Tema central
Izquierda peruana hoy:
Una nueva oportunidad

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La izquierda que nos merecemos[1]

Ramón Pajuelo Teves

 

Producto del sorprendente resultado electoral del pasado 10 de abril, la izquierda peruana se encuentra ante una encrucijada de dimensiones históricas. En el futuro inmediato, el Frente Amplio podría dar el salto hacia adelante que le permita cuajar como alternativa política y social capaz de disputar –en las urnas y más allá de ellas- la hegemonía neoliberal impuesta en el Perú desde la década de 1990. Para ello sus organizaciones deben asumir que es el momento de ceder terreno propio, a fin de avanzar hacia un posicionamiento estratégico más amplio. Dar paso a un efectivo proceso organizativo de alcance nacional permitirá constituir instancias locales y regionales de ancha base, así como un discurso -un proyecto político- arraigado en las expectativas y demandas populares de cambio, progreso y democratización del país “desde abajo”.[2]

Otra posibilidad es que el Frente Amplio repita los errores del pasado, opte por mirarse el ombligo y acabe engullido por sus propias divergencias internas. Perdería así la oportunidad de reconstruir a la izquierda como actor político anti-hegemónico en el país, pero además arrojaría por la borda su propio discurso, traicionando el encargo histórico de renovación expresado en las urnas. Si esto ocurre, debido a estrechez de miras democráticas e incapacidad política, el Frente Amplio simplemente desaparecerá más temprano que tarde del escenario.

Para lograr convertirse en una real alternativa de poder, las organizaciones del Frente Amplio requieren sacudirse un poco de sí mismas, dejando atrás el ensimismamiento e intolerancia heredados del viejo radicalismo de izquierda. Un nuevo proyecto histórico requiere una izquierda capaz de reinventarse a sí misma, asumir una nueva radicalidad basada en un sentido auténticamente democrático de la política y recuperar el vínculo profundo con las luchas populares de nuestro tiempo. En caso contrario, la expectativa electoral generada por el Frente Amplio no pasará de ser un dato anecdótico de la reciente historia política peruana.

El dilema poselectoral del Frente Amplio puede sintetizarse así: En lo inmediato, puede optar por “abrirse” hacia un proceso organizativo de ancha base, construyéndose como real alternativa de poder; o, por el contrario, puede “cerrarse” desperdiciando la oportunidad abierta por el resultado electoral. En este caso, quedaría atrapado en sus propias divergencias internas, sin capacidad de saltar por encima del pasado de caudillismo, sectarismo y pobreza democrática de la izquierda peruana.

Explicaciones
En 1989, la división de Izquierda Unida aceleró el desmoronamiento de la influyente izquierda política y social que hasta entonces exhibía el país. Pero el fin de IU fue parte de un drama más amplio: el avance de una profunda crisis de representación que afectó al conjunto de la sociedad peruana, y que desde entonces caracteriza el funcionamiento de nuestra vida política. Es que en Perú existe un sistema político que carece de representación efectiva. La crisis de representación no solo arrinconó a la izquierda, sino que canceló el ciclo político que desde mediados del siglo XX se había expresado en la formación de un sistema nacional de partidos. Entre las décadas de 1980 y 1990, en un contexto marcado por el conflicto armado interno, la crisis económica y la imposición de la dictadura fujimorista, llegó a su límite la historia de varias décadas de protagonismo de la izquierda. El resultado fue una completa reorganización de la sociedad peruana, en el marco de una nueva hegemonía neoliberal que cambió profundamente los sentidos comunes predominantes en el país. Como parte de ello, la izquierda que sobrevivió al aluvión neoliberal, se vio en la triste situación de ser vista por la inmensa mayoría de la población como un fantasma del pasado.

Dicha situación acaba de cambiar de forma inesperada. Gracias al resultado hasta cierto punto fortuito de la primera vuelta electoral del 10 de abril, la izquierda tiene el desafío de consolidarse como actor decisivo en la vida política peruana, dejando atrás la marginalidad derivada de su derrota frente a la imposición neoliberal de las décadas previas. Esta oportunidad es resultado del formidable desempeño electoral de Verónika Mendoza. En octubre del 2015, fue la candidata que ganó las elecciones internas del Frente Amplio, asumiendo contra todo pronóstico el reto de representar en las urnas a una organización minúscula, golpeada además por el divisionismo que canceló tempranamente el anhelo de lograr la unidad de las distintas fuerzas de izquierda. Organizaciones como Tierra y Libertad y el Movimiento Sembrar, entre otras, tuvieron entonces el coraje de seguir empujando el barco contra viento y marea. Fue así como la flamante candidata asumió una campaña presidencial en la cual podemos reconocer dos momentos y dos transformaciones que la condujeron a obtener un resultado exitoso.

En un primer momento, Verónica Mendoza pasó a ser simplemente “Vero”, pero en esos primeros meses de campaña no logró superar el 2% de respaldo electoral, a pesar de presentarse como una mujer valiente. Luego ocurrió una coincidencia feliz. Al tiempo que Vero sacaba a relucir sin ningún temor su identidad de izquierda, el retiro de los candidatos Acuña y Guzmán dejó un espacio que permitió la aparición de otras candidaturas, beneficiadas por el atributo de la novedad y, en el caso de Vero, de la juventud. Entonces ocurrió el fenómeno: la candidata del Frente Amplio terminó de asumir sin ambages un discurso de izquierda, planteando una agenda de cambios -el reemplazo del modelo neoliberal y de la Constitución fujimorista, por ejemplo- y dirigiéndose con renovado énfasis hacia un sujeto redescubierto: el pueblo peruano y específicamente los sectores desfavorecidos por la primacía neoliberal.

Se puede abrir un debate más amplio respecto a las razones que rodearon el triunfo de Verónika Mendoza. Porque hasta el mes de enero, ya en plena efervescencia electoral, su candidatura se hallaba estancada en no más del 2% de respaldo. Muchos pensaban que el Frente Amplio perdería incluso su inscripción electoral, debido a no lograría superar la valla del 5% en la votación congresal. Sin embargo, lo ocurrido desde mediados de enero resultó sorprendente. La tenacidad, el carisma y el discurso claramente a la izquierda de Vero, lograron rendir frutos a medida que obtenía cierta notoriedad pública. Un suceso resultó clave: el intento del periodista Aldo Mariátegui de burlarse de ella al intentar hablarle en francés durante una entrevista, sin imaginar que Vero le respondería en quechua, dejando en ridículo su intención subliminal de arrinconarla mostrando una supuesta falta de peruanidad. El quechua canceló la afrenta y produjo el efecto contrario, pues a partir de entonces irrumpía en la competencia electoral una opción distinta: una candidatura nueva, con rostro de mujer, joven, plenamente de izquierda y además peruanísima por el origen cuzqueño y quechua de Vero Mendoza.

Este hecho anecdótico funcionó como lanzamiento simbólico de una apuesta por la izquierda que a partir de entonces fue ganando mayor audiencia. El retiro de Julio Guzmán y César Acuña por parte del JNE, resultó importante en un sentido preciso: colocó a Vero en una posición expectante, pues seguía siendo la candidata menos conocida entre los electores. Esta circunstancia coincidió con el factor que, desde mi punto de vista, constituye el motivo principal que explica el respaldo obtenido por el Frente Amplio en las urnas: un claro discurso de izquierda que enfatizó aspectos como el cambio del modelo neoliberal y la Constitución fujimorista. Un discurso que logró hacer suya una dimensión moral, reflejada en la apelación a las nociones de justicia, igualdad, democracia plena y derechos fundamentales. Que además consiguió dirigirse, construyendo discursivamente su propio sujeto político, al pueblo como destinatario fundamental de una propuesta de transformación profunda
del país. Todo esto fue brindando espacio a una candidatura que se mostró de forma renovada, con un liderazgo femenino, joven y provinciano, pero al mismo tiempo global o “moderno”.

Así, el aspecto fundamental del fenómeno Vero consiste en haber podido expresar expectativas de cambio y renovación en la política, a través de una
explícita agenda de izquierda. Por ello, su caudal de votantes incluyó fundamentalmente a jóvenes y población de origen popular, especialmente
en provincias, destacando claramente las regiones del sur andino. Pero allí donde el Frente Amplio obtuvo su principal respaldo, incluyendo el que pudo convocar en regiones proclives a los candidatos del continuismo neoliberal (Keiko Fujimori y PPK fueron ganadores en Lima, el Norte y la Amazonía). Pero
el voto por Verónica Mendoza fue claramente un voto popular orientado a la demanda de cambio social. Es decir, convocó a las víctimas de las nuevas desigualdades e injusticias producidas por la hegemonía neoliberal de las últimas décadas en el país. La pregunta del millón sale a flote por su propia importancia: ¿Se trata de una posible base social para un proyecto de izquierda contundente y de largo plazo?

Perspectivas
El hecho es que el respaldo obtenido en las urnas por el Frente Amplio, trae la novedad del retorno de la izquierda a la escena política, luego de tres décadas durante las cuales prácticamente fue borrada del mapa. Ahora reaparece merced a un éxito electoral reflejado en casi 19% de respaldo (votos válidos), ocupando el tercer lugar, a menos de dos puntos de disputar la segunda vuelta. El Frente Amplio ha obtenido además una bancada parlamentaria propia integrada por una veintena de congresistas. Pero, fundamentalmente, exhibe un respaldo contundente en territorios como las regiones del sur andino, especialmente entre la población más humilde, en gran medida rural e indígena.

Merece especial atención el caso de regiones azotadas por la violencia política, tales como Ayacucho, Apurímac o Huancavelica, donde el Frente Amplio obtuvo una elevada votación, incluso en localidades rurales bastante distanciadas geográficamente, y a donde la candidata no logró llegar físicamente. Si la política se juega sobre todo en el plano de las expectativas, las ilusiones y los anhelos profundos expresados en proyectos de futuro, el fenómeno del voto a favor de Verónika Mendoza en el sur andino, especialmente en aquellas zonas que fueron escenario de la guerra interna, expresa un cambio sustancial que abarca la memoria histórica: Asistimos, probablemente, al agotamiento de la “memoria emblemática” a la cual se refiere Steve Stern en sus estudios sobre el pinochetismo.[3] Es decir, al quiebre del sentido común impuesto como relato triunfante e identidad histórica desde el poder –en nuestro caso por el fujimorismo- acerca de los hechos recientes de violencia. El agrietamiento de la memoria emblemática fujimorista, puede ser leído como señal de cambio profundo en el plano de los sentidos, expectativas y esperanzas colectivas en torno al presente y futuro. Algo de eso parece mostrar el contundente voto a favor de la izquierda en las regiones más castigadas por la guerra interna.[4]

Una izquierda para el futuro requiere reencontrarse con nuevas formas de memoria y esperanza colectiva, enraizadas en procesos concretos de transformación social a través de los cuales, contra viento y marea, los sectores populares siguen rompiendo –en gran medida de forma subterránea- los diques de exclusión, injusticias y desigualdades tan profundas en el país. Hemos avanzado hacia una importante pérdida de legitimidad del racismo de viejo cuño que, hasta hace poco, era percibido como natural en la sociedad peruana, por ejemplo. De otro lado, la impresionante expansión de mercado que ha transformado sustantivamente al país en estas décadas, se halla en la base de un dinamismo que está generando nuevas demandas de igualdad social, progreso y bienestar. Merecemos un proyecto de transformación social capaz de expresar demandas de modernidad, progreso y democratización social desde abajo, que aún se hallan lejos de contar con vías de expresión política propia.

Bajo la propia hegemonía neoliberal, apreciamos entonces desafíos y posibilidades abiertas de lucha, movilización social y organización de izquierda. Pero tampoco debemos ser ingenuos. La sociedad peruana actual, merced al predominio neoliberal, se halla bajo amenaza de mayor desintegración social, mayor deterioro de lo público y mayor privatización del Estado. La idea de ciudadanía efectiva, como agenda de plena igualdad política y auténtica diversidad de derechos, viene siendo arrinconada por la expansión de un sentido orientado hacia el lucro, la búsqueda de beneficios al margen de cualquier límite, y el individualismo como conducta cotidiana.

Ante ello, en el futuro inmediato, con base en el voto expresado en las urnas, la izquierda puede asumir su rol de oposición a la continuidad neoliberal de Keiko Fujimori o PPK, encarnando un nuevo proyecto de país doblemente significativo. Un proyecto que, en términos amplios, implica repensar el ideario, la ideología, la teoría que siempre ha nutrido los pasos zurdos. Es momento de volver a encontrarnos con la potencia de las ideas y sueños en movimiento. Ideas y sueños que trazan un horizonte ético reconocible, propio de la izquierda en todo el mundo, en torno a nociones de justicia, libertad, cambio social, democracia e igualdad. En términos inmediatos, de cara a la situación postelectoral del país, se trata de construir nuevas formas de acción política radical, en el proceso concreto de lucha, resistencia y reencuentro
con los actores sociales de carne y hueso. Una izquierda peruana con capacidad de confrontar el orden hegemónico neoliberal. Una izquierda a la altura de su historia, de sus sueños y de las luchas del pueblo en movimiento. La izquierda que nos merecemos.

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[1]. Este título parafrasea el del recordado crítico cultural Douglas Crimp: “El Warhol que nos merecemos: Estudios culturales y cultura Queer”, que fuera escrito por su autor para recuperar el significado de la figura y obra de Andy Warhol. Ver: Social Text, N° 59, Summer 1999: 49-66.
[2]. Esto es válido especialmente para Tierra y Libertad, organización que mantiene el control de la inscripción electoral que permitió al Frente Amplio participar en las elecciones.
[3]. Steve Stern, “De la memoria suelta a la memoria emblemática: Hacia el recordar y el olvidar como proceso histórico (Chile, 1973-1998)”. En: M. Garcés y otros (compiladores), Memoria para un nuevo siglo. Chile, miradas a la segunda mitad del siglo XX. Santiago: LOM Ediciones, 2000.
[4]. A pesar del respaldo electoral obtenido por el fujimorismo a nivel nacional, y a que en segunda vuelta posiblemente logre primacía en las regiones mencionadas, es contundente el voto por el Frente Amplio en muchos distritos y provincias de los territorios más pobres, olvidados y golpeados por la violencia.