4 de diciembre de 2018  

La cuestión andaluza

Diego Lazo Herrera

 
 


Andalucía es la parte de España por la cual identificamos a todo el país, de allí vienen la paella, el flamenco y la tauromaquia. Así como en lo cultural, en lo político, también ha sido la ventana por la que uno puede otear la parte por el todo. Lo que acaba de suceder en las elecciones autonómicas andaluzas del domingo es terrible, el fascismo se ha abierto paso en España, la ultraderecha (o nacionalpopulismo como recomienda llamarle Fundeu) ha conseguido doce diputados en el parlamento local, tomando por sorpresa el escenario político ibérico.

Ninguna encuesta vaticinó más de un par de diputados para Vox, sin embargo, no han quedado lejos de la alianza de Podemos e Izquierda Unida, llamada Adelante Andalucía, que solo consiguió 17 diputados en un parlamento de 109 curules. Unas sumas de yerros de todas las otras fuerzas políticas, han permitido que se cole en la política española una fuerza fascistoide, como ya ha pasado en Austria, Alemania o Francia.

 

Pantalla con los resultados de las elecciones andaluzas en el cuartel general de Vox en un hotel de Sevilla.  EFE/RAFA ALCAIDE


La gran responsabilidad corresponde al PSOE y en específico a su lideresa en esta región, Susana Díaz, actual presidenta de la Junta de Andalucía. Después de una agria disputa por el liderazgo nacional de su partido con el actual Presidente de Gobierno, Pedro Sánchez, Díaz regresó a Andalucía, comunidad que ha sido gobernada ininterrumpidamente desde 1982 por la formación socialdemócrata. Pero algo se había quebrado. Había perdido contacto con sus coterráneos, se confió en el férreo control que tiene sobre el partido en su región y decidió convocar a unas elecciones anticipadas que debían de realizarse en marzo, confiando que conseguiría una victoria fácil, fue el primer error monumental. La primera clarinada de alerta fue el nivel de abstencionismo que se esperaba, por debajo del 60% de participación, pero el PSOE calculó que eso le ayudaría a conseguir una mayor cantidad de escaños, fue el segundo error. Con menos participación de votantes, fue más fácil para Vox superar la valla que se le exige a los partidos para conseguir representación. Si el votante socialista, que decidió quedarse en casa, hubiese salido a las urnas, VOX no se hubiese beneficiado del ausentismo. Al haber menos votos en las ánforas les ha tocado una porción mayor en la cifra repartidora.

Aunque es un partido todavía muy pequeño, VOX ha conseguido construir una base militante eficiente y con mística. La ultraderecha ha movilizado en fervientes mítines a miles, mientras el PSOE hacía una campaña aburridísima durmiéndose en sus laureles. ¿Cómo es posible que la extrema derecha gane espacio en el bastión socialista? Pues hay muchas explicaciones. Todo apunta a que provincias como Almería, puerta de entrada a los migrantes africanos, se han echado a los brazos del discurso xenófobo que ha sido la punta de lanza de Vox. También ha estado la cuestión de la “españolidad” vapuleada hasta el extremo por los sucesos en Cataluña. De un tiempo a esta parte, enarbolar la bandera española, ser aficionado a los toros, apostar por la unidad del país en contraposición al secesionismo catalán, todo lo que normalmente significa ser un patriota en cualquier otro país, en la España de estos días equivalía a ser un totalitario, un franquista. El pobre manejo de Pedro Sánchez sobre la cuestión catalana, que ha incluido hasta expulsiones y escupitajos en el Congreso español, ha pasado factura. Han sido los andaluces los más resentidos por este tema, en esa parte del país el andalucismo, es precisamente izar la rojigualda y sostener que España se inicia en los Pirineos y acaba en Gibraltar. Vox ha dado un espacio a la españolidad, donde más espacio necesita, mientras las otras derechas, por temor a Podemos, lanzaban un discurso europeísta, tan europeísta que parecía pretender diluir la identidad nacional en una nueva nacionalidad continental.

Hasta ahora, Podemos había sido el dique de contención de la insatisfacción española, había logrado canalizar el descontento popular producto de la crisis, pero tanto el Partido Socialista como el Partido Popular, hasta intelectuales fetiches de España como Vargas Llosa o Fernando Savater, se ensañaron con el partido morado. Durante meses insultaron a diario a sus líderes tratando de demolerlos, todo gracias al pánico que generaba romper el bipartidismo PSOE/PP, ya lo ha dicho Hildebrandt, un liberal asustado se convierte en un fascista. Incluso llegaron a fabricar un partido como Ciudadanos, creado como una marca joven para combatir a Podemos, hecho a punta de retazos de los otros viejos partidos, tan es así, que el líder del partido en Andalucía, Juan Marín, es un exmilitante del PP.

Podemos, un partido que se caracteriza por definir en forma diáfana sus posturas, no pudo construir un discurso contundente con respecto al separatismo catalán, lo que ha quedado demostrado por la distancia que ha marcado la lideresa andaluza Teresa Rodríguez de la dirección madrileña. Pablo Iglesias y Alberto Garzón han tenido que lanzar una alerta antifascista desde Madrid, bastante lejos de Sevilla. Garzón, en una carta abierta, ha hecho una autocrítica por la desmovilización de Izquierda Unida, que aliada a Podemos, han obtenido siete escaños menos de lo que obtuvieron en las elecciones de 2015, cuando participaron por separado.

A pesar de haber obtenido una mayoría, Susana Díaz sigue evaluando su amarga victoria pírrica, porque esa mayoría no es suficiente para conseguir el voto de investidura. Solo las tres derechas juntas consiguen superar los 55 votos necesarios para elegir nuevo Presidente. Díaz no podrá repetir el acuerdo con Ciudadanos para investirse, primero porque le faltaría un voto para los 55, en segundo lugar, porque ese acuerdo se quebró no mucho después de juramentar en 2015. PSOE vendió su alma al diablo al aliarse a Ciudadanos en Andalucía, despreció a sus aliados naturales como Podemos e Izquierda Unida, ahora el diablo se ha aparecido para cobrar deudas y el demonio tiene nombre y apellido: Santiago Abascal.

Santiago Abascal Conde, es el líder de Vox, al igual que Marín, ha sido militante del Partido Popular, pero viene de una familia vasca y nacionalista española, lo que les valió salir casi exiliados de una región donde proclamarse español es un oprobio. Abascal fundó Vox para llenar el vacío a la derecha del Partido Popular, que no pudo deshacer las reformas que legalizaron el aborto y el matrimonio igualitario o la prohibición de los toros en Cataluña, apuestan por recentralizar España y proscribir la enseñanza del Islam, además de la promoción de la “cultura de la vida y familia”. Nada de esto pueden conseguir desde Andalucía, lo que hace evidente que usarán los escaños como caja de resonancia para sus proclamas nacionalpopulistas.

Susana Díaz todavía es Presidenta, pero no por mucho, ya se ha reabierto el conflicto con Pedro Sánchez, quien ha insinuado que debe dejar el cargo. Las primeras deflagraciones en un conflicto no cicatrizado están estallando. Para Díaz el responsable de la derrota está en Madrid y apellida Sánchez, la razón es su manejo de la cuestión catalana. Mientras el PSOE carga de pólvora sus mosquetas para una nueva guerra intestina, el nacionalpopulismo o fascismo o extrema derecha descorcha champanes y espera la invitación para una coalición, que ni el Partido Popular ni Ciudadanos descartan. Extraños tiempos son estos que estamos viviendo, donde las camisas pardas y negras vuelven a estar de moda.