31 de diciembre de 2018

 

Héctor Timerman, in memoriam.

 

 

  Nicolás Lynch
     
 


Ha muerto en Buenos Aires, hace pocos días, Héctor Timerman, que fuera Canciller de la Argentina en los dos gobiernos de Cristina Kirchner. Timerman, un peronista de izquierda de larga data, puso junto con Jorge Taiana, su antecesor, a su país en el escenario latinoamericano y mundial con una posición soberana, promotora de la integración regional, e independiente de los grandes poderes mundiales.

Sin embargo, esta posición soberana, de Timerman y del gobierno que formaba parte, no les salió gratis. Han tenido que recibir luego un aluvión de calumnias, por parte del actual gobierno de Mauricio Macri, a través de sucesivas causas judiciales, y de, en este caso centradas en la persona de Timerman, las dirigencias derechistas de las asociaciones judías en ese país, la AMIA y la DAIA. Cuestión esta última que afectó especialmente al ex Canciller por su condición de judío.

Esta posición de demócrata consecuente le venía a Timerman de sangre. Era hijo de Jacobo Timerman, ese gran periodista argentino que se atrevió, cuando muy pocos los hacían, a denunciar los crímenes de la dictadura militar de los años setenta y principios de los ochenta, desde las páginas del diario en inglés Buenos Aires Herald. Por ello, sufriría tortura y cárcel que relataría con detalle en su testimonio “Preso sin nombre, celda sin número”.

Conocí a Héctor Timerman en octubre de 2011 cuando llegué a Buenos Aires como Embajador del Perú en la República Argentina. Me recibió a los pocos días de haber llegado, cosa rara con los embajadores del Perú, y resumió a los pocos minutos de empezar la reunión el nuevo estado de la relación: “Con su llegada tenemos ahora una nueva situación política en la relación entre nuestros dos países”. Fue la primera de varias veces en que tuve oportunidad de tratarlo y pude calar su integridad y sus convicciones. Una cosa extraña en él, que a diferencia de la mayoría de los diplomáticos de carrera, hablaba claro sin importarle los grandes poderes a los que se enfrentaba, el foro de las Naciones Unidas fue testigo repetido de esta actitud.

Recuerdo en este sentido una anécdota, más bien modesta, que ocurrió a mediados del 2012, con motivo de una visita de Timerman a Lima en una reunión en Palacio de Gobierno. Estábamos presentes diplomáticos peruanos y argentinos, junto con el entonces Presidente Ollanta Humala y, cosa extraña, el Ministro de Comercio Exterior del Perú de la época. La agenda era más bien protocolar, relativa al estrechamiento de las relaciones entre ambos países. Sin embargo, el ministro señalado tomó la palabra y se lanzó una filípica desde el dictum neoliberal, llena de falsedades, sobre la relación comercial entre ambos países. Timerman ni se inmutó, lamentó su intromisión en la reunión y refutó cada uno de sus dichos, saliendo airoso de la peculiar emboscada, para vergüenza, sobre todo, del Presidente Humala, que había permitido tal fiasco.

Pero la calumnia última de la cual lo acusaban sus enemigos políticos y judiciales, quizás ejemplifica mejor que nada los odios que su integridad y su consecuencia han suscitado. Lo enjuiciaron por “traición a la patria” con motivo del Memorándum que Argentina firmó con Irán para poder interrogar en un tercer país a los sospechosos iraníes de haber participado en el atentado contra el local de la AMIA. Se trataba de destrabar un proceso que tenía más de veinte años congelado. Sin embargo, a pesar de que tal Memorándum tuvo la aprobación de las dos cámaras del Congreso argentino no pudo llevarse a cabo porque el parlamento iraní lo rechazó. Ello no ha sido óbice para que sectores de la derecha argentina, al servicio del lobby norteamericano/israelí, desesperado por convertir a Irán en culpable del crimen señalado, promovieran esta acusación calumniosa contra Timerman.

Para corolario basta con la actitud de los Estados Unidos, que supo castigar a quien se había opuesto a su arrogancia y a sus intereses en América Latina. Estando ya enfermo de cáncer Timerman quiso viajar al país del norte, donde había residido durante muchos años, para continuar un tratamiento experimental en New York. Pues los Estados Unidos le negaron la visa, concediéndosela después de muchas gestiones y cuando ya era inútil ese tratamiento.

¡Descansa en paz Héctor Timerman! Que tu ejemplo de argentino y latinoamericano consecuente con la Patria Grande sirva para las siguientes generaciones, sobre todo hoy que nuestra región se llena de gobiernos lacayos y diplomáticos que no dudan en arrodillarse ante el primer gesto del imperio.

 
     

 

 

Revista Ojo Zurdo