21 de enero de 2019

 

Los difíciles caminos de la unidad

 

 

  Alberto Gálvez Olaechea
     
 



Dentro del frente único cada cual debe conservar su propia filiación y su propio ideario. Cada cual debe trabajar por su propio credo. Pero todos deben sentirse unidos por la solidaridad de clase, vinculados por la lucha contra el adversario común, ligados por la misma voluntad revolucionaria, y la misma pasión renovadora. Formar un frente único es tener una actitud solidaria ante un problema concreto, ante una necesidad urgente…Que no se esterilicen bizantinamente en ex-confesiones y excomuniones reciprocas. Que no alejen a las masas de la revolución con el espectáculo de las querellas dogmáticas de sus predicadores. Que no empleen sus armas ni dilapiden su tiempo en herirse unos a otros, sino en combatir el orden social sus instituciones, sus injusticias y sus crímenes. 
José Carlos Mariátegui 

1. La unidad de las izquierdas ha sido siempre una de los temas recurrentes en los distintos procesos revolucionarios y cada uno los resolvió a su manera. Donde se logró conformar direcciones estratégicas unificadas, los procesos avanzaron (como en Cuba, Nicaragua, El Salvador y la propia Unidad Popular chilena). Desde que se produjo la dispersión político-ideológica de las izquierdas, especialmente en América Latina, el tema de la unidad se volvió crucial, pues era el medio de centralizar a la vanguardia popular dándole posibilidades de un accionar coherente y un propósito común.

2. La dispersión de las izquierdas tiene que ver con la misma naturaleza de la sociedad, con la fragmentación étnica, cultural y social de los pueblos. No es en sí misma una maldición. Puede ser por el contrario enriquecedora, proporcionar miradas distintas, tradiciones y culturas diferentes, que pueden complementarse y retroalimentarse. Pero claro, si se la toma con espíritu tribal, el camino es el degastante proceso de auto-sabotaje. Ya el Amauta JC Mariátegui planteaba “somos todavía muy pocos para dividirnos”. Es cierto que la unidad por sí sola no garantiza la victoria, es apenas una herramienta. Pero una herramienta valiosa.

3. Desde el incipiente Frente de Liberación Nacional del año 62, hasta la IU de los 80s, la izquierda peruana tiene diversas experiencias de Frente que deberían evaluarse con seriedad para sacar lecciones. Una cosa que resulta clara de la etapa del 78–90 es que la unidad fue fundamental para avanzar y la no-unidad implicó retrocesos.

4. Otro hecho evidente es que la unidad es un espacio de lucha. Que no borra las diferencias, pero crea los mecanismos institucionales para dirimirlas, para que las distintas opciones confronten y eventualmente se alternen, pero manteniendo vigentes sus opciones como alternativa al viejo orden, y no retroceder a la marginalidad.

SECTARIOS, LOS PUROS
5. El sectarismo es uno de los temas recurrentes de la política revolucionaria de todos los tiempos. El proceso de afirmación de un proyecto transmfomador suele acarrear, sobre todo en su etapa inicial, cuando intenta afirmarse, cuando es aún un pequeño grupo propagandístico más o menos marginal, una dosis de sectarismo, vinculado a su búsqueda de afirmación e identidad y alcanzar los arraigos indispensables para convertirse en fuerza política actuante.

6. El mayor salto de calidad del naciente grupo revolucionario es pasar de la prédica ideológica a la acción política. Dejar de discursear a la realidad y pontificar sobre ella, para hacer avanzar los procesos políticos y sociales, acumular fuerzas y cambiar las correlaciones entre los diversos actores. A eso le dedicó Marx su famosa frase de Crítica al programa de Gotha: “Más vale un paso de movimiento real que una docena de programas”. Es contra la mirada simplificada del mundo, contra el maniqueísmo del “blanco o negro” del “todo o nada”, que Lenin escribió su célebre opúsculo “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”. El movimiento comunista que siguió a la revolución de octubre tuvo sus etapas sectarias y sus momentos de amplitud política. Las tesis sobre el Frente Único del tercer y sobre todo del cuarto congresos del Comintern fueron los momentos de apertura a las alianzas, seguidos del sectarismo del V y sobre todo del VI Congresos (que levantó las tácticas de “clase contra clase” y “socialfascismo”). Tuvo que venir el VII Congreso de 1935 para que Dimitrov formulara la política de los Frentes Populares que permitió las victorias de la izquierda en Francia y en España.

7. Esta visión recargada de ideología produjo el desencuentro entre la naciente nueva izquierda de los 70s y Velasco, el momento más significativo de transformaciones del Perú. No entendimos, como Mariátegui, que la revolución no es otra cosa que un proceso de reformas llevadas hasta sus últimas consecuencias.

8. Esta idea de la revolución como asalto al poder de minorías iluminadas y no como proceso complejo de movilización y conciencia política de las multitudes, lo que llevó un sector de la izquierda a abstenerse en las elecciones a la Asamblea Constituyente de 1978 con la consigna de “la lucha es el camino y no las elecciones”. Esta lógica Sendero la llevó hasta sus últimas consecuencias. En las elecciones de 1980, el sectarismo rompió el ARI, permitiendo que la transición democrática la hegemonizara la derecha, profundizando el largo proceso de contrarreforma. Esta misma concepción, subestimando el proceso democrático en la construcción del socialismo, puso en práctica discursos estrategistas que desencadenaron la violencia política de la que no terminamos de salir. En fin, el listado podría continuar, pero esto baste para ilustrar las dramáticas consecuencias que pueden producir las concepciones sectarias, que no por bien intencionadas, son menos peligrosas.

9. Hay un hecho de la historia política reciente que vale la pena mencionar en polémica con esta concepción sectaria. Es el llamado de Verónika Mendoza a votar por PPK para cerrarle el paso al fujimorismo. De haberse mantenido callada (como Barnechea) o haber planteado una denuncia principista, pero infructuosa, de ambas candidaturas, el fujimorismo tendría en sus manos la maquinaria del Estado, con todas las nefastas consecuencias que ello habría implicado. El fujimorismo, que parecía una maquinaria indetenible, está en crisis, lleno de luchas intestinas, lo cual se hubiera ahorrado de controlar el gobierno, pues el éxito, amén de fortalecerlos moralmente, les habría otorgado los recursos públicos para cohesionarse y comprar lealtades. Keiko sería presidenta y no presidiaria.

Las masas se educan a partir de su experiencia y no con los discursos y, por lo tanto, la labor estratégica es acompañarlas en el proceso de hacer su experiencia y sistematizarla luego. Deben vivir su historia y no que les sea contada por otros por adelantado, como pretendimos algunos con los resultados a la vista.

10. Para los sectarios de vena maoísta quizá les sería útil leer los escritos de Mao sobre el frente único contra los japoneses, y a los epígonos del trotskismo los escritos de Trotsky sobre fascismo y sobre España. Aprender que la política es el arte de sumar fuerzas y aislar al enemigo principal e introducir cuñas en sus fisuras. Que la política es pedagogía de multitudes, que no se trata paternalistamente de contarles la película, sino que la vean o, mejor aún, que la produzcan y la actúen.

CAMINOS DE LA UNIDAD HOY
11. La primera tesis es que se debe convocar a la unidad sin exclusiones. Un programa común y una ejecutoria política consecuente y honesta deberían ser los únicos parámetros. Los que se auto-marginen lo harán bajo su propia responsabilidad. Comenzar a sacar a cada quien su rosario de historia negras, reales o ficticias, solo envenena el ambiente. Poner vetos abre un espiral impredecible.

12. En segundo lugar, tenemos que superar la concepción del “alianza estratégica” asignándole ese carácter a tal o cual agrupamiento político. Lo estratégico lo iremos construyendo si somos capaces de sumar pueblo, de agrupar y movilizar a las redes de activistas y a los izquierdistas dispersos a lo largo y ancho del país. Lo estratégico no consiste fundamentalmente en la alianza electoral—sin duda una palanca importante— sino en recuperar en el pueblo un sentido comunitario, cooperativo y solidario, en recuperar su confianza en las propuestas de cambio, en construir organización y generar confianza en un liderazgo verdadera y honestamente comprometido en la transformación auténtica del país.

13. Partimos de la izquierda realmente existente, con sus limitaciones y potencialidades, con su historia de aciertos y errores, con sus experiencias e inexperiencias. Es la izquierda formada y deformada en la larga noche de la derrota, que tiene que tener la sabiduría de sobreponerse a sus adversidades y afrontar con madurez y responsabilidad los desafíos de la hora actual.

14. Vivimos una época de relevo generacional, lo que no significa negar el valor y el aporte de los viejos militantes que, en medio de la derrota supieron mantener la dignidad y los principios. Pero hay que ser claros que ya una nueva generación tomó la posta, que esto es saludable y que conscientemente debemos acompañar este proceso.

15. Vivimos un momento feminista. Hegel decía que ninguna transformación histórica se produce sin pasión. Y es desde las mujeres que sentimos que se sitúa la pasión hoy. En sus batallas, en su capacidad movilizadora, en los cuadros talentosos y en la justicia de sus demandas, hay un potencial transformador que deber ser tomado debidamente en cuenta.

16. Tenemos que partir de la seriedad en los compromisos y el respeto por la palabra empeñada. El esfuerzo unitario requiere mucha responsabilidad y consistencia. Los debates ideológicos y las diferencias de opinión son bienvenidos. Las expresiones altisonantes y los agravios en cambio, deben ser proscritos. Una de las cosas aprendidas en largos años es que, detrás de la retórica radical hay generalmente un arribista queriendo posicionarse ante la tribuna.

17. No podemos hacer de la Inscripción el elemento central de nuestro posicionamiento político para obtener ventajas. Es cierto que constituye un activo de gran importancia, pero convertirlo en instrumento de negociación y chantaje político solo pervierte el proyecto.

CAMINO DE HUANCAYO
18. Hay reconocer que Vladimir Cerrón, ganador de las elecciones regionales de Junín, supo capitalizar su momento estelar produciendo reuniones con diversos representantes de la izquierda para finalmente concertar la convocatoria en ciudad de Huancayo de una reunión cumbre para el 26 de enero. Tuvo la iniciativa y eso cuenta en la política.

Esta reunión tenía entusiastas y escépticos, pero caminaba, porque en estos casos lo peor que puede suceder es aislarse y quedarse con el mote de anti-unitario. Se había logrado cierto consenso en que una mayoría asistiría—salvo el FA al que hay que reconocerle una consistente actitud sectaria—. De pronto unas expresiones infelices y altisonantes tanto de Gregorio Santos como de Vladimir Cerrón, bastaron para que, cual vírgenes ofendidas, un sector decidiera salirse de la reunión e intentar que fracasara. Repudiar lo dicho no tendría por qué significar boicotear la reunión o propiciar su fracaso.

19. Los procesos de unidad son complejos en general, y lo serán más aun en el caso del Perú de hoy, en particular. A las diferencias ideo-políticas se suman las aspiraciones individuales y grupales, los egos desaforados, pero lo que es peor, la fragmentación enorme que ha sucedido a la derrota de los 90s. La unidad será, pues, trabajo de filigrana. Y son precisamente las fuerzas más maduras, más curtidas en estas lides, las que deberían ser conscientes de que los exabruptos y actitudes destempladas abundarán y que debe llevarse el proceso con serenidad, paciencia y mano firme. Si se patea el tablero a la primera destemplanza, lo que queda claro que estaban buscando el pretexto para hacerlo y se lo dieron. Recuerdo que en los tiempos del ARI, los trotskistas sectarios—porque hubo quienes no lo fueron, pero no prevalecieron—que habían lanzado la consigna “sin patrones ni generales”, vieron en el general Leonidas Rodríguez y en el empresario Gustavo Mohme la plasmación de estos fantasmas que justificaban su actitud.

20. Hoy salen a decir que la reunión debió hacerse en el Cusco y no en Huancayo, que debió convocarla una pluralidad de fuerzas, de no darle tanto protagonismo a Cerrón que es un impredecible radical, o que Goyo es un corrupto. Estas son cosas que se sabían de antes y que no se levantaron como temas hasta que el problema estalló. En fin, decir cosas que no se dijeron en su momento, es también una mala manera de hacer política, una forma de chantaje: si las cosas no salen en mis términos, la boicoteo y empiezo a profundizar las zanjas, devolviendo agravio por agravio.

21. Hay quienes creen que la alianza estratégica debería ser entre Nuevo Perú, que tiene la figura política mejor posicionada, Verónika Mendoza, y Juntos, cuyo principal activo es su inscripción legal (que complementan con cierto aparato y, a lo mejor, ciertos soles). Los demás vendrán a la cola o se perderán en la marginaldad. Olvidan que los resultados electorales de Juntos (en alianza con Nuevo Perú en Lima) en las recientes elecciones municipales y regionales fueron un desastre rotundo y que no son garantía de nada. Que para revertir la situación tiene que darse un golpe de timón, ampliar la convocatoria y sumatoria de fuerzas en todo el territorio, en todos los sectores y un cierra filas lo más amplio posible. Subestimar a esas izquierdas regionales, pensar que no pueden madurar y avanzar políticamente es un grave error. Queda por hacer un gran trabajo de pedagogía política para superar visiones radicaloides y maximalistas, lenguajes crípticos y la tendencia de creer que la política se hace para contentar a los convencidos, cuando de lo que se trata es de trascender a los millones que no lo están.

22. Huancayo apenas si abre un camino. Hay que esperar que lo que se imponga sea un espíritu de fraternidad a partir del cual los acercamientos y convergencias son posibles. Crear confianza. Esa es la clave. Abrir un camino, un horizonte, en el que todos quepan. Si se logra se habrá dado un paso trascendente.

Lima 21 de enero del 2019


Las masas reclaman la unidad. Las masas quieren fe. Y, por eso, su alma rechaza la voz corrosiva, disolvente y pesimista de los que niegan y de los que dudan, y busca la voz optimista, cordial, juvenil y fecunda de los afirman y de los que creen.
José Carlos Mariátegui

 
     

 

 

Revista Ojo Zurdo