Culturas y sentidos

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Alberto Flores Galindo:
Un pensador estratégico para el futuro

Gustavo Montoya Rivas

 
“es prematuro a veces dar por muerto al pasado (…)
la historia, para bien o mal, tiene una dimensión irreversible”

Alberto Flores Galindo

 

Asombra verificar el portentoso conocimiento histórico sintético y metódicamente acumulado que se exhibe en los índices onomásticos de los tres últimos volúmenes de las Obras Completas de Alberto Flores Galindo. El uso metódico de un conocimiento histórico que se propuso escudriñar las diferentes temporalidades de un país a veces díscolo y a la deriva. Indagar su constitución y proyectar con trazos sólidos las posibilidades de su reinvención, ahí donde las instituciones y sus agentes eran funcionales a la dominación y explotación. Ordenados cronológicamente, es posible conocer la trayectoria de un pensamiento estratégico inusual y límite entre su generación. Reseñas, artículos de coyuntura y ensayos, notas y polémicas. Todas las estrategias de escritura condensadas en una prosa ágil y nerviosa. ¿Cómo explicar la emergencia de un pensamiento de tales proporciones?

Desfilan en aquella compilación los nombres de autores provenientes de múltiples disciplinas, épocas, territorios y de corrientes teóricas disimiles y enfrentadas. Un somero inventario de autores peruanos y extranjeros da cuenta de un saber enciclopédico. Una afilada reflexión que parecía no respetar fronteras ni sucumbir ante ninguna forma de autoridad o canon interpretativo. El peligro asoma en cada una de esos aforismos centellantes. Imágenes potentes abreviadas en una pregunta, al inicio o al final de un párrafo. La búsqueda febril de nuevos derroteros para explicar y renovar la vida histórica. Esa que muda y se transfigura. Esa propensión a contemplar los abismos epistemológicos que la tradición intelectual suele preservar con método y un celo opresivo.

Adelanto a modo de testimonio algunas señas del método y la fruición con que utilizaba sus fichas de trabajo, violentadas por el uso obsesivo, una y otra vez, hasta el punto de doblegar las esquinas por tanta opresión de su propietario. A la peligrosa velocidad de su pensamiento que se abría paso a trompicones y sin pedir permiso a nadie, le sobrevenía la rigurosidad del dato y la fidelidad heurística. Sé lo que escribo pues fui testigo de excepción de su selecta biblioteca; por ejemplo esa no tan extensa hilera de textos breves de tapa roja editados en Moscú y Pekín y que estaban al alcance de la mano. Como si su propietario les hubiese asignado una función reiterativa, urgente...

La bibliografía sobre la obra de Tito Flores está en crecimiento y cubre diferentes preocupaciones e intereses; el de sus hermeneutas se entiende. Es inevitable y el fenómeno ha de convertirse en tendencias divergentes. A modo de esquema se puede ensayar que una primera aproximación a su obra proviene de sus contemporáneos. En dos frentes. De sus antiguos pares ideológicos –se me disculpará la infidencia– y de sus –los de antes y los que se afilan– detractores. A los primeros les basta la memoria para representar sus fortalezas y deficiencias, y que en gran medida, proyectan sus propias expectativas. Se trata ahí de instalar un horizonte de reflexión en la tradición del pensamiento crítico peruano. Sobre los recusadores, estos deben hurgar en los flancos débiles de su obra y apelar a la verosimilitud de sus tesis que está sujeta a la violencia del tiempo y el anacronismo; por el inevitable uso y abuso de sus textos. Es paradójico que entre sus detractores se alineen los que buscan no al teórico sino al profeta que nunca quiso ser.

Por ejemplo, en la conmemoración de los 25 años de su partida, por iniciativa de uno sus amigos más cercanos, se celebró “un ritual para hacer un inventario de su legado (…) conversar sobre el significado y vigencia de la obra de Alberto Flores Galindo”, tal como se señala en la convocatoria que reunió un regular número de asistentes en la Universidad Católica. Justamente los rituales le fueron ajenos a un sujeto al que le soliviantaba cualquier modalidad de sacralización del individuo. A ello acometió con inusual ímpetu logrando instalar nuevas perspectivas hermenéuticas sobre la vida y obra de José Carlos Mariátegui y José María Arguedas. Ahí están sus textos como representaciones fácticas del método y sus prolongaciones teóricas. En esa discreta reunión y luego de las evocaciones de toda índole, ya hacia el final se ensayó una suerte de síntesis de su legado. Algo así como que “con él se cerraba un ciclo”. En lo que sigue se intentará matizar, y porque no, discrepar con semejante sentencia, casi con reverberaciones escatológicas.

Para situar a Tito Flores y explicar lo esencial de su obra, lo primero a señalarse es que perteneció a una generación que concebía a la revolución social casi como la prolongación de sus biografías. Con ello no se quiere trivializar a esa mala palabra en que hoy se ha convertido la revolución social; una expresión gruesa que hoy no dice mucho, pero que entonces formaba parte de la jerga ideológica común a la mayoría de grupos sociales de izquierda; sobre todo entre esos núcleos de jóvenes clasemedieros ilustrados. Alguna vez haciendo gala de su peculiar humor corrosivo, decía que para la plebe urbana, ellos, su generación, se parecían a esos “jóvenes miraflorinos”; con la distancia y recelo social que contenía dicha expresión, en esos años, en esas décadas.

A estas alturas del partido, decir que fue un revolucionario puede convertirse en un lugar común y además extensivo a buena parte de su generación. Quizás el detalle que marca la diferencia, fue que hasta el último de sus textos, no dejó de inquirir justamente sobre el hecho revolucionario como procesos “excepcionales” y que no era el resultado de “recetas ya establecidas”; el desafío agregaba, era “encontrar nuevos caminos y perder el temor al futuro”. Uno puede bucear en ese océano de imágenes que son sus ensayos y textos redactados casi al paso y hallará el imperativo permanente por la transformación y la justicia. Un elemento vertebrador en su obra es la confluencia de su entrenamiento teórico y metodológico en función de un horizonte teórico revolucionario.

¿Cuáles fueron los nutrientes que permitieron florezca un pensamiento revolucionario original y radical teniendo en cuenta que formaba parte de una tendencia pero que al mismo tiempo tuvo un anclaje nacional con el énfasis puesto en la historicidad de lo andino? Aquí la biografía adquiere un peso decisivo. El azar permitió que sea testigo de un homenaje que le hicieran sus condiscípulos del colegio La Salle. En esa discreta reunión de sujetos que trasponían las seis décadas, el elemento común a la mayoría de testimonios ahí expuestos era la imagen de una mente brillante y potente. Desde sus años iniciales se dibujó la trayectoria del niño al adolescente poseedor de una inteligencia superior y rápidamente admitida como autoridad académica entre sus pares. Ese liderazgo tuvo una contraparte decisiva en su posterior biografía intelectual. La sensibilidad social cultivada y estimulada tempranamente y que luego en la temprana juventud derivo en la militancia partidaria. Si a ello se agrega el tiempo histórico de su generación y su posterior trayectoria académica, entonces se tiene el marco que dio lugar a una biografía breve en términos cronológicos, y sin embargo trascendente por el tiempo histórico que se avecina. Desde este punto de vista, Tito Flores es un autor para el futuro. Uno está tentado a decir, que la historia produjo a un teórico que logro sintetizar con solvencia a una de las coyunturas históricas más complejas y decisivas; en verdad heroica, por la posibilidades latentes de mudanza estructural o cambio revolucionario.

Tampoco se puede pasar por alto el hecho que el grueso de sus ensayos y donde es posible apreciar toda la originalidad de su pensamiento, fue elaborado durante el desarrollo del conflicto armado interno, guerra civil o terrorismo. El debate al respecto seguirá por un tiempo indeterminado, quizás hasta cuando ingrese al sentido común y abandone los recintos académicos y políticos. No es nuevo el fenómeno, y sin embargo resulta aleccionador cómo una biografía como la suya, fue elaborando al compás de la guerra, un conjunto de consideraciones teóricas y metodológicas sobre diversos aspectos de la existencia humana. Esa mirada inquisitiva, casi obsesiva para explicar y desatar los nudos históricos de su tiempo. Y se movía con fluidez en esas encrucijadas históricas y de la que además era plenamente consciente. El racismo, la violencia pública y privada, la religiosidad popular, las diversas formas de explotación y dominación, la crítica a la ética y los valores de la izquierda, sin descuidar la coyuntura política y la participación en debates y foros académicos. Hay más por supuesto, tanto que agobia y oprime por la sagacidad y el ritmo de un pensamiento que parecía no tener término.

Una de las críticas y acusaciones más frecuentes a Tito Flores fue el supuesto romanticismo que animaba su pensamiento, sobre todo en lo referente a esa enorme categoría en que se convirtió el mundo andino a lo largo de toda su obra. En este punto puede ayudar el punto de vista ponderado de Ruggiero Romano, uno de sus maestros y amigo; Romano, un partisano de la resistencia antifascista italiana que sabía muy bien de lo que hablaba, anotó que Tito Flores era un duro de duros. Por ejemplo en el debate entre zorros y libios, mientras los zorros se derechizaron y al compás de la guerra los libios ocuparon las posiciones que dejaron los zorros, Tito Flores – y con él un pequeño grupo que “quiere ser revolucionario”- permaneció en sus trece. ¿Entonces porqué como en algún lugar dijera Manuel Burga, a la obra de Tito Flores le aguarda el futuro? En este punto no es necesaria mucha retórica debido a la abundancia de evidencias de toda índole. La persistencia de taras y problemas vergonzosos e irresueltos. Un país estragado. No se trata de ser tremendista. Admitir que ese Tiempo de plagas que vio emerger e intentó racionalizar aún persiste en sus variantes más perversas, si se tiene en cuenta y a pesar de la pacificación y el crecimiento económico, que son los logros que mayor reverencia recibe por el establishment político local. Pues ocurre que de tanto convivir con la perfidia y la resignación, se concluye tolerando aun las infamias encubiertas. Domesticados; este fue el severo adjetivo que utilizó para sí mismo y su generación.

¿Cómo explicar que un audaz pensador crítico y cosmopolita, consciente de los peligros del historicismo, la tradición y el anacronismo, haya persistido en las tres ediciones del libro que resume su pensamiento; insistir con el mismo título de Buscando un Inca, tan enigmático y sospechoso, sujeto a distorsiones y malinterpretaciones de toda índole? Es indudable que se trata de una certeza. No fue un capricho ni tampoco alguna variante del snobismo criollo sobre lo andino. Tres décadas después convendría volver a ensayar no una sino varias respuestas. Ahora solo quisiera llamar la atención en torno al lugar que ocupaba la metafísica, la subjetividad, los sueños, las emociones y la esperanza en su obra; experiencias espirituales que fueron estructurando un programa político y todo un sistema ideológico, logrando establecer vínculos inéditos entre eventos y sujetos históricos hasta ahora poco visibles o encubiertos. Ello es evidente por ejemplo entre Túpac Amaru II, Gabriel Aguilar, Mariátegui y Arguedas. Casi bordeando los límites de cualquier modalidad de fundamentalismo andino. Con todo el huayco y lodo que tal propósito supone. Son esos demonios y pesadillas que agobian o encaballan hoy a esas mayorías sociales andinas que habitan las ciudades grandes y pequeñas del sur y norte andino justamente. Ese lumpen andino estragado, sensible y proclive a ser arrastrado por más de un mestizo con ímpetus imperiales. Un Inca fascista, miembro de algún linaje provinciano venido a menos y al que se le mira por encima del hombro. Max Hernández, refiriéndose a estos fenómenos aseveró algo impaciente que “en el sur andino nadie quiere ser indio” No es univoca la aseveración, si se entiende que lo “indio” aquí posee múltiples lecturas que van de ida y de vuelta, entre el que la formula y el destinatario.

Los textos que hacen parte de su extensa obra ensayística, cobijan un generoso y amplio abanico de ideas e intuiciones a la espera de interlocutores estratégicos, audaces y parricidas. Pensar históricamente un país muchas veces implica costos personales; tragarse sapos y no hacerle asco a esos hervideros humanos que a veces hiede. Si pues, la sabiduría clama en los entresijos de los volúmenes dedicados a su obra ensayística. Ahí donde le asaltaba la intuición precisa y con la que intentaba dar cuenta del desasosiego en que habíase convertido su existencia. ¿Tres décadas después vale la pena reflexionar sobre los sueños e ideales que animaron su existencia? Advertir que la respuesta a muchas de las interrogantes que fueron la base de su obra, ya no aplican, no significa desechar una de las vigas de su existencia. La búsqueda permanente de la justicia y esa exigencia por combinar ética y política.

Si se toma como idea guía de su pensamiento, la necesidad de articular el pensamiento histórico con la urgencia de elaborar respuestas a los atolladeros contemporáneos, entonces nunca como ahora, esa exigencia aparece como una obligación ética alejada de toda forma de anacronismo. Sobre ello ya se ha instalado un zócalo generacional que habrá de hacer acto de presencia en la cotidianeidad de la vida histórica.

En los umbrales del Bicentenario y sobre las cenizas del reciente conflicto armado interno, se yergue con altivez y peligro, la obra de un peruano universal que se propuso nada más y nada menos, hacer uso de toda la fuerza de la imaginación para revolucionar un país antiguo. Un sujeto histórico cuya obra logró interpelar a todas las formas complacientes con la arbitrariedad y el abuso del poder, ese que oprime y escandaliza. Ese que asedia a cada instante, que habita en las palabras y las miradas oblicuas.