fue cómo redistribuir en economías que no crecían. Venezuela entró en trompo y Brasil empezó a tener problemas serios. La crisis erosiona al Gobierno de turno, sea cual fuere su signo ideológico.

Estados Unidos no podía permitir que el MERCOSUR (con Brasil, Argentina y Venezuela como ejes vertebradores) se afirmara como proyecto subregional autónomo. Sus TLC o TPPs, diseñados en favor de las transnacionales y los Estados poderosos, no armonizan con los proyectos de soberanía. Por eso promovió el Acuerdo del Pacífico contrapuesto al MERCOSUR. América Latina, de otro lado, se convirtió en territorio de disputa hegemónica entre EEUU y China. Socavar los proyectos autónomos era parte del diseño estratégico de la política de los EEUU, pues sabe que la batalla comercial con China la tiene perdida y por tanto recurre a los alineamientos político-militares geoestratégicos, alentando a derechas retrógradas y sin proyecto nacional.

Un tema que requeriría de análisis aparte es el de las clases medias. Opuesta casi desde los inicios al chavismo, se ha ido radicalizando en su contra conforme la situación económica las empobrece. En Argentina, en cambio, el kirchnerismo dio oxígeno a una clase media en cuidados intensivos, la que, una vez salida del coma al que la llevó el neoliberalismo, se puso de nuevo a la cola de la derecha macrista.

Un último y crucial problema fue el de la corrupción. Real y contundente, fue resultado no solo —y no tanto— de las vocaciones de enriquecimiento de los individuos, como de la misma naturaleza de la democracia liberal, anclada en costosas campañas, maquinarias publicitarias y clientelaje, todo lo cual requiere ingentes recursos. Adecuadamente publicitada por los medios de comunicación de la derecha, produjo el desgaste de gestiones de Gobierno prolongadas.

VI
Al reflexionar sobre el ciclo que parece llegar a su fin y lo que nos deja como grandes lecciones, es bueno tener en cuenta algunos elementos.

El primero es que se trató de exploraciones sobre nuevas vías, mas no recetarios o modelos a ser aplicados. Es fácil ahora señalar sus limitaciones e incongruencias respecto a eventuales paradigmas ideológicos. De las distintas experiencias, quien se autodefinió como revolucionario y actuó con más audacia fue el chavismo, quien más impulsó el rol del Estado en la economía, las políticas redistributivas, la movilización popular y la política internacional soberana; no cambió, sin embargo, su paradigma petrolero ni alteró sustancialmente las correlaciones de fuerza. Es indiscutible, sin embargo, que los Gobiernos de la izquierda progresista permitieron la construcción (o re-construcción) de sujetos sociales, empoderaron a los de abajo y variaron los sentidos comunes, tornando realidad lo enunciado por Fidel en la II Declaración de La Habana: “Ahora sí la historia tendrá que contar con los pobres de América”.

Lo segundo es que los cambios, iniciados durante la bonanza de las materias primas, se enfrentan hoy a una crisis capitalista que restringe los márgenes de maniobra. No obstante, se ha generado otra situación, con menor control sobre el movimiento de masas. Si la derecha ganara en Venezuela o en el mismo Brasil, ¿cómos serían esos gobiernos? Lo vemos hoy en el de Temer: débiles, inestables, enfrentando luchas sociales. La fuerza social que sustentó al progresismo y los sectores populares que buscan el cambio siguen actuando y buscarán expresarse en otras opciones.

La tercero es que no solo se trata de modelos económicos. El capitalismo es más que una economía. En su etapa actual, el modelo extractivo y de acumulación expoliadora no se reduce a economía, sino que es un sistema que funciona como guerra contra los pueblos, como un modo de acumulación por exterminio: basta ver cómo el imperialismo está dejando el Oriente Medio para entenderlo. Más cerca, México es el espejo en el que mirarnos: los miles de muertos y desaparecidos no son una desviación, sino núcleo duro de un sistema cuyas partes integrantes, de la justicia al aparato electoral, de la escuela a la academia, le son funcionales. Los hechos de Ayotzinapa y Nochixtlán lo muestran.

Finalmente, una constante de la historia del Perú es que se ha movido con poca sintonía respecto al continente. Los acontecimientos suelen suceder o demasiado pronto o demasiado tarde. El candidato Ollanta Humala amagó con ser parte de esta corriente latinoamericana, pero terminó estafándose a sí mismo. Así las cosas, todo indica que la izquierda peruana que re-emerge tras 25 años críticos, tendrá que encarar un entorno bastante menos prometedor.


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[*] Analista y militante de izquierda.


 
     

 

 

Revista Ojo Zurdo