4 de diciembre de 2018  

Dos empresarios

Ramón Pajuelo Teves

 


Roque Benavides, empresario y presidente de la CONFIEP, acaba de levantar mucha polvareda por sus declaraciones en CADE 2018 y entrevistas en medios. En su opinión, en Perú existiría una situación de persecución contra los empresarios, quienes serían objeto de una campaña de destrucción contra el sector privado. Muestra de ello sería el caso de su antecesor Ricardo Briceño, quien es investigado por una campaña en defensa de la economía de mercado realizada por la CONFIEP durante las elecciones de 2011, la cual contó con fondos aportados por Odebrecht (US$200,000) y otras empresas.

Ante ello, no han sido pocas las voces de quienes -desde distintas orillas políticas e institucionales- han rechazado la idea de una caza de brujas anti empresarial. El propio presidente Martín Vizcarra señaló enfáticamente en su exposición en CADE, que en el país no existe ningún tipo de persecución política o empresarial. Lo que era solapadamente un espaldarazo a la solicitud de asilo político de Alan García, terminó rechazado incluso por empresarios que, luego de la denegación de dicha solicitud por el gobierno uruguayo, no han tardado en señalar que, efectivamente, en el Perú no hay un clima de persecución política.

 

ANDINA/Norman Córdova


Pero la opinión de Roque Benavides no debe ser vista como simple exabrupto, como pataleta en defensa del libre mercado o bien como guiño pre electoral a sus amigos del APRA. Fundamentalmente, representa una escandalosa declaración de impunidad que pinta de cuerpo entero a buena parte de la clase empresarial peruana. Es una pincelada que retrata el tipo de empresarios que se han beneficiado de casi tres décadas de hegemonía neoliberal, sin la capacidad de desarrollar una auténtica noción de pertenencia al país. Se trata de empresarios que no han desarrollado la capacidad de ver al país por encima de sus propios intereses particulares. Por el contrario, siguen supeditando todo a su propia ganancia personal y de grupo. Así, resulta ahora que la CONFIEP no habría realizado una campaña publicitaria en respaldo a Keiko Fujimori, sino a favor del libre mercado y el modelo económico, amenazados por candidaturas como la de Ollanta Humala.

Refresquemos la memoria de Benavides y sus amigotes de la CONFIEP. En las elecciones del 2011 sus spots, que inundaron prácticamente todos los medios de comunicación, fueron una desvergonzada campaña de terror mediático, la cual, pretextando una inocua defensa del libre mercado, en realidad buscaba arrastrar el voto hacia Keiko Fujimori. Perdieron estrepitosamente. A pesar de su plata y sus publicistas, Ollanta Humala ganó las elecciones. Otra historia es que, felizmente para ellos, Humala no tardó en metamorfosearse, primero como candidato de la “hoja de ruta” del continuismo neoliberal y, después, asumiendo el rol de presidente que los empresarios y la derecha necesitaban. La “gran transformación” del nacionalismo pasó a la historia como una verdadera infamia: la de una pareja que traicionó los anhelos de cambio de millones de peruanos, mediante un gobierno que simplemente aseguró de la hegemonía neoliberal heredada desde los 90s.

Mientras Roque Benavides revelaba en CADE la estrechez de miras y en realidad toda la podredumbre que caracteriza al empresariado peruano neoliberal, en Colombia se realizaba la reunión de lanzamiento de la Comisión de la Verdad constituida como resultado de los acuerdos de La Habana, con el mandato de esclarecer durante tres años de labor los crímenes y violaciones a los derechos humanos ocurrido como parte de la infausta guerra civil que asoló por décadas a dicho país. Entre los testimonios presentados en dicha ceremonia, por parte de víctimas y victimarios que expresaron la voz de los distintos actores de la violencia colombiana, se encontró la de Henri Éder, empresario vallecaucano cuyo padre fue el primer secuestrado por la FARC con fines de extorsión en 1965. Con voz serena a pesar del dolor de los recuerdos, este empresario contó la tragedia que le tocó vivir junto a su familia, debido al secuestro y asesinato de su padre, Harold Éder, por parte de las FARC. Relató también que a pesar de todo, como empresarios colombianos decidieron quedarse en su país, resistiendo el vendaval de violencia y apostando desde su rol empresarial a contribuir con el desarrollo y futuro de la sociedad colombiana.

La distancia entre Benavides y Éder pinta de cuerpo entero a dos tipos de empresarios. El primero de ellos, colgado a las prebendas y beneficios de la hegemonía neoliberal, así como al continuismo de un libre mercado salvaje que supedita todo al afán de lucro privado, es propio de Benavides y sus amigotes de la CONFIEP. Por eso, en el fondo, no pasan de ser algo parecido a una mafia, antes que una clase empresarial en el preciso sentido del término. El segundo tipo de empresarios se refleja muy bien en una sociedad como la colombiana de hoy, que, a pesar de todas sus tragedias, exhibe un claro avance hacia la expansión de lo público y lo ciudadano, como base de convivencia y construcción de país. En gran medida, porque pudieron contar con familias de empresarios como las de Henri Éder, cuyo testimonio en la Comisión de la Verdad, junto a las de representantes de la sociedad civil, de las fuerzas armadas, de las FARC e incluso de las autodefensas, entre otros, nos han mostrado la promesa de un destino nacional realmente democrático para Colombia.