03 de enero de 2019

 

La soledad de los lagartos

Golpes y contragolpes entre mafia y democracia

 

 

  Jorge Millones
 



 
 


Cae la tarde del 31 de diciembre y en un poste cerca del penal de Chorrillos aparecen dos solitarias piñatas con las caras de los fiscales Rafael Vela Barba y José Domingo Pérez. Las dejaron ahí un par de tenues simpatizantes fujimoristas que se marcharon aliviados a sus casas a celebrar el año nuevo. Llevaron consigo una desgastada gigantografía, un megáfono, aplausos y consignas grabadas en apoyo a Keiko Fujimori. Saben que atrás quedaron las portátiles, las camionadas de gente y los tápers. Saben también que en el Mercado central las piñatas de Keiko, Alan y Chávarry se venden por millares.

MELANCOLÍA DE LA DBA

En la noche, ad portas del año nuevo, la última línea de defensa del aprofujimorismo decide inmolarse, Pedro Chávarry destituye a los fiscales desencadenando la indignación ciudadana en todo el país. El mismo modus operandi usado por el lobista PPK cuando excarceló al ex dictador se repite un año después con un operador de los "cuellos blancos" devenido Fiscal de la nación. Pareciera que todo lo que tiene que ver con los Fujimori y sus aliados se hace entre “gallos y medianoche”, por la espalda y en fechas especiales para que nadie responda: renuncias por fax, indultos, fallidos asilos políticos entre otras perlas.

Al día siguiente, mientras cientos de personas marchaban para manifestar su apoyo a los fiscales en la Procuraduría, una mujer flanqueada por dos enormes tipos vociferaba rabiosamente y con un megáfono su apoyo a Pedro Chávarry. Insultaba a los marchantes de “comunistas y violentistas”, gritando en contra de la “dictadura caviar”, a favor de “la independencia de poderes” y ante la posibilidad de ser aplastada por el grueso de la marcha, la policía los arrinconó protegiéndolos en una esquina. A eso quedaron reducidas las portátiles “alanistas”, a tres solitarios individuos gritando consignas leguleyas.

Así termina el 2018 para el aprofujimorismo y sus aliados, reducidos a patéticas mini manifestaciones, a berreos por twitter de sus congresales defensores cada vez más parecidos a sus memes, saltando del otrora poderoso barco naranja en total desbande, “sálvese quien pueda” murmullan. El presidente del Congreso (ex aprista y ahora casi ex fujimorista) también se une al vocerío anti Chávarry. Poco antes, el aliado de la estrella queda estrellado al quemar a sus últimos peones enviándolos a hacer el ridículo atacando la tesis de un fiscal para descalificarlo, o intentando relacionar al juez Concepción Carhuancho con Oviedo Pichotito, acusado de asesinato. Nada les funciona ya, solo quedó Tubino para asumir como el vocero de un fujimorismo que pide tregua y terminó tensando más las cosas. Una lluvia de torpezas que incluso terminaron mojando de melancolía las columnas de Aldo M.

 

FELIZ AÑO NUEVO

La política se juega por turnos y el 2019 arranca con un pueblo indignado en las calles, con el Presidente arrinconando al Congreso y con el retroceso del Fiscal de la nación. Al aprofujimorismo ya no le sirve Chávarry, “quemado”, apuestan ahora -sobre todo la bancada aprista- a tumbarse el acuerdo de colaboración con Odebrecht.

Chávarry acorralado por fuera y por dentro de Ministerio Público restituye a Vela y Pérez, convertidos ahora en un símbolo nacional. Desde el penal Keiko Fujimori “tuitea” que está de acuerdo con el proyecto de Ley de Vizcarra, bajándole el dedo a Chávarry. Ahora resulta que nadie estaba de acuerdo con Chávarry, después de gritar a su favor en el Congreso y en los medios, lo dejan solo. La banKada recibe la orden de votar a favor de la propuesta de Vizcarra, quien hábilmente se ha puesto delante de la lucha contra la corrupción obligando a todas las fuerzas políticas a respaldarlo.

La bancada aprista -tan solitaria como su estrella- lo único que quiere es que el acuerdo con Odebrecht se caiga y en esa dirección van sus declaraciones, rasgándose las vestiduras por el aspecto económico del acuerdo, pero escamoteando los beneficios que traería éste para la justicia peruana.

Todo apunta a que se abrirá la “caja de Pandora” que es el acuerdo de colaboración con Odebrecht y caerán muchos en muchos sectores. Aquellos que parecían intocables y todopoderosos podrían enfrentar la espada de Damócles de la prisión preventiva, revelando talvez, las reales dimensiones de las redes de corrupción que se apoderaron del país.

La alianza aprofujimorista se desmorona, en buena cuenta porque ya no le es útil al fujimorismo, con su líder en prisión y sin dirección clara, el tuit de Keiko es casi una capitulación. En cambio, el APRA tiene mucho más que perder, no solo el encarcelamiento de Alan García -el político más desacreditado del país, según las encuestas- sino, que el acuerdo con Odebrecht podría revelar muchísimo del segundo gobierno aprista, implicando a funcionarios y a obras emblemáticas que se realizaron con Odebrecht y el club de la construcción.

MIRAR DISTINTO

Lo que está ausente es una orientación política-ideológica que genere una lectura y un discurso diferente sobre la lucha contra la corrupción, que sigue siendo el eje principal del actual periodo. Más allá del rol que debía cumplir el Presidente Vizcarra asumiendo el liderazgo de esa lucha, entendió que la mejor manera de lograr un consenso general era enfrentarse a las mafias y a sus brazos políticos, pero desde su obvio posicionamiento liberal y de derecha. Ese posicionamiento le ha permitido introducir paquetazos laborales y mantener el statu quo pro empresarial. Ocultando así, la responsabilidad del modelo neoliberal en la generación del tipo inédito de corrupción que estamos viviendo.

¿Se podía esperar otra cosa de Vizcarra? Pues no. De quienes se esperaba más madurez para entender este momento era de las izquierdas. Atrapadas en el ensimismamiento de sus propias agendas e intereses particulares se olvidaron de lo que siente el grueso del país.

No hay nada más fácil que descalificar a quién no siga la línea correcta, ya parece un deporte nacional. Y en las izquierdas cada una tiene su línea correcta y expectoran simpatías y adherentes veloz y centrífugamente. Los adjetivos sobran, desde insultos directos, hasta elaborados epítetos ideológicos que revelan en el fondo, otro insulto o descalificación. Incapaces de reconocer que en el presente periodo el eje principal de la política en el Perú sigue siendo la lucha contra la corrupción, la contraponen a la agenda de los derechos laborales, de los derechos indígenas y medioambientales, entre otras justas y urgentes reivindicaciones, y lo que es peor, le regalan a Vizcarra la bandera de la democracia y de la lucha contra la corrupción. “Se alinean con Vizcarra” dicen esas izquierdas refiriéndose a quiénes reconocen ese eje principal, en total consonancia con lo que dice el fujimorismo, demasiada coincidencia ¿No?

La lucha contra la corrupción es importante porque revela que los vacíos legales que promueve el modelo neoliberal alienta la corrupción de cuello blanco. Un tipo de corrupción sofisticada y de gran escala, que corrompe al poder político, al sistema de justicia y a la sociedad, cuyo epicentro es el gran empresariado y que necesita de un ejército de operadores tecnócratas que sepan usar la estructura financiera global que subordina el Estado a intereses privados.

El modelo produce un tipo de corrupción tan pernicioso que no solo debilita la democracia y las instituciones, también produce lo que Bauman llamada “adiáfora”, cierta cultura cínica que destruye la ética de los servidores públicos y profundiza la anomia, pues la sensación de desesperanza que genera la impunidad es tan grande que la ciudadanía prefiere mirar hacia alternativas fascistoides y autoritarias antes que en la debilitada democracia.

Por eso, es fundamental que las izquierdas se posicionen bien y mejor en la lucha contra la corrupción, que aporten en la salida a la crisis no solo en las calles, sino, a nivel institucional y a nivel político. Que asuman con madurez este desafío para poder tener la legitimidad de proponer después un cambio de modelo al país, pero no desde sus reductos ideológicos o zonas de confort, sino, desde la intersección política, esa compleja zona que implica acercarse al grueso de una ciudadanía que mayoritariamente no es de izquierda, intercambiar con ella, afectarla y dejarse afectar por ella.

La ciudadanía reconoce la lucha contra la corrupción, no solo porque sea un tema mediatizado, sino, porque efectivamente, es la megacorrupción la que ha impedido, impide e impedirá que tengamos reglas de juego medianamente justas para poder construir un país, al margen del modelo económico que elija el pueblo peruano. Es necesario establecer una línea de base honesta y democrática para que la política pueda despegar, pues seguimos aún en el subsuelo y, aunque hay ante nosotros una gran oportunidad, algunos se empeñan en seguir excavando hacia abajo.

 
     

 

 

Revista Ojo Zurdo