Tema central
Izquierda peruana hoy:
Una nueva oportunidad

___________________________________

 

Nosotros que no somos los mismos.
A propósito de las elecciones,
la izquierda y el tema “generacional”.

Anahí Durand Guevara

 


El hombre llega para partir de nuevo. No puede, sin embargo, prescindir de la creencia de que la nueva jornada es la jornada definitiva… Ninguna revolución prevé la revolución que vendrá después, aunque en la entraña porte su germen.
José Carlos Mariátegui, “La Lucha final”. En: Mundial. Lima, 20 de marzo de 1925
 

Un aspecto relevante que este último proceso electoral ha puesto sobre el tapete, tiene que ver con el tema generacional y los vientos de renovación que pudieran soplar en el campo de la izquierda. Los más optimistas han querido ver en el protagonismo de nuevos compañeros y compañeras del Frente Amplio un inminente recambio político; los más escépticos se han apresurado en plantear que es más de lo mismo con algunas caras
nuevas. A quienes nos involucramos en política la segunda mitad de los 90s esta situación nos interpela directamente, pues son contemporáneos nuestros quienes asumen (asumimos) responsabilidades políticas hoy. Se plantean así ejes de discusión en torno a lo expresado en la campaña y la disputa política a futuro, llevando a preguntarnos: ¿Cuál sería esa una nueva generación política de izquierdas? ¿Qué la vincula o distancia de las anteriores? ¿Cómo asume la construcción política hoy? El presente artículo aborda estas interrogantes con ánimo de aportar a la discusión y sumar al diálogo entre “tradición” y «ruptura”, complejo y testimonial seguro, pero también necesario.

Adiós al siglo XX: La lucha por la democracia y el tema del poder
Tomemos lo generacional en el sentido anotado por José Carlos Mariátegui: como un clima histórico que más allá de la edad, une a los individuos por su vínculo a los hechos históricos y sensibilidades de su época[1]. Quienes conforman una generación política, si bien comparten determinado momento cronológico, se enlazan principalmente por hechos históricos, inquietudes y subjetividades que marcan hitos de reconocimiento, sentido y compromiso epocal. Ahí está la generación del 30 con los políticos que dieron vida al APRA o el PC y, años después, la generación del 60 que irrumpió con la denominada “nueva Izquierda”. En esa línea, la generación que adquirió protagonismo en esta campaña podría ubicar como un hecho fundacional el haber empezado la vida política a fines de los 90s e inicios del 2000, mayoritariamente en las movilizaciones de rechazo al fujimorismo. Hablamos de un momento de repliegue de la izquierda en toda línea: orgánico, ideológico, narrativo e incluso de lazos de camaradería. En espacios politizados como las universidades, el colapso de los partidos y los estertores de la violencia política abonaban a la crisis y los vacíos. Quienes tenían algún sentido crítico o afinidad de izquierda, más que buscar partidos tenían la inquietud de movilizarse contra la dictadura. Además, sin “escuelas de cuadros” ni espacios académicos críticos, los talleres de estudio y colectivos estudiantiles fueron constituyéndose en una alternativa para la reflexión y el debate autónomo.

Se conformó así un sector movilizado anti-fujimorista de jóvenes principalmente universitarios de San Marcos, la Católica, Villareal entre otras, que activó intensamente ese fin de siglo. En general, el sector más politizado no buscaba reeditar lo precedente ni involucrarse con los partidos políticos de izquierda que sobrevivían; sabíamos que el Perú había cambiado y, sin negar la tradición, requeríamos de nuevas lecturas y herramientas para su transformación. En ese afán surgió el Colectivo Amauta y otras agrupaciones que, junto a otros que se formaron contemporáneamente en el país y Latinoamérica, se distanciaba de las Jotas de los partidos y buscaban actuar y reflexionar sobre la izquierda y el socialismo. Era un momento en que sonaba fuerte la influencia del zapatismo que, desde las montañas del sureste mexicano, cuestionaba la cosificación del poder arraigada en la tradición marxista leninista y el mito de la “toma del poder” como momento de lucha final, afianzando una construcción sustentada en prácticas democráticas y horizontales enraizadas en culturas originarias. También llegaba la influencia del Foro Social de Porto Alegre como espacio de encuentro para afirmarse en que, después de tanta debacle y arremetida neoliberal, “Otro mundo aún era posible”.

No obstante estas iniciativas políticas y los miles de jóvenes en las calles reclamando el fin del Fujimorismo, la “transición democrática”, no significó el protagonismo político de los dirigentes juveniles de ese entonces. Por el contrario, con los gobiernos de Toledo y García volvieron los actores del pasado, se mantuvo la Constitución del 93 y los partidos de izquierda fragmentados y sin rumbo ideológico tuvieron resultados electorales desastrosos. En general, ante la falta de espacios institucionales y el escaso consenso respecto a las características de un proyecto colectivo que trascendiera la oposición al régimen, hubo un repliegue a lo individual. Si bien se había ganado poder en las calles, no
existía claridad sobre cómo orientarlo ni a quien contraponerlo, pues el objetivo unitario principal de derrotar al fujimorismo se había cumplido. Además, aunque había una clara valoración de la democracia por la cual nos habíamos movilizado, también existía distancia con los espacios de representación establecidos, pues a fin de cuentas los partidos y los “viejos actores” sí tenían experiencia previa y recursos para desenvolverse en los procesos de negociación política, consiguiendo hacerse un espacio institucional efectivo en esa nueva etapa.

Elecciones, el Frente Amplio y la disputa política
Durante las elecciones municipales del 2009 primero y nacionales del 2011 después, varios compañeros y compañeras de esta generación política (la que empezó a activar contra el fujimorismo en adelante) estaban más decididos a incursionar en el terreno electoral. El azaroso triunfo de Susana Villarán a la Municipalidad Metropolitana de Lima permitió ejercer como regidores a varios jóvenes, destacando compañeras como Marisa Glave e Indira Huilca. Posteriormente, en las elecciones nacionales del 2011, otros jóvenes candidatearon con el Partido Nacionalista de Ollanta Humala, siendo elegidos congresistas compañeros como Sergio Tejada o Verónika Mendoza. En el campo más orgánico, lentamente y sin grandes proyecciones, se recuperaron algunas estructuras partidarias de juventudes. Se constituyó también el Frente Amplio como espacio de confluencia de partidos, entre los que destacaba Tierra y Libertad con un discurso acorde con la lucha socio ambiental y la conflictividad presente en el país.

Las elecciones del 2016 presentaron un panorama complejo, donde los esfuerzos de articulación y unidad de las izquierdas entraron en tensión y se vieron también permeados por componentes generacionales. No es que pueda identificarse un sector de jóvenes renovados versus otro de mayores; esa es una mirada simplista que anula la complejidad. Lo que se evidenció fue una mayor articulación de figuras y partidos de la izquierda de los 70 en ÚNETE bajo el liderazgo de Gonzalo García, mientras en el Frente Amplio se podía contar con Verónika Mendoza y varios compañeros más de esta generación en las listas parlamentarias, los equipos técnicos y estructuras de movilización. Pero más allá de las diferencias etarias, se presentaron también distancias sobre puntos clave que sumaron a la falta de acuerdo final. Un primer punto refiere a las elecciones ciudadanas por las que el Frente Amplio apostó desde un inicio y que, pese a sus limitaciones, activaron procesos de democracia interna, legitimando las decisiones y ampliando la participación. Otro punto tuvo que ver con la política de alianzas y la reafirmación de un discurso e identidad política. Así, mientras unos insistían en un espectro de centro izquierda al estilo “paniaguista”, fue decisiva la postura del sector generacional del Frente Amplio que empujó hacia un discurso claramente crítico al sistema, defendiendo también en lo posible una identidad de izquierda.

Ya en la campaña, a diferencia del APRA, Acción Popular o PPK, era más sencillo reconocer en el Frente Amplio una nueva generación. El liderazgo, empatía y empuje de Veronika Mendoza, contrastaba con las decadentes figuras del stablishment que tampoco encontraban demasiados flancos con los cuales golpear a candidatos jóvenes sin escándalos de corrupción ni denuncias penales. Incluso en el caso de Abel Gilvonio eran más bien los pasivos de sus padres los que se le enrostraban, tema sobre el cual muchos jóvenes con experiencias similares están dando la batalla por otras memorias. Asimismo, la campaña fue un momento de encuentro entre quienes habíamos activado por recuperar la democracia durante los últimos años del fujimorismo en distintas partes del país como Iquitos, Trujillo o Cusco. Y aunque la unidad como acuerdo entre todas las agrupaciones no llegó a plasmarse, sí se apreció una amplia unidad en el aporte y movilización de miles de jóvenes en todo el país, quienes desde sus estructuras partidarias, colectivos o como individualidades sumaron pintando murales, participando en los mítines y con sus votos. Este componente generacional se expresó también en el respaldo a Vero y el FA de jóvenes activistas comprometidos en la lucha socio ambiental, las marchas contra la llamada “Ley Pulpín” y el TPP, la defensa de los derechos de las mujeres y la población GLBT; dando cuerpo a una agenda que hoy es reconocida como propia de la izquierda en el Perú.

Epílogo temporal
Hoy el recambio generacional se ha hecho más evidente. La elección de congresistas como Indira Huilca, Marisa Glave o Tania Pariona, demuestra que efectivamente estamos ante otra generación que asume un nuevo protagonismo en la representación política. Este grupo de compañeros y compañeras, y en general quienes apuestan por el Frente Amplio, tendría (mos) que dar vida a una nueva izquierda comprometida con la democracia, con las distintas luchas sociales, económicas, culturales, por la diversidad. Tiene también la tarea
de desempeñarse en el espacio parlamentario sin perder la conexión con los movimientos sociales, los sectores menos favorecidos, con todas las luchas por dignidad y derechos de las que el FA proviene y a las que se debe.

Si lo que se espera es asumir el desafío de la creación heroica y dar vida a una izquierda con aliento histórico, renovada, enraizada y con capacidad de disputar poder y construirlo, los desafíos se multiplican y seguro serán necesarias también rupturas y nuevos distanciamiento. En un momento en que el Frente Amplio debe abrirse a la ciudadanía y organizar los millones de votos obtenidos en campaña, es urgente ampliar y convocar, dejando de lado la disputa por pequeñas cuotas de poder que cierran el espacio, desmovilizan iniciativas y alientan sectarismos que no son patrimonio de ninguna generación o grupo político. Difícil precisar si estaremos a la altura del encargo, pero por lo menos ese “nosotros generacional político” critico y de izquierda en que me reconozco, ha demostrado que puede asumir riesgos y cumplir tareas ante las cuales no se paraliza ni declina. Lo que se ha conseguido es importante, pero es mejor no perder de vista que hemos llegado para partir de nuevo, y que para avanzar quizás hoy si haga falta creernos que la jornada siguiente será la definitiva.

________________________________

1. Véase de Mariátegui: El artista y la época. Varias ediciones.